Poseeré la Luna (III)

Por François Lapierre
Enviado el 29/04/2014, clasificado en Varios / otros
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El día lo reservó para poner algo de orden en la casa, limpiar el polvo, arreglar algún que otro pequeño desperfecto, puertas que chirrian por la humedad, una mano de barniz en la barandilla del balcón, que quiso mantener tal cual se había construido, a base de troncos de árbol, y cambio de un par de bombillas fundidas. Después bajó a la playa, a eso de las siete de la tarde, la hora idónea para poder estar junto al mar con toda la tranquilidad del mundo. Se podía ver alguna pareja paseando, algunos corredores, y a pescadores apostados a temprana hora con vistas a pasar la noche en esa faena.

Estuvo largo rato sentada a la orilla del mar viendo venir e irse las olas, descender y elevarse las gaviotas tras pescar alguna pieza, y como no, ver ponerse el sol en cuestión de pocos minutos. Un semicírculo anaranjado que reducía sus proporciones devorado por el mar hasta quedar en un hilo finísimo que desaparecería en segundos. Había llegado el momento de la aparición de “su“ Luna, y demoró su regreso hasta verla tras las montañas.

No tardó en dejarse ver. Con su triste cara, ligeramente ladeada, parecía pedirle como ruego que alguien fuera su compañera, siquiera como propietaria, pertenecer a alguien que pudiese liberarla de su eterno cautiverio, de su condena a rodear la Tierra día tras día, en los cientos de miles de años de su existencia. Lo leyó en su rostro agujereado, ajado pero bello, brillante y, a la vez, sombrío.

Le pareció que sus ojos se movían, que sonreía, que se encontraba feliz de tenerla a ella mirándola, viendo el gran disco blanco sobre el fondo negro de la noche. Ignoraba cuánto tiempo llevaba allí porque no había cogido el reloj, y podría haberse quedado un rato más de no ser por la fresca brisa que se dejaba ya sentir, por lo que decidió retornar a su hogar. Y mientras lo hacía veía como la Luna la seguía y, a pesar de conocer su explicación científica, quería pensar que efectivamente lo estaba haciendo, que se negaba a separarse de ella. Una gran nube se interpuso en su visión, lentamente, como si la Luna se estuviese despidiendo de ella hasta el día siguiente. Miró en derredor. Venían más nubarrones. Podría haber tormenta y se apresuró a regresar. Así fue. Al poco de llegar a la casa empezó a llover, primero débilmente y, más tarde, cada vez con más fuerza.

Llovió durante toda la noche. Lo sabía porque no dejó de oír golpear el agua contra el tejado, contra los cristales. Sin embargo durmió plácidamente hasta que el silencio provocado por la lluvia cesante la sacó de su letargo. Despertó y miró a través de la cristalera el horizonte, el mar en calma, las nubes rozando la línea que separaba la tierra del cielo. Entonces su mente comenzó a trabajar en todo lo que tenía que hacer y, sin pensarlo más, se levantó. Lo primero, comprar comida y bebida. El frigorífico estaba vacío. Se vistió y salió en dirección al hipermercado. Afortunadamente tenía uno muy cerca. Un breve paseo hasta llegar a la carretera general y ahí estaba, adecuadamente instalado en un gran espacio, con disponibilidad de aparcamientos.

Dos chavales jugueteaban en el exterior con un carro de compra vacío. Uno perseguía al otro y, en esas carreras, más de una vez el del carro tropezó con algún que otro coche. Ella se alegró de no haber traído el suyo, pero le molestaba el que impunemente siguieran con el juego. Los amonestó y, una vez que los chicos dejaron el carro en su sitio, se introdujo en el centro comercial. Pensó que, tal vez, los chicos en cuanto la vieran entrar volverían a coger el objeto de juego. Así son los niños a veces. Pero ella no era ningún vigilante, ni agente del orden. Que se hicieran cargo los padres. Ella tenía sus obligaciones y no estaba dispuesta a perder el tiempo.

Paseó distraídamente la mirada por los estantes cargados de alimentos, bebidas, artículos de limpieza, de aseo,... y entonces comprobó que, al final de aquella calle en la que se encontraba, el mismísimo juez, el que debía dirimir su caso, se hallaba allí comprando. Y también comprobó que los chicos que había visto en el exterior jugando alocadamente con aquel carro debían ser sus hijos. Estuvo tentada de comentarle lo que vio fuera, pero calló. Quizá ese aviso no sentara bien al recto padre e influyese negativamente en su veredicto.


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