La planète sauvage

Por José Martí
Enviado el 29/03/2014, clasificado en Drama
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Estaba muy oscuro, claro que era de noche pero aún así la Luna brillaba por su ausencia. Para colmo hacía mucho frío y no era para menos. Estábamos a tres mil metros de altitud, cuatro mil quizás. No se sabía muy bien ya que no podíamos ver el medidor de altitud. ¡Linternas! Llevábamos linternas en la cabeza, sí sabíamos la altitud. 3,725 metros, metro arriba o abajo.

Éramos tres amigos de toda la vida. Siempre habíamos querido hacer esto, pero por una cosa u otra nunca nos poníamos de acuerdo. No teníamos mucha experiencia, no tenía que ser tan difícil, hay mucha gente que lo hace. No tenía que ser tan difícil. Así que allí estábamos, muertos de cansancio y subiendo una ladera, no debía de quedarnos mucho.

Entonces llegamos a una pequeña planicie y alguien (¿yo?) propuso descansar un rato y que uno fuese avanzando para ver si nos quedaba mucho. Consejo: nunca hagas alpinismo solo, o nunca hagas alpinismo, o nunca estés solo, es igual. Olvidad el consejo, no soy quién, prosigamos. Adam se ofreció a ser él el que inspeccionara la ruta. Accedimos, no teníamos fuerzas.

Pasaron unos cuarenta minutos y nos empezamos a preocupar. Mago (le llamábamos así porque siempre estaba leyendo a José Saramago) estaba tiritando y yo notaba que lo estaba pasando muy mal. Yo no estaba mejor que él pero creo que entendía mejor la situación. Me levanté y le dije que iría a buscar a Adam, que me esperase aquí. No cogí la mochila porque me resultaba pesada y además debía volver. Al cabo de veinte minutos de caminar sin ver más allá de dos palmos de mi cara y con un viento muy racheado, me pareció ver algo oscuro sobre la nieve. Me acerqué y vi que era mi amigo tirado en la nieve con aparentes quemaduras de frío en la cara. Quién sabe cuánto tiempo habrá estado ahí tirado. Tenía que hacer algo. Lo levanté e intenté llevarlo apoyado a mí hasta dónde estaba nuestro improvisado campamento.

No sé cuánto habré tardado, quizás no mucho, pero a mí me pareció una eternidad. Y cuando llegamos cuál fue mi sorpresa al ver a mi otro amigo también tirado en el suelo con la cara muy pálida. Intenté hablarle pero parecía como si no me escuchara. Lo zarandee un poco y entonces al ver el movimiento que hacía su cuerpo lo supe. Fue una revelación, como si el concepto de muerte se me hubiera revelado en una forma visible y palpable, en todo su esplendor. Adam también había desaparecido, no soportó el camino de vuelta. Y allí me encontraba yo, más solo que nunca, deslumbrado por el blanco de la nieve y el negro de la muerte.

Y mil preguntas me surgen en la cabeza, pero no puedo responder ninguna. Quizás el sentido de mi vida era descubrir a la muerte, y no temerla. Enfrentarme a ella con vida, y perder, pero estando satisfecho y consciente de la derrota.

Fin. La luz me inunda y siento que me fundo con la nieve para formar parte hasta la eternidad de esta montaña, y de este planeta. La planète sauvage.


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