Los regalos de de Denisse - María, la intelectual (continuación).

Por Romanov
Enviado el 14/04/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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María es una mujer dulce. Sus maneras son refinadas y la serenidad con que camina por la vida es envidiable.

Casada hace 10 años con uno de sus maestros, ha pasado tres cuartas partes de su vida estudiando. Recibió el Doctorado en Filosofía a una edad en que la mayoría de los mortales anda peleando todavía por terminar la universidad.

A pesar de todo, era una mujer solitaria. Su personalidad no era tan sociable como ella querría, y eso le causa tristeza muy a menudo. Su agitada vida académica la salvaba de muchos peligros, pero no le era del todo útil en las situaciones extremas.

Tímida y temerosa como era, le resultaba imposible establecer una relación extramarital.

Conoció a Denisse hacía muchos años. Fueron compañeras de escuela e incluso compartieron casa en el extranjero. Después de algunos años de no verla, recibió la invitación a su boda y no dudó en asistir.

Con sólo mirarla, Denisse supo que María no era feliz en su matrimonio y con toda la confianza que se tenían, le contó lo que había encontrado, ofreciendo compartirlo.

María no aceptó de buenas a primeras, pero terminó cediendo ante la insistencia de Denisse.

Y aquí estaba, completamente desnuda gimiendo ante las caricias de un perfecto desconocido que la admiró y deseó desde que la vio.

Su piel es suave, perfecta. El pelo suelto es abundante y se mueve al ritmo de los gemidos de María. Ante las caricias y besos que iba depositando en su cuerpo, ella fue ralajando cada uno de los músculos, abandonándose al cúmulo de sensaciones placenteras que la acción de lengua y dedos producían en ella, aferrándose con toda la fuerza de sus dedos a mis hombros. De cuando en cuando lograba abrir los ojos y me miraba disfrutar el delicioso ejercicio de masajear labios, clítoris e interior de su impecable vagina.

De pronto enderezó el torso y me empujó suavemente para tenderme de espaldas al suelo, desnudándome en el trayecto, para después tenderse sobre mí mientras buscaba con avidez mis labios.

- Bésame . . . bésame . . . tu manera de besar me vuelve loca . . . me gusta cómo lo haces - decía entre gemidos y pequeños temblores.

De pronto descubrió mi erección y dio la impresión de que no sabía bien a bien qué hacer con ella. Con urgencia se puso de rodillas por encima de mí, colocó mi virilidad en la entrada de su entrepierna y así, sin más, comenzó a empujar para ser penetrada.

Cada avance era reportado por ella con gemidos y pequeños gritos de júbilo, hasta que estuve totalmente dentro de ella. Se inclinó sobre mí, me dio un beso profundo y prolongado mientras comenzó a moverse de manera desaforada y sin coordinación.

Con mis manos detuve sus muslos, le pedí tomar aire y comenzamos un movimiento rítmico, constante . . . ella abrió los ojos, me dedicó una mirada indescifrable, y se dejó llevar por mí. Aprendió pronto, y comenzó a ensayar diferentes cadencias, diferentes ángulos de penetración. Pronto encontró lo que buscaba, aumento la intensidad de los movimientos y de a poco fue haciendo crecer su placer . . . subió, subió . . . y llegó a la cima entre gemidos, gritos ahogados y estremecimientos de todo su cuerpo. Dejó de moverse poco a poco, hasta quedar completamente desfallecida sobre mí.

Así estuvimos no sé cuánto tiempo.

De pronto abrió los ojos y con tono alegre preguntó: - ¿Qué te pareció el regalo que te tocó por la boda de Denisse?.

- Sorprendente.

- ¿Sabes? Antes de esto, si me hubieran dicho que sería el regalo para un hombre habría hecho un escándalo, indignada. ¿Y sabes lo que en este momento realmente me preocupa?

- No . . . no tengo ni idea . . .

- Me preocupa no haber sido un buen regalo . . . porque tú para mí has sido el mejor que he recibido en un muy largo tiempo.

- No tienes de qué preocuparte, María. Has sido el mejor regalo que pude recibir por la boda de Denisse.

- Denisse tenía razón: no hay mejor terapia que el sexo bien hecho. ¿Quieres ser mi terapeuta?

- Nada me gustaría más . . . al menos mientras vuelve Denisse.

- Ya para entonces buscaremos una solución, ¿te parece bien?

- Encantado, Doctora.

Ella sonrió y me abrazó con efusividad.

Me condujo a su cama y volvió a besarme. E hicimos el amor nuevamente dos, tres, cinco veces.

Al final ella sonrió agradecida, me invitó a bañarnos juntos, nos vestimos con parsimonia y salimos rumbo a la librería.

Me pidió esperar mientras pagaba el estacionamiento de su auto. Al volver, traía en las manos una hermosa edición de "El Nombre de la Rosa", la mejor novela de Umberto Eco.

-Este es el regalo que te da tu regalo.

Me besó con emoción y se fue manejando.

Al llegar a casa abrí el libro y cayó una pequeña tarjeta con un número pulcramente escrito con la leyenda manuscrita: De tu regalo.

María, la intelectual, me había cautivado. Mi gratitud para Denisse creció hasta parecer que llegaba al tope.

Pero Denisse resultó imprevisible y abundantemente generosa. Ya sabrán a lo que me refiero.


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