La cacerola

Por anecdotasydisimulos.com
Enviado el 30/04/2014, clasificado en Humor
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     En casa se ha perdido una cacerola. El suceso resulta extraño, y ha traído intranquilidad a la familia (incluyo al perro), pero, a mí, además, me parece muy inquietante. Y es que la cacerola extraviada no es pequeña, de las que se usan para cocer un huevo o calentar agua para una infusión, eso es un cazo, sino una olla enorme, de hierro fundido, con dos asas y una tapa metálica a juego. De alto es como un volumen de la enciclopedia Salvat de animales salvajes, esto es unos cuarenta centímetros, y su ancho permite cobijar un balón de futbol reglamentario.

            En una casa se pierden muchos enseres e incluso objetos: calcetines, bragas, pasadores de pelo, tijeras, zapatillas, abrebotellas, llaves, dinero, libros, discos, gafas, horquillas, cucharitas y tenedores, etc. Unas habrán acabado en la basura, otras habrán servido de comida a la lavadora y las otras…, nadie lo sabe. Sin embargo, que desaparezca una marmita es de nota. Por el retrete es imposible que haya desaparecido, pues casi le gana en tamaño, en la lavadora nunca se ha bañado, es casi tan grande como el cubo de basura y con los cartones no puede haberse camuflado, pues no entra por la ranura del contenedor de reciclado. Su desaparición me inquieta sobremanera, pues roza lo paranormal.

            Yo, que soy de creencias católicas, podría rezar a San Antonio, que es el santo que ayuda a encontrar las cosas extraviadas. Pierdes las gafas, rezas a San Antonio y ¡zas!, las hallas entre los cojines del sillón. ¡Pero rezar para que aparezca una olla más grande que una sandía! Llevo años ganándome una reputación en el cielo que no puedo malgastar por culpa de una perdida tan absurda.

     Todos en casa estamos tristes pues la cacerola es nuestra cocinera de las comidas dominicales. Ella es la que preside la mesa, cuando nos juntamos toda la familia, repleta de espagueti o macarrones. La olla es tan grande que tiene un sitio especial para pasar el resto de la semana, pues no cabe con sus hermanas pequeñas: junto a los barreños y cubos de limpieza en el tendedero.

     He oído rumores, de esos que se mueven por el pasillo, de que mi mujer quiere comprar otra, una olla sustituta. Me parece injusto, pues debemos darla la oportunidad de que vuelva, como el hijo pródigo del evangelio, por si solo se ha ausentado para vivir disolutamente durante una temporada.

     ¿Qué ocurriría si admitiésemos otra marmita en la familia y después terminase apareciendo la cacerola? ¡Todos no cabríamos en casa! ¡Alguien debería abandonar el hogar! ¿Quién? Yo no podría sustituir a una de mis hijas por una cacerola y mi mujer es la que cocina los domingos. Por eso, soy yo el que debe dar un paso adelante y exiliarme para siempre. Entonces la nueva cacerola pasaría a ocupar mi lugar en el tálamo nupcial. Mi mujer la pintaría ojos azules, una nariz proporcionada y una boca sensual con dientes limpios Se abrazarían en las noches frías y ella le pediría que le calentara los pies.

     !Por Dios, qué panorama! !Qué aparezca l aputa cacerola de una vez!

            


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