El diarero

Por Pablo Martín Gomez
Enviado el 02/05/2014, clasificado en Drama
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Ahí va el caminando con su renguera cargado de diarios bajo sus brazos como si fuera un colegial, ahí va en su silencio del dolor y su excesiva amabilidad para vender, ahí va con sus zapatos regalados rotos y arreglados con un toque de pomada seca y vieja, ahí va el viejo concluyendo su vida de la manera que jamás pensó terminar. Siempre parado en la misma esquina, siempre con sus camisas transparentes de años de polilla, el está ahí, acoplando limones sobrantes para aumentar su venta, ahí está con su acento de la zona de Galicia y su color tostado por el sol. El siempre recordando cómo es que la vida lo puso ahí, como es que sus planes terminaron en banco de madera armado por cajones viejos, sonriendo para parecer autentico, mirando al mundo desde su lugar que el destino lo condeno a estar.

Comerciante por naturaleza de familia española, con el sueño de invertir en el país del frente dividido por un océano, comerciantes marítimos en busca del oro, solo que en otros siglos y de formas mucho mas erróneas. Padeció todo tipo de quiebras y deudas, de robos de injurias y caídas. Nunca se recupero, nunca obtuvo su boleto de regreso, cada vez que llegaba a algo lo perdía por la insistente tozudez de triunfar, ya tenía la marca del fuego en su cuerpo, ya las tenía las cartas desde siempre, y supo así que la vida lo había derrotado.

Ahí esta sentado con sus pantalones estropeados y cortos, ahí se le ve su lesión de una infección entre el tobillo y su pantorrilla, ahí se le ve el principio de gangrena mal curada, con sus costras de tanto rascar. Lector de las noticas locales y oído de la calle, amante de las frases rítmicas memorizadas en su niñez, vocablo de un estudiante universitario, educado como un sistemático, y abandonado como un diario leído. Su frente llena de pecas y arrugas, sus ojos cortos y brillosos sosteniendo sabiduría del fracaso. Ahí camina bajo la libertad que el franquismo no le otorgaba arrastrando sus pasos con cadenas que aprietan, que marcan, ahí solloza por su amada, su esposa, pasando sus días desapercibido como si no existiera solamente, solo esperando, quizás su regreso, quizás algún momento de parar. Ahí la lluvia lo encueva en sus pilares de las calles evitando las gotas, ahí se ablanda y deja caer sus lágrimas mezclando su clamado dolor con las gotas, ahí recuerda su madre y llora.

En los comentarios de fabulas que crean los mismos personajes de el, se lo recuerda como un gran contador y banquero que aposto todo a las tierras pampeanas ganaderas, su mujer vendió su cuerpo explotado del deseo a su fervor amante, un estafador reconocido por todos, galán, alto, de pómulos duros y dentadura blanca, de una habla sin comas con eses marcadas juntos a sus ojos expresivo hipnotizantes y su cabello perfecto, enamoro a esta vasca dura y rígida de caderas anchas y brazos pesados, le mostro las orillas de los ríos y las cenas a la par, conquisto su corazón y robo la dignidad del viejo diarero, robo su bolsillo, robo su vida, sus vacas, robo todo. Nunca más se supieron de ellos dos. Cayó en las manos fraudulentas de un país que no lo acepto, nunca lo arropo, dejándolo en las tinieblas mismas de la tempestad. Esquizofrénico y desquiciado, ahí va el contando su historia a quien le pregunta, ahí mira con sus ojos los números dibujados de su derrota, ahí van sus manos hinchadas de tanto sostener bolsas de limones pesadas y olorosas intercambiando pan y alivio.

Ahí esta el banco solo y triste después de tantos años, ahí se vuelan las hojas de los diarios en medio de la calle desparramando noticas, quizás otro asesinato, quizá algún timado, ahí se van su colección de historietas viejas llorando con el barro de suelas y ruedas. Ahí se va de vuelta a sus tierras donde lo esperan sus seres abandonados por la codicia, ahí se lleva consigo el mal trago de una vida pesada y amarga, ahí se va mi diarero matutino con su genialidad incomprendida, ahí lloran las nubes de nuevo por este viejo tirado en el piso sin respirar, mi amada, mi esposa.


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