Yeimi

Por Emilio
Enviado el 30/04/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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El chorro de agua caía sobre mi piel de bronce.

Cerré los ojos para disfrutar esos aguijones cristalinos que me derramaban relajación por todo el cuerpo.

Inevitablemente, pensé en Yeimi. En público había sido muy respetuoso con mi compañera de piso pero en privado me resultaba imposible no suspirar por su silueta, no apetecer su aroma, no codiciar su aliento. No soñar con ella.

Puse la mano derecha en mi virilidad mojada y fui sintiendo como se engrosaba y erguía impetuosamente.

En ese momento, y de forma inesperada, Yeimi entró al baño.

Al darse cuenta de mi presencia, su rostro se sonrojó desvelándome su coqueta timidez. Balbuceó algo que no entendí y agitó sus manos nerviosamente.

Su boca me semejó a una fresa apetitosa.

Distinguí una redondez natural en su blusa blanquecina. No llevaba sujetador.

Mi pene se agitó con un latido trepidante.

Le dije a Yeimi que se tranquilizara, que todo estaba bien.

Y le pedí que no se fuera.

Sus ojos constelados me prodigaron una mirada atónita.

Sus manos entrelazadas mariposearon en su regazo.

Vi como sus dientes superiores mordisquearon su labio inferior.

Sentí otra punzada furibunda en mi seta cada vez más carnosa.

Estaba empapado pero me acerqué a ella.

Junté mis manos a las suyas. Estaban secas. Pero percibí su piel rociada de palpitaciones.

Varios charcos se formaron en torno a mis pasos dados.

La boca de Yeimi dejó escapar un “pero” titubeante.

Me así de su talle, tendí un puente desde mis pestañas a sus pupilas y dejé que mis brazos la cubrieran con mi humedad.

Su ropa se mojó al restregarse con mi cuerpo.

Escuché un vagido de sobresalto detonar de su garganta.

Su resistencia sin convicción hizo más candente mi tan esperado paladeo de sus labios.

Tocar su piel fue como lo imaginaba: una sensación fragante.

Su cuerpo era perfecto para la caricia más devota, aquella que no se da ni a uno mismo.

Abrazarla, rodear su espalda, apretujar sus pechos, oler su cabello, enredar las piernas en las suyas fue definir al erotismo sin la incomodidad de las palabras.

Yeimi cerró los ojos. Mi humedad obró a favor de su convicción.

Mi pene alcanzó su grosor definitivo y su curvatura acostumbrada.

Yeimí refregó su vientre en mi miembro. Yo hice justicia al momento, así que le sujeté la cara, mezcle mis dedos entre su larga cabellera y le comí la boca sin piedad.

Ella jadeó.

Aprovechando su arrebato, mandé mis manos a una profunda labor de reconocimiento de ese diminuto y curveado cuerpo.

Le recorrí cada escondite de la piel con mis dedos. La rasguñé delicadamente. Exprimí exquisitamente sus pechos y sus caderas con mis manos.

Fue arrebatador.

Fuimos beso a beso, roce a roce, mutuamente despojándola de las incomodas telas que le cubrían el cuerpo.

Hasta que Yeimi quedó desnuda.

Mi gusto se colmó al ver libremente sus pezones erectos y su enjambre sexual.

No lo pude evitar, así que lancé mis labios a sus pechos y mis dedos a su vulva.

Yeimi plantó sus manos en mi pene y comenzó a hurgarlo desesperadamente.

Lo más embriagante del momento fue que Yeimi aceptó mi pacto de gestos y me concedió plena autonomía para arar su piel y cultivar placer en sus poros. No hay nada más exquisito que la libertad para explorar un cuerpo femenino.

Y sujetarla del talle,

lamerle arrebatadoramente los pezones,

tatuarle el cuerpo a besos,

estimularle el sexo con los dedos,

escucharla jadear

sentir ese liquido recorrerle por los muslos.

Creo que Yeimi se sintió culpable del goce, por eso se agachó frente a mí, situó su mano izquierda en mis nalgas, la otra en mi carnoso y palpitante pene, y arremetió a lengüetazos mi rojizo glande.

Era excitante sentir su lengua recorrer mi miembro, sorber mi glande e introducirse en su boca mis diecisiete centímetros.

Sus labios rozando mi escroto me hacían sentir espasmos en mi vientre.

Yo también me sentí culpable.

Así que la levanté y, a punta de besos desaforados, la llevé a la ducha.

El agua tibia se evaporaba en nuestros cuerpos ardientes.

Le recargué la espalda en la pared, froté mi pecho en sus respingados pezones, levanté su muslo izquierdo a la altura de mi cintura, y llevé mi pene al umbral de su rosada vulva.

Estaba empapada.

Me introduje poco a poco, dejando que mi glande coqueteara con sus paredes vaginales. Despacio, suave y delicadamente.

Estaba cálida y acogedora.

Empujé hasta el fondo y nuestros vellos púbicos se fundieron en un solo sudor.

Ella bufó.

Yo sentí contracciones.

Ella se aferró a un tubo de la ducha.

Yo la tomé de las caderas y aumenté la cadencia de mis movimientos.

Los dos flotábamos en el aire. Parecía que habíamos vencido a la gravedad.

Después de unos minutos, me salí de ella y la volteé. La empujé cariñosamente de la espalda. Ella se inclinó y se volvió a sostener del tubo de la ducha.

Puse mis manos en sus caderas y me acerqué lentamente.

Entonces, mi pene recorrió sus muslos, sus curvas, y llegó a sus labios vaginales. Les propinó un beso ensalivado y entró lenta pero decididamente en su interior.

Yeimi emitió un grito ahogado.

Me sujetéfirmemente de sus caderas.

Manoseé su espalda inclinada.

Entré y salí mientras estimulaba su clítoris con mi escroto y con los dedos.

Yeimi gemía pero no dejaba de acompañar mis movimientos con sus ondulaciones.

Diez minutos después, Yeimi chorreó mi pene con un líquido viscoso y aromático.

No hay nada más exultante que prodigar placer.

Sin dejar de sujetarme del paraíso de sus caderas, le besé sus nalgas y deslicé mi lengua por la curvatura de su espalda. Sentí como su piel se erizó.

Mis manos cubrieron sus pechos.

Ella jadeó.

Entonces, sin abandonar la postura, y mordisqueando el lóbulo de su oreja, empujé con convicción.

Minutos después, una sensación de desvanecimiento me cubrió el cuerpo. Perdí la conciencia durante unos segundos en los cuales mis venas fueron inyectadas de una celestial sensación de serenidad.

Nos cubrimos con las toallas.

Verle secar su cuerpo me pareció muy sensual.

Yeimi me dio lo que, a la postre, fue nuestro primero beso de complicidad.

Y salió del baño convencida de que nada de aquello sabría su mejor amiga, en ese entonces, mi novia.


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