Solo cinco minutos

Por recazul
Enviado el 14/11/2012, clasificado en Intriga / suspense
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Cansado llegué a casa. Solo pensaba en coger una cerveza, bien fría, y sentarme en el sillón, frente al televisor, a saborearla y relajarme. Abrí la ventana penetrando, como una exhalación,  la brisa del mar. Me asomé atraído por el rumor del tráfico y el griterío de la chiquillería que correteaba por el parque aledaño. De repente escuché cómo se cerraba la puerta de la calle. Sobresaltado me giré, no recordaba haberla dejado abierta, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. 

Bajo el sillón guardaba un bate de béisbol, lo tomé empuñándolo con fuerza, con tensión y, sigiloso, comencé a revisar cada rincón de la vivienda temeroso de que alguien se hubiese colado en la misma. Por mi cabeza pasaron mil imágenes y temí por mi vida. Siempre fui bastante despistado y supuse que, al cruzar el umbral de la puerta, la dejé abierta inconscientemente.

Sudores recorrían todo mi cuerpo. Una respiración entrecortada se escuchaba procedente de mi habitación, mi corazón latía con fuerza, a doscientas pulsaciones. Lentamente llegué a la habitación cuya puerta estaba ligeramente entornada, en penumbra, y tuve miedo de meter la mano y acceder a la clavija de la luz. Con el bate empujé la puerta, despacio, con la mirada atenta, la respiración entrecortada subía en intensidad, parecía proceder del interior del armario empotrado. Observé todo mi alrededor y decidido fui acercándome despacio al armario, las piernas flaqueaban solo de imaginar lo que podía encontrarme tras esa puerta. La abrí bate en alto y, ¡horror...!, navaja en mano, con el rostro tapado por un pasamontañas, se abalanzó sobre mí, caímos al suelo. Forcejeamos con furia, yo tratando de esquivar la navaja, él sujetando con la otra mano el bate. En el forcejeo sentí un fuerte golpe en la cabeza quedando como flotando en una nube, semiinconsciente y perdiendo toda posibilidad de defenderme, percibía lo que sucedía a mi alrededor pero apenas podía moverme, era el final.

La mano en alto del encapuchado sostenía la navaja que, sin remisión, iba a introducir en mi cuerpo. Lo único que me quedaba era pedir perdón por los pecados cometidos en esta vida, que muchos cometí, y como en un acto de contrición o arrepentimiento, un río de lágrimas se deslizaba por mis mejillas.

No quería morir, no podía articular palabra con la que pedir clemencia, y ni las lágrimas parecían ablandar el corazón del encapuchado. Seguía con la mano en alto y cada vez presionaba con más fuerza la empuñadura de la navaja como con rabia y, momentos antes de incrustarla en mi cuerpo, comprendí que tenía la intención de quitarse el pasamontañas. Sin duda quería darse a conocer. De ser un ladrón, ni por asomo se hubiera descubierto, por lo que entendí se trataba de un ajusticiamiento y pretendía con ese gesto darme a conocer la razón de mi próxima muerte. Viendo su rostro ataría cabos y comprendería el porqué del fatal desenlace. De repente, sentí una fuerte presión en mi pecho, y mientras la sangre brotaba como un surtidor, en esos últimos instantes de consciencia, lentamente..., comenzó a quitarse el pasamontañas.

En ese momento,... sentí una humedad sobre mi cuerpo y sobresaltado..., desperté. La cerveza que sostenía en la mano se inclinó desparramándose sobre mi pierna. El cansancio, no dio tregua, me había quedado dormido en el sillón sin darme cuenta. Respiré profundamente, todo había sido un sueño, una pesadilla, que apenas había durado cinco minutos. El corazón, esta vez y de verdad, iba a doscientos por hora. Le di un trago a la cerveza que aún quedaba en la botella.

Una cierta intranquilidad me embargaba, en el sueño no logré ver el rostro del agresor, y pensé que a veces los sueños son premonitorios de algo que va a suceder. Si al menos hubiese visto el rostro, podía llegar a alguna conclusión. Ese cuerpo, por ahora sin rostro, empezaba a preocuparme y tenía la necesidad de salir de dudas, pero ¿de qué forma?. Solo se me ocurría una manera. Los sueños siempre están presentes en nuestra cabeza, van y vienen. Lo único que tenía que hacer es volver a soñar y buscar ese mismo sueño, entrar en él y descubrir al agresor, así podría tomar precauciones si había motivos para tomarlas. Desde ese momento, y por culpa del cansancio, una pesadilla se había trasladado a la realidad y, el desasosiego se había instalado en mi persona. 

 


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