Soledad

Por Carmen de Loma
Enviado el 23/05/2014, clasificado en Amor / Románticos
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Aquí tumbada, mirando el techo de esta lúgubre habitación, paseo mi mente por mis recuerdos y siento cómo mi pecho se llena de tristeza. Pero soy incapaz de sacar esa sensación. Nunca he sido capaz de expresar lo que siento. Nunca. Siempre he soñado con enamorarme con locura, sentir ese calor especial que se siente cuando tienes a aquel al que tanto anhelas a tu lado. Pero yo nunca he querido a nadie tanto. Sí, he querido. Pero nunca he sentido esa fuerza que dicen que el amor te da. Siempre encerrando las sensaciones que entraban por mi pecho, me he negado a mi misma la oportunidad de ser feliz. ¿Y todo para qué? ¿Para no sufrir? En mi empeño, lo único que he conseguido ha sido precisamente eso... El dolor de sentirme sola, el dolor de sentirme vacía. Ahora busco aquellos sueños que siempre he perseguido, y me doy cuenta de que no he alcanzado ninguno. Ni siquiera he sido capaz de rozarlos con la punta de los dedos. Soñé con ser aquella a la que alguien amaría con tanto fervor que me dejaría envuelta en una burbuja, dónde el resto del mundo no podría alcanzarme. Que viajaría a través del océano sintiendo la brisa del mar en mis mejillas mientras el aire gélido del sur cortaba mi aliento. Sueños de libertad, de sentir la vida con la fuerza que tanto me fascina. Pero aquí estoy, en esta triste habitación, sintiendo que, poco a poco, mi vida se escapa sin haber sido capaz de sentir nada. La coraza que me coloqué para no sufrir, se ha tragado también cualquier resquicio de sensibilidad. Y ahora sólo me queda el amargo recuerdo de lo que pudo ser y no fue, lo que ya nunca más será.

Una brisa húmeda entra a través de la ventana, me tapo ligeramente con la sábana y me giro hacia la pared. El sosiego poco a poco da paso a esa sensación de amargura que sólo cerrando los ojos y viajando al mundo de Morfeo, soy capaz de soportar. Deseo que todo acabe ya...

Un tintineo lejano me despierta. Abro ligeramente un ojo, y la claridad del sol me deslumbra. ¿Dónde estoy? Un olor dulce me rodea, cómo el olor a tierra mojada después de una noche de tormenta. Me incorporo lentamente y, sentándome al borde de la cama, el cosquilleo de la hierba en mis pies descalzos me desconcierta. ¿Sigo dormida? Es mi habitación, pero parece distinta. Me acerco a la ventana y miro a través de ella. Una inmensa pradera se extiende hasta donde alcanza mi vista. ¿Pero qué...? Un amago de sonrisa aparece en la comisura de mis labios. Estoy dormida... De pronto, una silueta se vislumbra en la lejanía. Pasea por el prado dejando que la suave brisa revuelva su pelo. Se está acercando. Una extraña sensación aparece en mi pecho, una sensación que no consigo entender. Cada vez está más cerca. A escasos metros de mí, el hombre levanta la vista. Unos ojos grises que me desconciertan, me observan en silencio. Mi corazón se acelera. La sonrisa que aparece en sus labios entonces, convierte mi pecho en una montaña rusa. Mis mejillas sienten el calor de la sangre al ruborizarme. Y un anhelo que nunca antes había sentido me empieza a llenar el pecho. Se acerca más. Cuando le pierdo de vista, camino dando tumbos hasta la pared dónde apoyo mi espalda, desconcertada. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Porqué una simple mirada me deja en este estado tan alterado? Pongo las manos en mi pecho. El corazón todavía late desbocado. Unos golpes en la puerta me dejan paralizada. ¡¿Y si es él?! Insiste. Me acerco temblorosa y sujeto el pomo frío de la puerta. La abro despacio. Estoy aterrada. No sé qué es lo que me está pasando, por qué mi pecho está tan alterado. Cuando mis ojos chocan contra los suyos, siento el calor de aquella mirada. No dice nada. Simplemente se queda allí, frente a mí, en silencio. Alarga la mano. ¡Dios! ¡Me va a dar algo! ¡¿Por qué no puedo despertarme?! ¡¿Qué demonios me está pasando?! Su mano roza la mía y la coge con ternura. Estoy petrificada... Sonríe y, en ese momento, en ese instante en que su sonrisa y sus ojos alcanzan mi retina, siento el calor de aquello que siempre busqué. Ahora lo entiendo, ahora sé qué es lo que tanto temía, a medida que se acercaba, lo que me aterraba era la extraña sensación de que rompían la coraza que me cubría. Una lágrima cristalina comienza a resbalar por mi mejilla. Tira de mí y con su rostro a escasos centímetros del mío, roza mi piel con un dedo, secándola.

-Por fin te encuentro... -dice con suavidad mientras se acerca más y más-.

En el momento en que sus labios se posan en los míos, una sacudida me devuelve a la realidad. Abro los ojos y, clavando la mirada en el techo, me acerco un dedo a los labios. De nuevo, la realidad me golpea con una fiereza que no puedo soportar. He sentido ese amor que tanto había soñado, he sentido ese calor que me dejó sin palabras. Simplemente su mirada, y la sonrisa tierna que adornaba su rostro, había borrado la sensación de soledad que me embriagaba. Me incorporo y me siento en el borde de la cama. Miro el reloj. Las siete. Me levanto y me dirijo al baño. Lavo mi rostro. El agua fría despierta, poco a poco, mis sentidos. Me miro al espejo y me doy cuenta de que la tristeza ensombrece mi mirada. Me recojo el cabello y salgo de casa. Como cada mañana, subo al tren y me siento en el último asiento, junto a la ventanilla. Apoyo el codo en la ventana y dejo reposar mi cabeza en la mano. Mientras veo el paisaje pasar ante mis ojos, con el traqueteo de fondo, el recuerdo del sueño que me había llenado tanto me embriaga. Siento un fuerte dolor en el pecho, al recordar que no era más que eso, un sueño. Al rato, un hombre se sienta frente a mí al otro lado del pasillo. Le miro aburrida. En ese instante, una oleada de sensaciones me recorre el cuerpo. Cuando sus ojos grises chocan con los míos, abiertos por la sorpresa, sus mejillas, al igual que las mías, se sonrojan, mientras un amago de sonrisa aparece en sus labios.


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