Bucle

Por Yisus Craist
Enviado el 12/04/2014, clasificado en Varios / otros
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Cuando lo reconozco me pongo a temblar, pero él no se da cuenta. Para disimular continuo repasando la hoja.
TRES DÍAS ANTES
Son las siete de la mañana y el maldito despertador ya está sonando... cada repetición del monótono sonidito me entra en la cabeza como una bala y me la atraviesa de un lado al otro.
-Por suerte -pienso- ya es el último día que te tengo que aguantar, desgraciado.
Me levanto, cojo lo primero que encuentro para taparme un poco y me acerco a la ventana despertador en mano (ahora ya apagado). El día promete ser caluroso y sin demasiado viento. Bajo la vista hacia la poco atractiva calle que está doce pisos bajo mis piés y, como me esperaba, está más vacía que mi nevera. Ni un alma vaga por ella y el único movimiento que hay es el de unos cuantos papelillos de colores que flotan en el aire. Miro al despertador, como quien mira a una amada, y sin darle tiempo a soltar ni una lagrimilla, ya está cayendo de camino al suelo mientras yo veo como se acerca, por fin, su último día. Poco tiempo después ya es historia en este mundo, que se vaya a despertar ahora a San Pedro, si le apetece.
Hechos los honores, cojo mi petate y abandono la que había sido mi intento de casa durante los últimos diez años. Unos años, por cierto, bastante buenos pero nada comparables a lo que me esperaba. Bajo en ascensor hasta la planta baja y allí me encuentro la primera sorpresa que me esperaba, un puñado de vecinos había decidido darme la despedida y desearme buena suerte. La verdad, la opinión que tengo de ellos es bastante pobre pero en fin, todos podemos actuar por un día.
Diez minutos después estoy por fin en el coche con todo listo para emprender el camino. Echo una última mirada al barrio, arranco y salgo. Para variar, en la radio no suena nada de provecho, estúpido reggaetón por todas partes y multitud de grupos de pop que repiten una y otra vez estrategia: ser jóvenes guapos y a la moda, dejando en manos de un ordenador el tema de hacer la música. En fin, visto el panorama, cojo uno de los discos que tengo por el coche de Judas Priest y, ahora sí, encaro las tres horas de coche que me esperan con algo más de alegría.

Son las diez de la noche y por fin estoy en la cola de embarque. Solo nos separan ya poco más de nueve horas de vuelo... La cola avanza y yo tomo asiento en ventanilla. Pronto cojo el sueño y duermo a ratos las siguientes siete horas.

Me despierto ya en Martes y el Sol aún no ha salido, aunque poco le queda. Mientras tanto, a nosotros ya nos van sirviendo el desayuno y bastante que lo agradezco. Desde que abro los ojos por primera vez, no puedo dejar de pensar en él y en lo poco que nos queda para conseguirlo.
Tras el desembarque y todo lo que necesitas hacer para poder entrar en un país sin necesidad de saltar ninguna afilada y peligrosa valla, estoy ya en mi recién alquilado coche y me dirijo a la casa. Solo quedan un par de horas. Mi corazón late sin control y el pedal del acelerador está más presionado de lo aconsejable.
Hace muchos años que no estaba por aquellas calles pero recuerdo los viejos carteles de las tiendas y peluquerías que llenaban la ciudad antaño y que ahora son un simple recuerdo de lo que un día fuimos.
Según me acerco a la casa, mis pulsaciones aumentan peligrosamente y por fin, ya solo una curva y unos cien metros nos separan. Tomo cautelosamente la salida y la veo, allí está. Esa casa que tanto había echado en falta. Estoy ya en frente a ella, apago el motor, bajo del coche con una mezcla de tranquilidad y nerviosismo y me acerco a la puerta. El timbre sigue siendo el mismo aunque un poco más desgastado. Lo presiono y no tardan en abrirme la puerta. Una señora vestida completamente de negro y con lágrimas en los ojos me mira ahora mientras mi corazón se para unos segundos.
-Hola -la saludo con tono de humildad.
-Ho... hola... -me contesta entre sollozos.
-¿Qué sucede? -le pregunto con miedo a su respuesta.
-Alex... -y tras pronunciar estas palabras, se echa a llorar desoladamente.
Mi corazón se para del todo y mi cabeza deja de funcionar. No puede ser... Esto no está pasando, es todo una mala pesadilla. Es imposible... Empiezo a ver todo nublado y me desmayo.
Pasan las horas y, cuando la noche ya está bastante avanzada, me despierto en una sala muy conocida por mis ojos y veo como ahora una cara familiar descansa a poca distancia en un sofá, con el rostro desgarrado por la tristeza.
Tengo la boca muy seca y el estómago vacío así que me levanto y voy a la cocina a trompicones a buscar algo que llevarme a la boca. De camino piso una hoja de lo que parece ser un dibujo y la guardo en el bolsillo de mi pantalón. Llego a la cocina malamente y cierro la puerta para poder encender la luz y así no despertar a nadie. Abro la nevera y cojo lo primero que tengo a mano, lo pongo sobre la mesa y me siento. Saco del pantalón la hoja que me había encontrado antes y la estiro. Entonces, al ver lo que en ella hay, mi cuerpo empieza a temblar y las lágrimas vuelven a salir sin control de mis ojos. Una mezcla fatal de rabia y tristeza me acompaña mientras veo el dibujo hecho por Alex mucho tiempo atrás. Es un dibujo típico de un niño pequeño, con sus tremendos errores al colorear y dibujar que lo dotan, si cabe, de una mayor perfección. Alex se había imaginado ya tiempo atrás este momento y lo había ilustrado, poniéndose a sí mismo en el centro del dibujo acompañado por mí y por su madre, que estaba descansando ahora en el sofá. Él se había imaginado esto y no era de la manera que lo estaba viviendo yo.
De pronto escucho un ruído que procede de la puerta principal. Abro apresuradamente la puerta de la cocina, desde la que se puede ver toda la planta baja, y veo como alguien está entrando por ella, pero no atino a saber quien es por la falta de luz. Unos instantes después esa menuda figura está más cerca y entonces lo puedo ver. Cuando lo reconozco me pongo a temblar, pero él no se da cuenta. Para disimular continuo repasando la hoja. Esa hoja donde está él representado en el centro y yo le doy la mano. Ese hijo que yo había tenido que abandonar sin saberlo hace diez años por culpa de la emigración, está ahora ante mis narices a tan solo un paso. Se detiene ante mí y alza la vista. Me agacho con infinita alegría a abrazarlo y, cuando tan solo nos separan unos centímetros, suena el despertador. Son las siete de la mañana.


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