No eras tú

Por Hilfsar
Enviado el 16/11/2012, clasificado en Adultos / eróticos
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Son las 23:46 los niños ya están acostados y el silencio de la casa se rompe únicamente por el martilleo incesante de la televisión, en uno de esos programas insulsos de debate sobre la vida  de ciertos famositos de poca monta que no importan a nadie más allá de un mes.

Como siempre ella permanece impasible, recostada en el sofá, tragándose tan vomitivo programa, con el pijama puesto y en silencio.

No queda mucho que decirse, se agotó la pasión y el deseo hace tiempo, dejando un hueco para la monotonía y el desánimo que se ha instalado plácidamente en medio de nuestro colchón.

Hubo un tiempo en que soñábamos con crear juntos castillos con nubes de algodón, un tiempo en que la eternidad del amor era insondable, en el que imaginar un día el uno sin el otro, era una pesadilla. Un tiempo en que el amor nos buscada en cada esquina, desparramando nuestra pasión en cualquier lugar, un tiempo en el que el coche era el confidente de nuestros deseos desatados sin vergüenza, en el asiento trasero.

Todo aquello se desvaneció, como el humo de una hoguera, zarandeado por el viento, hasta desaparecer en el cielo azul.

Te miro, sosegadamente, sin pronunciar una sola palabra, dejando que mi mano cómplice se deslice suavemente por tu mejilla.

Me miras incrédula, sin saber bien a qué atenerte, intentando rebuscar en tu interior algo de deseo, como un niño que aburrido revuelve el arcón de sus juguetes tratando de encontrar algo que pueda llenar el tiempo ocioso de una tarde insulsa.

Mi boca se acerca delicadamente a la tuya que la recibe inerte esperando que acabe pronto este juego en el que no te apetece participar, pero no me rindo y tras el primer beso llega el segundo, con más pasión con más deseo, luchando por abrir un hueco en la muralla de tus labios.

Finalmente cedes y mi lengua se cuela para nuevamente jugar a un juego en el que no es correspondida, pero no me rindo.

Mis manos se cuelan bajo la camiseta del pijama buscando tus pechos y cuando los alcanzan, al fin una reacción, tenue, sosegada, casi inapreciable, pero tu boca exhala un suspiro de gozo que mis manos alimentan acariciando tus pezones.

Te rindes, te dejas llevar, te acoges a la voluntad del placer como compañero de aventuras. Ambos sabemos hacia donde nos encamina esto, y ambos lo aceptamos como parte de la convivencia consentida con la que cohabitamos desde hace tiempo.

Mi boca se acerca a tu oído para susurrar “te deseo”, no dice te amo, para que ser hipócritas, ambos sabemos que sólo es sexo consentido, una forma de pasar el rato mientras la hoguera de nuestras vanidades se consume y tan solo nos quede el recuerdo de los retoños que hemos criado juntos.

Tus manos me envuelven acarician my pecho desnudo, tratando de aumentar tu pasión y cierras los ojos. Tal vez para imaginar que no estás realmente conmigo, tal vez para ensoñar que otro hombre es el que despierta tus sentidos, tal vez para olvidar cuan desagradable puede llegar a resultarte mi aliento.

Pero no desfallezco te despojo de la camiseta para saborear con mimo tus pechos, para deleitar mi lengua con la suavidad de tus pezones cada vez más duros  y excitados.

Mi boca besa con mimo cada pliego de tu vientre cada curva de tu cintura descendiendo lentamente, mientras mis manos con delicadeza te retiran el pantalón.

De rodillas, postrado frente a ti, como se adora a Dios ante su altar, abro tus piernas para dejar mi cabeza aprisionada en la cárcel de tu sexo. Mi lengua juega delicadamente con tu clítoris, aumentando el ritmo, con cada nuevo gemido entrecortado que se escapa de tu garganta. Mi mano, cómplice de mi deseo, se pierde entre tus muslos para finalmente dejar que mi dedo anular te penetre con dulzura, siguiendo el compás de mi lengua en una orquestación rítmica perfecta hacia el orgasmo. Cada vez más excitada, cada vez más jadeante, cada vez más húmeda.

Finalmente un gemido ahogado con tus manos aferradas la boca para acallar el último grito, marcan el punto culmen del placer ensoñado, la pequeña muerte que nos transporta por unos segundos al tranquilo paraíso de eternidad donde desearíamos quedarnos para siempre.

Te cojo de las manos invitándote a recostarte junto a mí en el suelo, pidiéndote sin palabras que me cabalgues por un instante. No habrá ninguna felación, no te gusta, al menos ahora ya no, pero acedes a sentarte sobre mi cuerpo recostado.

Te penetro suave, tú marcas el ritmo, tú decides cómo y cuándo, tú llevas las riendas. Poco a poco te vas moviendo más deprisa, con más pasión con más lujuria, mientras con una mano te masturbas buscando un segundo orgasmo que no tarda en llegar.

-¿Te queda mucho?

Eso es lo menos erótico que me han dicho en la vida, una plegaria de penitente que ya ha cumplido su parte de la condena y desea acabar cuanto antes con la pena impuesta.

-No

-No te corras dentro

Es casi increíble que uno pueda mantener una erección con tan bellas palabras de desaprobación, pero yo no la escucho, hoy no. Finalmente un gesto tenso en mi rostro anuncia el clímax. Ella retira mi pene hinchado y continúa masturbándome hasta que el orgasmo lanza el esperma sobre nuestro cuerpos como una fuente de placer.

-Voy a lavarme- dice mientras se limpia los restos de su mano sobre mi pecho.

No respondo, no hay nada que decir, permanezco inmóvil sonriendo tumbado en el suelo, con mi pene todavía erecto convulsionando en sus últimos momentos de aliento febril.

Sonrío satisfecho, porque aunque no lo sepas hoy no he estado contigo. Tal vez sea tu cuerpo, tal vez sea tu sexo, tal vez sean tus reglas, pero no las mías, no las de mi cabeza, no las de mi imaginación.

Porque sin saberlo en el mismo instante que te di el primer beso, tu pelo negro adquirió tonos dorados, porque tus besos sabían a miel que brotaba de unos labios carnosos y complacientes, porque en cada mirada que compartíamos eran unos ojos azules los que respondían a mis halagos. Tal vez no te percataras, pero no eran tus caderas las que me cabalgaban, no eran tus orgasmos los que sentía como míos.

Te has ido, pero igual que antes, permanezco inmóvil, sonriente, porque tumbado en el suelo, ella permanece sobre mí, devolviendo la sonrisa, cubriéndome con su cuerpo.

Hoy estoy satisfecho pues aun estando tan cerca de ti, la que me hizo el amor no eras tú.


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