El molinero trasnochador.

Por Jesus Cano
Enviado el 21/11/2012, clasificado en Varios / otros
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Que no se rompa el misterio.

 

La mujer del molinero fue despertada por el inoportuno trueno. Asombrada descubrió que su marido no estaba a su lado. Corrió hacia el comedor, y aferrando una rama del fuego a tierra la acercó a la esfera del reloj. Apenas hacia una hora que se acostaron.

 

Simuló dormir cuando escuchó el delator chirrido de la puerta. Él, sigiloso, se desnudó para acostarse con esmerada prudencia.

 

Así transcurrieron las noches; ella lo esperaba despierta, como siempre, y se acostaban juntos. Cuando la creía dormida, tornaba a levantarse y marchaba para volver a las dos horas.

 

Ahogada por la intriga un día lo persiguió. Asombrada lo vió entrar en el molino y cargar algunos sacos de harina en el carro de reparto. Seguramente los molió a escondidas, cuando la invitaba a ir a casa un poco antes que él. Pronto sacó sus conclusiones: El muy ruin, avaro por naturaleza y herencia, sobre seguro pensaba canjear los sacos en el burdel. La miseria azotaba al feudo a causa de la pasada peste, y las prostitútas aceptarían el alimento como caído del cielo. ¡Maldito mil veces! Ya lo vió mirar de reojo a aquella casa de indecencia camino de la panadería.

 

Prosiguió con el espionaje para sorprenderlo en plena acción. Más la sorpresa fue suya;

El primer saco lo dejó en casa de la viuda; una desgraciada mujer de pellejos colgantes y envejecida por el desgaste de criar a cuatro hijos. ¿Se acostaría con ella? El molinero dejó los sacos en las puertas de las familias más miserables y hambrientas del feudo, para volver con el carro vacío. Mientras lo guardaba, la torpe espía corrió a su casa acostó... A los minutos llegó el marido con el sigilo de siempre. Se desvistió y se echó en la cama.

 

Con el tiempo se comenzó a escuchar una extraña leyenda, sobre un duende nocturno, que robaba la harina del molino dándola a los más necesitados. El duende castigaba de esta forma la famosa avaricia del molinero, que jamás se apiadó de nadie. Ningún aldeano vió nunca. Las calles estaban desiertas por la noche. Pues el que lo viera, perdería sus gracias y favores. 

 

Así vivió aquella familia; con sus secretos y misterios. Ella jamás le preguntó a donde marchaba por las noches... El tampoco se atrevió a averiguar, por que al volver, le esperaban en la mesa, los bollos recién hechos y el gran tazón de leche.

 

...Que por él te quiero.

 

 

  Jesús Cano

 

 

 

 


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