La Playa

Por Ada Suay
Enviado el 19/11/2012, clasificado en Varios / otros
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Soñé con una playa infinita, donde la luna se reflejaba en el agua, una luna a medias, sin llenar del todo, de un color blanco tan intenso que tenía luz propia, pero no la suficiente para ver claramente las cosas. Estaba sola, sentada sobre la arena. De una textura fina que al intentar cogerla se escapaba entre mis dedos. Jugué durante un rato a intentar atrapar la mayor cantidad posible. Me cansé de aquel juego de niños y miré el horizonte donde el agua se veía oscura, casi negra. Era un mar profundo, daba miedo meterse en el agua y ante ese aterrador pensamiento un impulso extraño hizo que me levantara y caminara hasta la orilla, cual sonámbula. Entonces me quité los zapatos, dejándolos a merced de las olas, e introduje los pies despacio, pero al contacto frío de aquel líquido oscuro, mi cuerpo se estremeció. Con los brazos me rodeé a mi misma para mitigar el frío repentino.

La calma del mar me relajó, el sonido de las olas rompiendo en la orilla era plácido. Mi mirada se perdió en el horizonte, al fondo, donde la línea que separaba el mar y cielo apenas se veía. Distinguí a lo lejos la figura de una persona que venía directo a mí. Pude ver mejor según se iba acercando que se trataba de un hombre. Cuando llegó hasta donde yo estaba, me di cuenta que era un joven muy atractivo, moreno y con los ojos azules más intensos que había visto nunca. Su cabello negro era largo, ondulado y con un brillo perceptible a pesar de la oscuridad. Sus facciones parecían cinceladas por un artista, no tenían nada que envidiar al David de Miguel Ángel. Su piel pálida pero hermosa, brillaba con la luz que nos regalaba una luna tan intensa, parecía mármol pulido. Aquel hombre no podía ser humano, caminaba sobre el agua. De pronto me asaltó una idea a la cabeza, ¿sería Dios?, ¿estaría muerta y venía a buscarme?.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando me sonrió y al hacerlo sus labios se separaron lo suficiente para que pudiera distinguir su dentadura inmaculada. Me fijé en aquellos dientes blancos como la cal y descubrí que sus colmillos, eran más largos de lo normal, sobresalían de su boca de un modo aterrador, era un vampiro. Me quedé paralizada, muy quieta esperando que hablara o hiciera algo. No tenía miedo, me sentía tranquila ante aquel joven, era como si nos conociéramos. Tendió su mano hacia mí y de pronto sonó su voz profunda, como la de un tenor, y melodiosa, cómo el canto de las sirenas que hipnotizaban a los marineros en los cuentos y novelas de viajes fantásticos. Al principio oí pero no escuche y le pedí en un hilo de voz que me repitiera lo que había dicho. Entonces puse más atención a sus palabras y dijo “hola amor mío, he vuelto a buscarte”, hablaba en un idioma extraño, que nunca había oído pero lo entendía. ¿Había dicho amor mío?, ¿quería que me fuera con él?, en aquel momento me desperté sobresaltada. Miré a mi lado en la cama y vi que estaba vacío como siempre, ¿Sería un simple sueño anhelando un amante sobrenatural o significaba algo más?. Mis sueños siempre se habían cumplido cual profecías de un oráculo. Sentía curiosidad por saber más sobre aquel joven e intenté volver al sueño dejándome mecer en los brazos de Morfeo.


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