LOS CUATRO AMIGOS Y LA OUIJA (CUARTA PARTE)

Por jp lorente
Enviado el 27/04/2014, clasificado en Terror
695 visitas

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Como no tenían otra cosa mejor que hacer, los cuatro amigos volvieron a poner los índices sobre el vaso, apenas sin tocarlo. Damián incluso lo puso a tal distancia que era evidente que ni lo rozaba.

-¿Hay alguien ahí?

Nada, el vaso ni se movió. Estaba claro que sin el “poder” de Damián la cosa no funcionaba.

-¿Hay alguien ahí? –Repitió Damián con cierta impaciencia.

El vaso siguió sin dar signos de vida.

-Me parece que se ha acabado la diversión – Comentó Santi.

En aquel momento el vaso se deslizó con determinación hacia el SI, sorprendiéndolos a todos. Esta vez vieron claro que Damián no lo había empujado por que se había quedado con el índice suspendido en el vacío.

-¿Quién eres?

El vaso comenzó a deslizarse rápidamente hacia diferentes letras, empujando con furia los papeles que había dispuestos en semicírculo sobre la mesa, arrastrando los dedos de los cuatro amigos y haciendo que uno u otro tuviese que levantar de la silla para poder seguirlo.

D- E- M-O-N-I-O

El vaso volvió bruscamente al centro de la mesa y se detuvo.

Todos se quedaron en silencio, mirándose unos a otros.

De repente Santi cogió el vaso, haciendo que el resto retirara los dedos, se lo llevó al trasero y lanzó un sonoro, largo y apestoso pedo. Volvió a dejar el vaso en el centro de la mesa bocabajo y dijo:

-Para toda tu boca, Demonio. – Estaba seguro que alguno de ellos había tomada el relevo a Damián en empujar el vaso.

El resto se quedaron con la boca abierta y sorprendidos. Una carcajada general resonó en la estancia.

El vaso se movió violentamente y salió disparado como una bala hacia la pared, a unos cuatro metros de la mesa, arrastrando en su recorrido varios papeles. Rebotó sin romperse y fue a caer encima del sofá.

Nadie lo había tocado.

El terror se adueñó de los cuatros amigos, que guiados por un instinto de supervivencia que nunca antes habían sentido, se levantaron rápidamente de las sillas, sin dejar de mirar al vaso que descansaba encima del sofá haciendo movimientos espasmódicos, como si tuviese vida propia.

-¿Pero qué…? – Exclamó Damián, aterrado.

La estancia parecía de repente un congelador, un aire frío y espeso lo inundó todo.

Los cuatro amigos se miraron entre ellos. Estaban blancos como el mármol y una nube de vaho salía de sus bocas. Comenzaron a temblar.

Dani sintió una gran desazón dentro de sí, que le ahogaba y oprimía el corazón. Era como si su alma se estuviese apagando poco a poco. Tenia todos y cada uno de los pelos del cuerpo erizados. Miró a sus amigos e intuyó que les pasaba lo mismo. Alguna fuerza les mantenía inmóviles, sin poder despegar los pies del suelo y la voluntad anulada.

Una sombra pareció tapar fugazmente la luz del sol que entraba por la ventana y durante unos instantes tuvieron la sensación que se había hecho de noche. Había una energía hostil, poderosa, que los envolvía y aplastaba en cada centímetro de piel.

-¡Huyamos! –gritó Paco.

Se precipitaron rápidamente hacia la puerta de salida de la vivienda y cerraron tras de sí, bajando la escalera corriendo hasta llegar a la calle.

El contraste de temperatura que había en el exterior les hizo tener la sensación de entrar en un horno.

Intentaron conservar la calma para no llamar la atención de la gente y caminaron calle arriba.

Dani miró hacia la primera planta del edificio de viviendas de dónde acababan de huir. Juraría que una sombra les miraba detrás de la ventana del comedor. 

Caminaron apresuradamente hasta un parque cercano, donde había gente sentada en los bancos y niños jugando bajo el sol estival, ajenos al horror que ellos acababan de conocer.

Se sentaron en silencio en uno de los bancos, todavía temblando.

-Tío, eres un imbécil – Dijo Damián mirando furioso a Santi- ¿Cómo se te ocurre cagarte en la cara de un espíritu maligno? Ni el cura de la “peli” del Exorcista tiene cojones para hacer eso.

-¿Y ahora qué hacemos? – preguntó Dani.

-Tendríamos que ir a recoger la casa, lo hemos dejado todo por medio. A ver como le explico a mi madre lo de las letras encima de la mesa. –Dijo Paco- tenemos que limpiar lo que queda de bebida y comida…

-Ni loco vuelvo ahí –Dijo Santi. Estaba blanco como el papel y todavía temblaba.

-¿Y ahora qué? –Preguntó Dani.

-Esperemos que el espíritu, lo que sea, no nos persiga – le respondió Damián.

-Creo que lo mejor que podríamos hacer es no contarle a nadie lo que ha pasado. Nos tomarían por locos – Dijo Paco

Los cuatro amigos permanecieron en silencio, sentados en el banco mientras a su alrededor se escuchaban los gritos de los niños jugando. Tuvieron la sensación de estar dentro de una burbuja que los separaba del mundo real, como si estuviesen impregnados hasta lo más hondo de su ser por algo oscuro y maligno que los llenaba de tristeza. 

-Vámonos, aquí ya no hacemos nada – Susurró Dani.

Los cuatro chicos se dirigieron a sus respectivos domicilios apenas sin despedirse.


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