El atajo de la cuesta de la cabra Parte 2

Por Claudio Hernández
Enviado el 21/03/2014, clasificado en Terror
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De pronto, un coche venía de frente. Dos grandes luces que 

crecían en tamaño y luminosidad a medida que se acercaban. 

Mack pidió calma a los que estaban en el asiento de atrás, no fuera 

que sea un coche policía. Pero, a decir verdad, ya tenía la sensación 

de que eso no sucedería. Se apartó hacia un lado de la carretera, 

ya que ambos vehículos no podían pasar juntos por la 

anchura de la calzada y, a velocidad muy lenta, vieron pasar el 

vehículo. Era un coche fúnebre. 

- Lo que faltaba– gruñó Jim detrás–, un coche fúnebre. Yo 

sé dónde necesitan uno ahora mismo... 

-¡Cállate!- Le interrumpió Mack-. Las bromas las justas. 

-¡Qué! 

Y después prosiguieron la marcha. Lentamente, Mack subía 

la cuesta de la cabra. Hasta hace unos meses era una carretera de 

tierra y, ahora, estaba asfaltada, aunque no pintada. Pero eso daba 

igual ahora mismo. Se conducía bastante bien, por lo de los baches 

y eso. Condujo sendero arriba y luego abajo, ya sin asfaltar, 

durante más de una hora. Algo raro, debió de equivocarse de camino, 

porque, de repente, se encontró con que estaba en el inicio 

de la partida. Bajó el puente. No podía ser. Ahora tendrían que 

estar treinta kilómetros hacia el norte. 

-¡Joder!– Masculló Mack, puso la primera y el rugido del 

motor ocupó el silencio de la noche, salvo las somormujas 

que habitaban allí. Se erigió hacia la cuesta de la cabra otra 

vez, y en esta ocasión se detuvo a unos tres kilómetros a 

una casa abandonada a la derecha, en medio del campo. 

Entró por una carretera de tierra y se escondió entre los árboles. 

- Chicos, es hora de orinar- dijo Mack apagando el motor. 

Era el lugar donde todos los años pasaban un día de campo. 

Un lugar seguro, oculto y casi de propiedad por las constancias 

que tenían de ir. Por lo que conocían perfectamente la zona. Era 

difícil perderse, y menos cuando la luz de la luna bañaba de plata 

el siniestro paraje. Jim y Gale bajaron del coche. 

El grito rompió el silencio de la noche y fue Gale quien encontró 

el cadáver de Jim estampado contra una de las puertas de 

la casa con una horca atravesada en la cabeza. Mack acudió al 

lugar para calmar a Gale. Ahora sabían lo que era el miedo a lo 

desconocido. Ahora sabían lo que era la muerte. Un lugar tan seguro 

y que hubiera sucedido esto… ¿Qué había sucedido? ¿Por 

qué esta muerte tan brutal en medio de la nada? 

“A lo mejor alguien os está persiguiendo para vengar su 

muerte”. 

Era una vaga idea. 

Histérica, Gale no quería subir al coche de nuevo. Pero, de 

pronto, unos refulgentes faros brillaron a lo lejos. Era un coche. 

Mack tapó la boca de Gale con fuerza. A lo lejos divisaron el que 

sería el coche fúnebre de nuevo. Bajando impasible la cuesta de 

la cabra. 

-¡Dios!- Murmuró Mack. 

A los cinco minutos subieron al coche y abandonaron el 

lugar. Gale todavía estaba lloriqueando en la parte de atrás. 

Después de un tiempo prudencial conduciendo en silencio, 

Mack se percató de que regresó de nuevo al mismo lugar del principio. 

¡Eso era prácticamente imposible!, estaban dando círculos; 

pero era imposible, porque la cuesta de la cabra solo tenía una entrada 

y una salida, en el otro extremo de las montañas. 

-¡Oh, mierda, mierda!- Gritó Mack mientras golpeaba el 

volante-. ¿Qué coño está pasando esta noche?– Embragó, 

puso la primera y las ruedas delanteras rasparon el suelo derrapando, 

de nuevo hacia la cuesta de la cabra. 

Por morbo, por curiosidad, Mack se dirigió a la misma casa 

de antes. Y descubrió que Jim ya no estaba allí. La sorpresa fue 

equitativa para los dos. 

-Ha desaparecido- murmuro Gale, que estaba a punto de 

lloriquear de nuevo. 

-¡Joder! ¿Qué está pasando esta noche? ¿Alguien metió 

droga en nuestras bebidas para gastarnos una broma pesada? 

-No- negó con la cabeza Gale. 

-¡Pues nada! ¡Seguimos con el juego! 

Subieron al coche de nuevo y siguieron conduciendo otros 

diez minutos cuesta arriba hasta que el motor empezó a dar saltos 

y empujones, se habían quedado sin gasolina. Se hizo para un 

lado y el motor se paró. 

-¡Joder! ¡Lo que nos faltaba ahora!- Gritó Mack dándole un 

fuerte golpe otra vez al volante. En esta ocasión propinó varios 

golpes para descargar su rabia contenida. Gale estaba 

asustada y callada en el asiento de atrás, casi acurrucada. 

Entonces vieron dos faros a lo lejos. Esta vez se bajaría a 

pedir ayuda. Cuando el vehículo estuvo a la altura de ellos, observaron 

con horror que era el mismo coche fúnebre de antes. 

Siempre el mismo maldito coche fúnebre. Serían las cuatro de la 

mañana y ya lo habían visto varias veces. Y la luna seguía allí 

arriba con la suerte de no ser tapada por ninguna nube. 

Mack estaba fuera del coche cuando vio pasar al coche fúnebre. 

Gale seguía dentro. Cuando, de repente, un instante después 

que el vehículo pasara impasible ante ellos sin pararse a la 

petición de Mack, un río de gotas de sangre salpicó el parabrisas 

del coche. Algo en mitad de la nada había sesgado el cuello de 

Mack ante la atenta mirada de Gale. Cayó fulminado al suelo y 

esa fue la imagen que a Gale se le grabó en las retinas. Empezó a 

gritar histérica allí mismo, dentro del coche, que permanecía con 

las luces encendidas, alumbrando el cuerpo de Mack y la gran 

mancha de sangre en el suelo. 

Después de un largo e intenso rato, Gale salió del coche y 

echó a correr hasta donde la luz del coche alcanzaba, pero, de 

pronto, se dio cuenta de que el cuerpo de Mack no estaba allí tirado 

en el suelo inerte, sino que no había nadie ni nada. Era todo 

como un sueño. Se detuvo presa del pánico y con lágrimas en los 

ojos regresó al coche. Esta vez el coche fúnebre iba en dirección 

contraía a las anteriores ocasiones. Gale se asustó tanto como para 

no salir gritó alguno por su garganta. Se estaba asfixiando presa 

de un ataque de pánico. El coche fúnebre se detuvo a su altura, 

con el motor en ralentí y las luces encendidas. De repente, la 

puerta de atrás se abrió y un fuerte brazo tiró de ella hasta meterla 

dentro. La puerta se cerró y el coche fúnebre emprendió la 

marcha impasible. El grito de histeria de Gale no se pudo escuchar 

por la insonoridad del vehículo y su cara plasmada en terror desapareció 

en la penumbra de los halos de la luna. 

El caso es que todos habían muerto en el accidente. 



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