LA MASIA (SEGUNDA PARTE)

Por jp lorente
Enviado el 16/04/2014, clasificado en Terror
321 visitas

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Al lado de la puerta había un escritorio antiguo con un libro sobre él. En la tapa ponía en letras doradas “libro de visitas”.

No había vestíbulo, sino que se accedía directamente a una gran sala decorada al estilo rústico montañés, con suelo de madera natural. A la izquierda de la entrada estaba la cocina, luminosa y grande, con bonitos muebles de madera maciza con tiradores de porcelana. No tardaron en comprobar que los armarios disponían de toda la cubertería y baterías de cocina necesarias. Delante de la cocina había una mesa de madera con cinco sillas. Un sofá dividía el espacio hacia la sala de estar, en donde había una chimenea de hierro contra la pared y a su lado, una televisión.

Al fondo de la sala había un pequeño pasillo en donde había tres puertas que estaban abiertas. La pareja pronto averiguó que se trataba de la habitación de matrimonio, con una gran cama con cabezal de hierro forjado; del cuarto de baño, grande limpio y luminoso, y la que sería la habitación de los niños, con dos camas independientes separadas por una mesita de noche.

Mientras los niños jugaban en el exterior, descargaron las maletas del coche y repartieron la ropa por los diferentes armarios y los enseres de higiene en el lavabo. Cuando acabaron, decidieron ir a comprar lo necesario para pasar el fin de semana. Habían visto un supermercado en el pueblo más cercano, a unos tres kilómetros de allí. Dejaron a Laki dentro de la casa, y se marcharon los cuatro en el coche.

Al mediodía una alegre hoguera ardía en la barbacoa y Dani preparaba los ingredientes para hacer una paella. Sara le echaba una mano y discutía con David, el cual quería bañarse en la piscina. Todo y decirle que hacía mucho frío para bañarse, sabía que era una batalla perdida. Habían visto a su hijo bañarse en una playa en pleno mes de enero. Veía un poco de agua y sentía unos deseos irrefrenables de zambullirse en ella, hiciera frío o calor. Finalmente cedió y tras decirle: “Haz lo que te de la gana”. Antes de que se diera cuenta, David se había quedado en calzoncillos y nadaba alegremente. Al cabo de diez minutos lo recibió al borde de la piscina con una toalla, que el niño agradeció entre tembleques, castañeo de dientes y los labios azules.

Después de dar cuenta de la paella en la mesa exterior, el resto de la tarde transcurrió entre paseos por los alrededores, en los que aprovecharon para hacerse fotografías haciendo bobadas. Perdieron el miedo a los caballos y vacas que se acercaban al cercado y posaron junto a ellos sin poner ninguna pega e incluso se dejaban acariciar. Todo un repertorio gráfico que engrosaría el álbum de fotos familiar y haría las delicias del matrimonio con el paso de los años. 

Cuando empezó a oscurecer, se retiraron a la casa y empezaron a hacer la cena en la cocina. Una rica, calentita y gratificante sopa y embutidos de la zona. Después pasaron un buen rato en la sala de juegos, dónde dejaron a Raúl ganar al futbolín, billar y ping-pong. El niño estaba pletórico y creyó ser un superhéroe de los juegos.

Finalmente se recogieron en la casa. Daniel encendió la calefacción des del termostato y también puso en marcha la chimenea.

Estuvieron viendo la televisión un rato con la sala a oscuras, solamente con la luz de las llamas de la chimenea y el resplandor del televisor.

Raúl no tardó en quedarse dormido y Dani lo llevó en brazos hasta la cama. David se hizo el valiente, pero cinco minutos más tarde también se quedó dormido en el sofá. Su padre le dio el mismo destino que a su hermano pequeño.

El matrimonio se quedó solo viendo la televisión. Aprovechando el espacio que había quedado en el sofá tras la marcha de sus hijos, Sara se tumbó y puso las piernas sobre su marido, para que le diera unos masajes en los pies.

Daniel no terminaba de encontrarse cómodo. Era una sensación que no había sentido antes. No le gustaba tener el comedor y la cocina a oscuras a sus espaldas. Hubiese preferido tener una pared protegiéndolo. Escuchó roncar a Laki sobre su colchón, al lado de la chimenea.

Finalmente el cansancio del día hizo mella en ellos, apagaron la televisión y se fueron a la cama.

Como de costumbre, Daniel se acostó en la parte derecha del colchón, muy cómodo por cierto. Des de allí veía la habitación de los niños, aunque a penas podía vislumbrar la silueta de las camas.

La casa se quedó sumergida en un silencio espeso, casi incómodo. Al apagar la luz del dormitorio una oscuridad casi absoluta se adueñó de todo.

Aún estando muy cansado, Dani tuvo problemas de conciliar el sueño. Sara se acurrucó contra él y al poco se quedó dormida.

Despertó de repente, sin saber porqué. Miró la esfera luminosa de su reloj de pulsera y vio que eran las dos de la madrugada.

De repente escuchó unos gemidos que procedían de la sala de estar. Era Laki que estaba lloriqueando.

Dani se levantó sin encender la luz del dormitorio, ya que no quería despertar a Sara y se dirigió casi a tientas hacia la sala de estar. Antes se detuvo en la puerta de los chicos y observó bajo la tenue luz de la luna que entraba por la ventana del dormitorio que ambos dormían plácidamente.

El fuego en la chimenea se había convertido en brasas. Laki desde su colchón le miró con las orejas hacia atrás y lloriqueó lastimosamente, después giró la cabeza hacia la cocina. Parecía estar asustado.

Dani pensó que el perro extrañaba el hogar familiar y al igual que él, no se acababa de encontrar cómodo cuando caía la noche. No podía quitarse de la cabeza que estaban aislados en mitad del campo, a tres kilómetros de la vivienda más cercana. Se llamó imbécil así mismo por pensar idioteces de películas de terror. Estaban seguros y había cerrado la puerta de acceso con dos vueltas de llave antes de acostarse. Se dirigió hacia la cocina en penumbras, pero Laki no le siguió. Solamente entraba una tenue luz lunar. Se asomó al exterior y prácticamente no pudo ver nada, solamente la silueta de las montañas contra un cielo casi negro salpicado por miles de estrellas.

Sintió de repente una gran sensación de frío, que traspasaba la tela del pijama y le llegaba hasta los huesos. Incluso una nube de vapor salió de sus labios. Un violento escalofrío recorrió su cuerpo.

Pensó que se había estropeado la calefacción i optó por correr hacia la cama para arroparse y buscar el calor de Sara. De camino y en penumbras tropezó con la mesa del comedor, las sillas, el sofá... Maldijo y llamó a Laki para que lo acompañara y dejara de gimotear. El perro lo siguió encantado y se tumbó en el suelo, a su lado de cama. Curiosamente el frío había cesado de golpe y la habitación se encontraba cálida por los efectos de la calefacción. Todo y la intranquilidad que sentía, finalmente se quedó dormido.


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