Soltar amarras

Por Juan TOMÁS FRUTOS
Enviado el 13/11/2012, clasificado en Varios / otros
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Cuesta decir adiós, soltar amarras, dejar que las cosas se marchen, pero es la Ley de la vida, y en ella reside la renovación. No comprendemos que sea de esta guisa: duele demasiado. Aunque pasaran mil años, si ese período pudiéramos existir, seguiríamos sin poder entender cómo hay personas de nuestro entorno que se nos marchan cuando tanto las queremos, cuando tanto las necesitamos, cuando, siendo tan buenas, son todo un ejemplo en el contexto en el que nos hallamos. Es tan grande la necesidad que albergamos de ellas que nos cuesta lo que no podemos explicar la despedida.

La incomprensión, pese a todo, no detiene la marcha de esas gentes a las que tanto estimamos y admiramos, y, poco a poco, aun estando acompañados, una parte de nuestros corazones se va quedando en soledades indefinibles que preferimos aislar para disfrutar un poco, para que no nos falte un ápice de dicha, de felicidad.

La constante transformación, que es una de las enseñanzas de la naturaleza, nos fortalece como sociedad, como seres humanos, como esos grupos que somos, y hasta nos sentimos pletóricos en la individualidad, pues, con visión de conjunto, ésta sobrevive, o debe, en sus mejores estadios, con sus galas y aspectos más nobles. Nos transformamos -la confianza es que sea para mejor- a lo largo de nuestras vidas, y llegamos hasta donde llegamos, para luego ceder el testigo a otros. Eso es bueno porque así no reiteramos ni lo bueno ni lo malo, y, desde la perspectiva del tiempo, paulatinamente las sociedades van amasando aquello que les permite avanzar. De no ser así, no habría futuro.

Lo que pasa es que despegar, prescindir de lo que tenemos, sobre todo de lo inmaterial, es complicado. Decir adiós a las personas queridas, a las que nos enseñaron, a las que nos dieron mimos, a las que nos mostraron los primeros pasos en todos los órdenes, a las que nos hicieron fuertes, a las que nos predicaron con ejemplos y sin ellos, a las que nos regalaron valores espirituales, etc., decirles hasta pronto, hasta la vista, hasta siempre, no es sencillo. Es lógico que no lo sea.

El ser humano, que es una pura contradicción, tiene en su capacidad de conocimiento, de ilusionarse, de estructurar lo abstracto y las ideas, una desventaja también, pues todo ello hace que nos apeguemos sentimentalmente a lo que nos complace, a lo que nos gusta, a lo que nos engrandece desde lo intangible, lo cual nos hace especialmente vulnerables, pues nada, ni lo bueno, es para siempre. Cuesta despegarnos de aquello que nos otorga lo que ni siquiera sabemos descifrar.

Durante toda nuestra vida, en sus diversas etapas, nos hemos de preparar para ir soltando amarras. Es mejor ir poco a poco, madurando, entendiendo el sentido de que no siempre estemos donde nos gustaría. Los tránsitos son muy educadores, aunque puedan ser, o sean realmente, dolorosos. Todo enseña, pero mucho más las mudanzas, para las que es mejor una preparación pausada, que se lleva mejor y se consolida mucho más.

Oportunidades

Para que nosotros podamos tener una oportunidad, o dos, o cientos, otros tienen que haber terminado su ciclo, bien por fracaso en el tiempo o por la transformación de las circunstancias, que diría Ortega. Si a nosotros nos vino bien poder optar, a otros les ha de venir bien el vacío o el hueco que podamos ir dejando, o bien que permitan otros a los que tenemos devoción. Es una ley sempiterna, y, aun con sabor agridulce, es la que nos hace pervivir y continuar como especie, desde la naturaleza de las cosas.

Por otro lado, y al margen del abandono de lo material o de lo psíquico o espiritual, lo cierto es que a todos nos cuesta cambiar. Somos “animales de costumbres”, en la apreciación aristotélica. Salir del cascarón, volver a él, entregarnos, marcharnos… conforman al ser humano, pero con un coste que es más alto en lo afectivo que en otros órdenes.

Por eso cuesta tanto: cuesta mucho olvidar, superar, volver a iniciar un proceso, salvar los obstáculos, pero, al final, todo ello nos hace más fuertes interior y exteriormente, y eso es lo que vale. Soltar amarras supone un trance, lágrimas incluso, pero puede que, tras ellas, vengan aventuras, o puede que todo un mundo por descubrir, hasta puede que otra vida. Hablo en sentido figurado, pero también en el real, en ésta y en otras dimensiones. Cuesta, sí, pero todo está por hacer, por ganar. Adelante.

Juan TOMÁS FRUTOS.


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