Ahora que estás muerto

Por dsr
Enviado el 20/04/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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He de confesarte, ahora que estás muerto, que mientras estuviste en coma te fui infiel con tu mejor amigo. No sé por qué te cuento esto a estas alturas. No creo que sea para buscar tu perdón o para que trates de entenderme sino para liberarme. No sé si esta "carta" te llegará allá donde estés (si es que estás en algún sitio), pero te la escribo igualmente.

Cuando tuviste aquel accidente, mi vida se derrumbo; y para cuando me dijeron que era probable que no volvieses a despertar, o que si despertabas era probable que prefirieses estar muerto, a mi corazón solo le quedaban los cimientos. Las primeras semanas fueron las más traumáticas para mí. No me separaba de ti ni una hora en aquella habitación de hospital... Pero antes o después, todo se acaba olvidando. Tu mejor amigo (no te voy a decir el nombre por que ya sabrás de quien estoy hablando) te visitaba muy asiduamente. A veces bajábamos a tomar un café y me desahogaba con él (de momento solo hablábamos). No sé si eras consciente de que a tu amigo yo siempre le he gustado. Lo notaba por sus miradas que, a pesar del disimulo, me desnudaban en cualquier reunión de amigos; por sus sonrisas y atenciones exageradas y un montón de cosas más que solo las mujeres sabemos ver. Después de un mes me decidí a volver a casa ya que todos nuestros amigos y familiares me hicieron ver que era innecesario pasar día y noche a tu lado por si despertabas (comprenderás sin que te lo diga que no despertaste).

Tu mejor amigo siempre se ofrecía a llevarme a casa al anochecer. Al principio era algo de lo más normal: un amigo llevando a la mujer de su amigo a casa. Muchas noches nos quedábamos hablando todo el rato metidos en el coche al lado de nuestro piso, otras sin embargo nos quedábamos callados sin decir nada. Una de esas noches le pregunté si quería subir a casa a tomar algo. No dijo que no. Arriba en el piso estábamos tan callados como esas otras veces en las que el deseo lucha por imponerse y por eso las palabras sobran. Yo estaba en la cocina preparando un té cuando él llegó por detrás y me cogió por la cintura. Para mi fue una liberación. Estaba sometida a una gran presión, por eso te pido que no me juzgues, por favor, mi amor. Él seguramente llevaba pensando en aquello desde hacia mucho tiempo y puede que incluso yo también, pero no lo quería reconocer, ¿por qué le invité a subir a casa sino era porque necesitaba algo desesperadamente? Cuando su mano se deslizó hábilmente por debajo de mi blusa opuse poca resistencia. Su mano tembló para cuando llegó a mis pechos, temerosa de que yo dijera que no.

- Esto no está bien - dije en un susurro que apenas oí yo misma.

Él me besó el cuello y yo ya no sabia donde estaba. Me volví y nos besamos con los ojos cerrados. Sus manos se deslizaron esa vez por mis piernas y sin pedir permiso me levantó la falda. Si tu amigo hubiera sido ginecólogo probablemente le hubiera ido mejor en la vida. Una vez despertada la fiera solo cabía esperar que nadie resultase herido. De camino al dormitorio fuimos dejando rastros de nuestras ropas como si de un cuento de Hansel y Gretel para adultos se tratase. Completamente desnudos en la cama, él comió de mi fruta prohibida mientras yo me limitaba a morderme el labio para no despertar a nuestro hijo. Por cierto, ya es todo un hombre, se parece mucho a ti. Con un grito ahogado y una súbita sacudida me agarré a la colcha de la cama cuando él empezó a beber de mi fuente. Le puse las manos sobre mis pechos desnudos, cuyos pezones estaban muy tiesos. Mi cuerpo se removía como una serpiente en su hábitat natural. Sus manos, delicadas y suaves, me recorrían de arriba abajo provocando pequeños chispazos en mi piel. Cuando supo que la cosa ya estaba a punto, decidió entrar tan dentro de mí como tu nunca entraste (y no sería por qué yo te cerrase la puerta). Sus embestidas eran tan precisas, deteniéndose en el momento justo; sabía cual era el interruptor que debía pulsar. Cambiamos unas cuantas veces de postura. Con los cuerpos envueltos en varias capas de sudor nos resbalábamos cada dos por tres y nos reíamos. Entonces vi que me mirabas desde la mesita de noche, desde la foto de nuestra boda en la que yo salgo sentada y tú de pie junto a mí, y me sentí muy sucia. Decidí coger la foto y darle la vuelta para que no vieras lo mal que me estaba portando mientras tú te debatías entre la vida y la muerte. Cuando a tu amigo le resultó imposible aguantar la presa que la tormenta de pasión desató, decidió desenvainar su espada de mi cuerpo y roció mi vientre con su agua bendita, y yo restregándomela por todo el cuerpo para que me purificase.

Empapados en una piscina de sudor nos quedamos abrazados. Y me sentí tan bien, tan relajada…Después sonó el teléfono de la mesita de noche y me dijeron que habías muerto.


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