El destino de un peón

Por Federico Rivolta
Enviado el 09/06/2014, clasificado en Reflexiones
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         ¿Está escrito el destino? Muchas veces me hice esta misma pregunta, de una u otra manera. Mientras miraba a los peones intenté encontrar la respuesta a esta eterna interrogante pero sólo me topé con más preguntas: ¿El hecho de que el destino esté escrito significa que no se lo puede cambiar? ¿Y si el destino de algunos está escrito y el de otros no? El no tener un destino escrito implicaría una cierta incertidumbre en la vida, significaría que cualquier cosa puede suceder, ¿esto no sería entonces una afirmación?

         El hombre se hace preguntas que no tienen respuestas, pero justamente en las preguntas más profundas que nos hacemos lo que importa no es la respuesta sino la pregunta en sí. Para no llenarme de preguntas, prefiero recordar tres historias y que el lector encuentre en ellas lo que desee encontrar.

 

         Hace mucho tuve un amigo, peón, quien vivió su vida encadenado, luchando batallas que no comprendía, caminando siempre hacia adelante, arrastrando los pies. Lo mandaban primero, como carne de cañón, para abrir paso a tropas más importantes –- como si la vida de alguien pudiera ser más importante que la de otro.

         Su calzado ya estaba desgastado, pero a pesar de ello siguió usándolo, por ser el único par que poseía. Lo usó hasta llegar al punto de quedarse sin suelas. Sus pies desnudos estaban ensangrentados por pisar hierbas y pequeñas piedras, pero ya había tolerado todo el dolor que un cuerpo puede tolerar y ya no tenía capacidad para sentir otros nuevos.

         Su sufrimiento terminó el día en que lo asesinaron salvajemente. Nunca supo si su muerte fue o no en vano.

           

         Mi amigo peón, en cambio, no era como los demás, él era un temerario. Al comienzo de la batalla ya estaba el doble de adelantado que el resto de su pelotón, ansioso por ubicarse en el centro de la acción. Amenazó caballos, alfiles e incluso a la reina. Sabía que podía contar con sus compañeros así como ellos podían contar con él. Los peones, cuando luchan juntos hombro con hombro, son más poderosos que cualquier alfil, caballo, torre o incluso más que la pareja real.

         No era el amor a su rey lo que alimentaba su alma, sino su filantropía, su deseo de defender al más débil, su deseo de hacer justicia.

         Un día se enfrentó a otro como él, otro intrépido y ansioso peón. Casi no se podían distinguir uno del otro; claro que si uno se fija en cuestiones superfluas como la raza y el uniforme, pues ahí sí, eran diferentes.

         Ellos nacieron rivales, incluso lo eran desde antes de nacer, pero no fue su decisión, fue la de otros. Habrían sido grandes amigos si tan sólo hubieran nacido del mismo lado del tablero.

         Ambos murieron. Nadie pudo decirme quién mató a quién, pero me afirmaron que sus cuerpos sin vida cayeron casi al unísono.

         Este little engine that could del cual me enorgullezco de haber sido amigo, demostró que no hace falta ser un superhéroe para ser un héroe. Se crearon movimientos en su honor, movimientos de peones. Hace poco le hicieron un monumento, no a él exactamente, sino un monumento a todas aquellas personas que merecen uno y no lo tienen.

     

         Mi amiga peón era una persona trabajadora, paciente y tenaz. Nació en el seno de una familia de obreros muy pobre, pero a pesar de ello siempre alcanzó los objetivos que se propuso sin detenerse ante nadie, tomándose el tiempo necesario, haciendo las cosas un paso a la vez.

         Mucho se esperaba de ella, pero superó toda expectativa cuando llegó al final del arco iris y, al igual que la oruga que se transforma en mariposa, se convirtió en reina.

 

 


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