MUERTE EN CÓRDOBA

Por antopealver
Enviado el 12/04/2014, clasificado en Drama
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Aquella soleada y calurosa tarde de un día cualquiera del año 1890, la bella ciudad de Córdoba se cubriría de sangre y luto por un terrible suceso que pasaría a los anales de la historia como uno de los más aterradores crímenes cometidos jamás en suelo español.
Eran aproximadamente las 2 de la tarde, cuando se dejó caer por el cortijo José, un inspector de policía de la ciudad que no era la primera vez que acudía por allí cuando la gula por las sabrosas viandas que Antonia-la dueña de la casa-solía preparar, apretaba su estómago.
Pero aquella tarde José el policía-poseedor de una prominente nariz aguileña y siniestra mirada-, albergaba otras intenciones distintas a las de satisfacer su apetito; se había quedado sin dinero, ya que era, además de policía, un conocido pendenciero de la ciudad de la famosa rábida.
-Pase usted, señor inspector-le instó Joaquín, el dueño del cortijo y esposo de Antonia-y siéntese con nosotros; ha llegado a tiempo.
En la rectangular mesa procedente del viejo mobiliario de sus antepasados, reposaban brazos y codos de Joaquín, su hermano Pedro, compañero de fatigas de menesteres labriegos, Antonia y sus tres hijas de ocho, cinco y tres años que, cuchara en alza, esperaban la mirada del padre que, con un asentimiento, les indicaría la aprobación para iniciar la ingesta de los calientes pucheros de mediodía.
A la llegada del inspector, todos movieron armoniosamente su silla para hacerle un hueco en la mesa; este, persona grotesca y de escasa formación, se sentó sin mediar palabra y púsose a engullir todo alimento que le fuere ofrecido.
A mitad de la comida, el inspector pidió ausentarse unos minutos, ya que una imperiosa necesidad-dijo-le apremiaba.
-¡Vaya…vaya y no se preocupe! Le persuadió Joaquín, señalándole con el dedo índice de su mano izquierda las escaleras por donde habría de consolar su inquieto vientre.
Pero la única necesidad imperiosa de aquel siniestro individuo, era el dinero. Aquella tarde toreaba Lagartijo-su ídolo-en la coqueta plaza de toros de Los Tejares y no estaba dispuesto a perderse aquel vespertino festejo ni por todo el oro del mundo; oro del que, por cierto, carecía.
Dispúsose a entrar en las alcobas del matrimonio en busca del parné necesario para asistir al evento; y afanado en el registro de cajones y bolsillos, aparecieron por sorpresa Joaquín y su hermano Pedro que, seguramente, habrían intuido las nefastas intenciones del malvado inspector.
No tuvieron tiempo de reaccionar; el depravado personaje, avezado en el manejo de la navaja y en la lucha cuerpo a cuerpo, se abalanzó sobre ellos y, sin mediar palabra, pasó su angosto cuchillo por la garganta de ambos con la velocidad propia de un lobo salvaje. Una vez comprobó que los cuerpos de aquellos dos desdichados yacían sin vida, bajó las escaleras con la pausa de un felino; y sin apenas hacer ruido, embistió contra la pobre Antonia y sus tres desdichadas hijas, pasándolas a cuchillo una a una hasta que advirtió que la niña mediana había desaparecido; pero era tan bruto que, mirándose el reloj que pendía de uno de los bolsillos de su chaleco y palpando en otro las monedas robadas, diose cuenta que la corrida estaba a punto de comenzar y su ídolo-Lagartijo-de cuajar una faena memorable que no podía perderse; y salió corriendo como si su propia vida le fuera en ello.
Pero aquel hombre estaba predestinado al fracaso. Media hora más tarde llegó a la hacienda un vecino que, montado en su rubia acémila, decidió parar para saludar a aquella agradable y bondadosa familia. De pronto vio como Antonia, la dueña del cortijo, yacía en el suelo del porche de la blanca y ajada casona, empapada en un charco de sangre. Despavorido, corrió hacia ella y con su brazo izquierdo, tomó su cabeza; ella abrió levemente los ojos y tomándole la mano con la poca fuerza que le quedaba balbuceó: cin…cin…; cerró los ojos y murió en los brazos de aquel buen amigo. Acto seguido, Antonio-así se llamaba el visitante-, entró en la casa aterido por el miedo; al ver el dantesco espectáculo de sangre y muerte, corrió espantado a la ciudad en busca de la policía.
El comisario y sus hombres llegaron raudos a la casa. Al frente de la unidad: el comisario Morales; este con la tranquilidad que atesoraba por sus muchos años de experiencia, oteó los alrededores girando la cabeza de derecha a izquierda y viceversa; de pronto, desde la cocina, se oyeron unos tímidos lloriqueos de niño; el comisario corrió hacia la misma y, guiado por los sollozos, destapó la tapadera de madera con asa de una tinaja y…allí estaba, temblando, la pobre desvalida que no paraba de decir: ¡¡cintas verdes…cintas verdes!!
El comisario, una vez extrajo a la niña de su providencial refugio, comenzó a atusarse el pelo y a pasarse la mano una y otra vez por la papada; absorto pensó: ¿Qué significado tendrá eso de cintas verdes? De pronto se le encendieron los ojos y espetó: ¡¡Dios mío…!! Salió disparado; ya sabía hacia donde tenía que dirigirse: a la plaza de toros de los Tejares.
Morales llegó presuroso al coso de Córdoba; colocó a dos policías en cada uno de los vomitorios de la plaza y con todo el coraje del mundo suspendió la corrida. Fue un picador de una de las cuadrillas, antiguo amigo del inspector homicida, quien reconoció al siniestro personaje, le delató y propició su detención casi inmediata.
El canalla fue conducido a los calabozos de la comisaría. Al poco rato, el comisario Morales bajó a interrogarlo y poniéndose delante de él, con los brazos entrecruzados por su espalda, como el que ha quedado satisfecho del deber cumplido, le dijo con voz tenue y tranquila: -José Cintabelde; maldito asesino hijo de puta, ¿por qué lo has hecho?
El vil canalla contestó sin inmutarse: -necesitaba dinero.
-¿Y tenías que matar también a los niños? Le espetó con repugnancia el Comisario Morales.
-El asesino, hipócrita empedernido, le contestó: “ellos también tienen lengua”.
José Cintabelde fue condenado a muerte y, tan solo dos meses después de su terrible crimen, murió pasado por el garrote vil; cerrando así uno de los más trágicos episodios que hayan ocurrido jamás en la bella capital cordobesa.

 

                                                       FIN 



Esta historia ha sido recreada sobre hechos reales, aunque cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.


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