AQUI HAY GATO ENCERRADO (1ra parte)

Por El Kolo de Buenos Aires
Enviado el 14/05/2014, clasificado en Intriga / suspense
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Esta historia sucedió en un barrio cerrado de Buenos Aires, con dos familias vecinas. Como es habitual en estos barrios, en los terrenos que hay detrás de las casas no existen las paredes medianeras, sólo algunas plantaciones o ligustrinas que los separan. 

Juan, a quien le estaba yendo mejor económicamente, había sido convencido por su mujer, Karina, a mudarse a este barrio privado, junto a su fiel perro. Al lado, vivía Beto y su mujer, Andrea, quienes tenían un gato. Al poco tiempo de estar allí, Juan comenzó a intuir que con su vecino lo iba a separar algo más que la ligustrina mediante. Su perro tenía a maltraer al gato de Andrea, la mujer de Beto y, en contrapartida, el gato estaba ensañado con provocar al perro de Juan. Esta situación ponía en riesgo la buena relación de vecindad. Si bien no eran amigos, ambos matrimonios, a pesar de haber establecido una cierta distancia desde el principio, se saludaban cordialmente. Sólo se veían al comienzo del día, cuando ambas familias se iban a sus respectivos trabajos o colegios o durante el fin de semana, cuando coincidían en los jardines de los fondos.

En varias oportunidades Juan tuvo que intervenir para evitar que su perro lastimara al gato de Beto, y otras veces Beto tuvo que ir en busca de su gato a la casa de Juan, ya que este singular felino extrañamente provocaba al perro de una manera histérica, inexplicable. Entre los ladridos, tarascones  y arañazos, los humanos daban el ejemplo resolviendo las diferencias de muy buen modo: dialogando, minimizando los hechos y más tarde con chistes para disfrazar el enojo. Tiempo después cada uno de los vecinos terminaría detestando a la mascota del otro. Lo cierto era que ambos disimulaban el odio hacia el animal del otro y, por añadidura a su dueño. Evitando siempre hacer comentarios que pusieran en riesgo la buena relación. Pero a veces la tensión era inevitable, las corridas, los ladridos y los gruñidos eran cada vez mayores. Y cuando se llegó al punto de que cada vez eran más reiteradas las peleas del perro y el gato, Juan y Beto,  decidieron, de modo natural y sin enfrentamientos, evitar verse o dirigirse palabras, ni siquiera las de compromiso. Aún así, el perro y el gato seguían cruzando por los fondos, invadiéndose y provocándose mutuamente.

Un buen día, Beto y Andrea se fueron de vacaciones. Juan lo sabía porque de casualidad los había visto cargar bolsos en su auto. Justo en esos días previos, se había notado un cambio. No había novedades de ellos, ni de su gato, y en consecuencia de peleas. En consecuencia, tampoco había noticias sobre nuevos cruces, como si hubieran firmado una tregua.

“¿Se habrán llevado a ese gato?” se preguntaron Juan y su mujer. “Ya lo sabremos si la empleada viene a darle de comer día por medio” pensó Juan, porque conocía la costumbre de su vecino, quien contrataba a una empleada que viniera cada vez que se iban de vacaciones.

Durante la ausencia de Beto y su mujer, de algún modo,  Juan estaría más tranquilo y podría soltar a su perro sin que su vecino estuviera reclamándole que lo atara.  Y así fue cómo el primer fin de semana, Juan se dispuso a lavar el auto como le gustaba hacerlo, en la calle, escuchando música con el volumen al máximo, sabiendo que su vecino no estaba. Soltó por fin al perro y sintió en ese instante que lo invadía una alegría inmensa y una sensación de libertad. Karina, su mujer, le alcanzaba mates y el perro iba y venía, jugaba con su dueño, quien lo mojaba con la manguera y esté le correspondía ladrando contento. Todos felices. Ojalá que su vecino Beto no regresara nunca más, o que por lo menos su gato se ahogara en el mar, fantaseó Juan, sin imaginar que sus maldiciones habrían de cumplirse, aunque no del modo que él hubiera deseado.

Cuando acabó de secar el auto, Juan estaba dándole los últimos retoques de lustre, alegremente, prolongando su trabajo en forma deliberada, ya que lo disfrutaba como nunca, en la libertad de sentirse dueño de la cuadra, el patrón de la vereda. Añoraba, de algún modo, cuando vivía en su antiguo barrio, abierto, más humilde, en donde sí había medianeras y no existían las estrictas reglas de convivencia como condición y que él –un poco presionado por su señora- había elegido y aceptado para su actual buen pasar económico, pero que esta condición le traía aparejado otras incomodidades a su vida de nuevo rico.

Sin embargo, aquello eran sólo recuerdos fugaces, ya que, después de todo, se había acostumbrado a la buena vida de este barrio, excepto por el conflicto latente con su vecino. Ya encontraré la forma de resolverlo pensó Juan, e inmediatamente pateó ese pensamiento para adelante, para no opacar la tarde linda que estaba pasando, sin imaginar que lo peor estaba por suceder…(Continúa en 2da. Parte)


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