LOS CUATRO AMIGOS Y LA OUIJA (PRIMERA PARTE)

Por jp lorente
Enviado el 27/04/2014, clasificado en Terror
853 visitas

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Cuida de que la ouija no entre en tu casa.

No te dejes influenciar por los que dicen que es sólo un juego inofensivo.

 Una mente juvenil tiene que buscar respuestas en la ciencia y la sabiduría de sus mayores. 

 

Daniel acabó de sujetar el último trozo de papel de celofán transparente en la lámpara del techo. En total había colocado seis, uno en cada bombilla, mezclando los de color rojo con el azul. La idea era crear un ambiente íntimo y cálido.

Se bajó de la silla y observó su trabajo. La lámpara del techo parecía una araña que le habían vendado las patas con papeles arrugados y antiestéticos. Pensó que cuando la estancia estuviese a oscuras, eso seria lo de menos, ya que el efecto de las luces filtradas por los colores quedaría muy chulo, como en las discotecas.

Damián estaba colocando sobre la mesa unos platos de plástico sobre los que servía patatas chip, pipas y otros aperitivos. Su sentido de la estética era tan nefasto como el de Daniel adornando la lámpara, y los platos se repartían anárquicamente cargados hasta los topes. Estaba cantado que el primero que metiera la mano en ellos provocaría el esparcimiento del contenido por todos lados.

De la cocina aparecieron Paco y Santi, cargados respectivamente con botellas de refrescos (fantas y coca-colas) y vasos de vidrio. Tuvieron que desplazar los platos colocados por Damián para hacer un poco de sitio en la mesa.

 Los cuatro amigos se agruparon en el centro de la estancia y observaron su obra.

 

 

Habían apartado la mesa hacia una esquina para ganar espacio en el centro de la estancia que cumpliría la función de pista de baile. Sobre ella estaba la lámpara del comedor modificada para dar luz ambiente. Habían instalado un radiocasete con dos altavoces sobre una silla, al lado de la mesa. La idea era empezar con música de discoteca  para pasar después a las baladas para bailar “lentos”.  Paco había hecho una selección de los mejores éxitos de la época, 1984 (Modern Talking, Dire Straits, Roxy Music, Chicago, Pet Shop Bois…)

 

El sofá se había colocado al otro lado de la estancia, también para ganar espacio para poder bailar. Un pesado, grande, viejo y feo mueble tipo vitrina estaba colocado en una de las paredes, sobrecargado con retratos de niños vestidos de comunión, (entre los que se encontraba un angelical Paco cuando tenía ocho años) tíos con uniforme de la “mili”  y fotografías antiquísimas de gente mayor que ya parecían estar muertas cuando se las hicieron. Un total de cuatro vetustas sillas completaban el mobiliario del perímetro de la pista improvisada.

-Esto es una mierda –comentó Santi – parece una fiesta de cumpleaños infantil, vamos a hacer el ridículo. Al menos podíamos haber quitado la vitrina del museo de los horrores. Los caretos de las fotos les corta el rollo a cualquiera.

-Tío, no te pases – Paco le fulminó con la mirada- son las fotos de mi familia. Además, mi madre me ha dejado el piso de mi abuela con la condición que no toquemos nada.

-Por lo menos podríamos haber comprado ginebra o ron – apuntó Damián- cuando las chicas vean las coca-colas, las fantas y los “ganchitos” van a pensar que somos gilipollas.

Paco suspiró y los miró a todos enfurecido.

-Os lo vuelvo a explicar: mi madre me ha dado permiso para hacer la fiesta en la casa de mi abuela poniendo condiciones: que no toquemos nada, que no bebamos alcohol y que lo dejemos todo limpio. Ella puede aparecer en cualquier momento para ver que cumplimos con lo que pide. En caso contrario me la cargo, y de rebote todos vosotros también. Os recuerdo que conoce a vuestras madres y no se cortará un pelo en explicarles lo que hacéis.

-Podríamos haber hecho la fiesta en un monasterio. El efecto hubiese sido el mismo – Damián parecía molesto ante tanta restricción – Además, éste sitio huele a cerrado.

-Querrás decir a muerto –Apuntó Santi con una risita.

-¡Ya está bien! – Gritó Paco – aquí no ha muerto nadie. Mi abuela se ha ido a vivir con una hermana suya al pueblo. Si no os gusta os vais todos a la mierda y se acabó la fiesta.

Después de un instante de silencio, solamente roto por unos ruidos raros que hacia Santi para aguantar la risa, éste preguntó a Dani:

-¿A qué hora has quedado con las “churris”?

-Ya lo sabes, te lo he dicho un montón de veces: a las cinco – se miró el reloj – quedan escasamente cinco minutos.

-¿Seguro que están buenas? – le interrogó Damián.

-¡Qué más te da si no te comes un rosco! – Se adelanto Paco – a la que empieces a explicarles películas de miedo y chistes malos las espantas.

-La verdad es que solo conozco a dos de ellas, a María y a su hermana, Ester. Y sí, están buenas. – Contestó Daniel – A sus otras dos amigas no las he visto.

Hacia una semana estaba en la biblioteca para hacer unos trabajos del instituto. La sala estaba a rebosar de estudiantes y solo encontró sitio al lado de dos chicas que no paraban de parlotear. Una de ellas, que dijo llamarse María, entabló conversación con él. Le comentó que estaba acompañando a su hermana Ester que era la “lista” de la familia y tenía que hacer un trabajo de historia, pero que a ella la biblioteca la aburría muchísimo.

María tenía dieciocho años y era una morenaza exuberante, además de simpática. Su hermana Ester, de dieciséis años era más discreta y seria pero no menos atractiva.

La conversación con las dos chicas se cortó cuando la bibliotecaria las expulsó a las dos por hacer demasiado escándalo.

Cuando Daniel salió a la calle, después de acabar de recoger la información que necesitaba, se las encontró sentadas en un banco comiendo pipas y fumando. Estuvo un rato charlando con ellas. María, la voz cantante, le explicó que habían cortado con sus respectivos novios, hermanos también, y que estaban buscando un grupo para salir. Le preguntaron si tenía amigos y si estaban buenos. Les explicó que solía salir con tres amigos de la infancia. María le dio su número de teléfono para quedar y Dani se marchó un poco apabullado por el descaro de las chicas, no estaba acostumbrado a esas situaciones y menos que le tiraran los tejos de esa manera. Sus amigos y él, todos de dieciséis años, eran demasiado tímidos y ninguno de ellos había tenido novia hasta el momento.


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