Garrapatas En La Acera 1: La Noche De Las Bestias (1ª Parte)

Por Carolina Romasanta
Enviado el 14/06/2014, clasificado en Intriga / suspense
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GARRAPATAS EN LA ACERA 1: La Noche De Las Bestias 1ªParte: Trabajo Nocturno

Corría todo lo rápido que podía. Nunca había vuelto a casa tan tarde y seguro que su madre le esperaba en la puerta para reñirle: “¡Dónde te habías metido! ¡¿Qué horas son estas de llegar?!”, empezaría; “¡¿no ves lo peligroso que es venir por esas calles?!”. Seguro que la castigaba sin salir un mes, como poco…

Por el camino pasó junto al burdel y se cruzó con dos hombres que se acercaban a la entrada.

 

-¡Vamos, Corre! Que te coge el viento… jajajajaja- Le gritó uno mientras ella desaparecía al volver la esquina.

Los tipos entraron en el club. En el vestíbulo escarlata, encontraron al hombre que venían buscando sentado contra la pared, con el rostro escondido detrás de las rodillas.

-¡Lando! Compañero, ¿estás listo para salir de marcha?- le saludó el más bajito.

-No sé Maqui, no me encuentro muy bien.

-Puah, si te fiaran los camellos como te fían las camareras, ya no tendrías que meterte en estos royos.

-...

-Anímate coño, si esto sale bien el jefe confiará en ti para otros encargos. Además, hoy no tendrás por qué esforzarte, nosotros dos haremos todo el trabajo.

Se abrió la puerta del salón y apareció Teresa, luciendo cada línea de su figura sobre el apretado vestido. El cabello le ondulaba detrás de los hombros, ensalzando su busto bien enmarcado por el escote. El Maqui se acaloró un poco al verla, aquellas curvas despertaban toda su sexualidad; era, sin duda, la mejor furcia del GOLFA’s. Y aunque la edad ya empezaba a roer su belleza -sobre todo en esos pliegues junto a los ojos y en las feas líneas que surcaban su frente- en aquel momento le hubiera gustado arrastrarla hasta un rincón, arrancarle las bragas de un zarpazo y hacerle lo que mejor sabía durante un buen rato… Así, una media hora, mojándose entre sus piernas, quemaría el aburrimiento de las tardes sentado en la plaza esperando llamadas que nunca llegaban; mientras veía al resto del mundo pasar frente a él, evitando mirarle. Que gozo sería si no tuviera un encargo tan importante…

Ni tan pocos billetes en el bolsillo.

 

- Hombre, Maquinaria y Cía. ¿qué, habéis venido a pasar un rato agradable?-saludó Teresa.

 

-Ya me gustaría… Hemos venido a buscar a este, tenemos cosas que hacer, ya me entiendes.

Entones, se le encendió una bombilla.

Tal vez podría escaparse un rato con los chicos. Podía decir que se llevaba bien con el maqui, y ya se había divertido a lo grande en alguna de sus salidas. Además, los jueves por la noche el club estaba casi vacío y cualquiera de las otras muchachas podría atender a algún que otro vejete que pasara por allí. Por otra parte, seguro que cuando acabase el paseo al maqui le apetecería un servicio.

No es que fuese gran cosa, hacía mucho tiempo que el sexo no le producía ningún placer. A no ser, por supuesto, que llevara alguna que otra raya encima. De todos modos, era bastante mejor que muchos de sus clientes, y si trabajaba fuera, lo podía cobrar a escondidas sin que pasara por las manos del “culebra”.

 

-Cojonudo, voy con vosotros.- Proclamó.

 

“Hay que joderse, que lengua tiene esta tía”. Al maqui le gustaba pensar que tenía un gusto exquisito con las mujeres, igual que con el buen vino. Para él era importante que una chica tuviera algo de clase, que fuera “algo pija” al hablar. Eso, unido a una sensualidad ardiente eran alicientes cojonudos a un culo y unas peras como los de Teresa. Ella en cambio, era de todo menos educada -y mira que había conocido él a putas, que muchas eran mujeres bien dignas-. Pero nada, era un caso perdido. Como se le clavaban sus respuestas junto con ese timbre tan quisquilloso que tenía. “Me sé yo, como cerrarle la boca a la Tere”, solía presumir ante sus amigos. Quitando eso, que para el maqui era un defecto típico de las mujeres, salir con ella le daba un toque más liviano y jovial al trabajo de noche.

Y después podía desahogarse lo que quisiera en el asiento de atrás.

-¿No tienes que avisar a nadie?- le preguntó.

 

-Tranqui, ya avisaremos luego. Andando.

-Orlando, nos piramos- dijo Manu, el compañero de Maqui, mientras ayudaba al chaval a levantarse del suelo.

Se montaron los cuatro en un Seat Panda escásamente tuneado.

-Que, ¿A dónde vamos?- Inquirió Teresa.

Maqui arrancó el coche.

-Hoy, un chaval llamado Juan Castro; es de por aquí, no sé si lo conocéis…  Estaba en Torrelavega y tenía que llevar un paquete hasta Reus. Un paquete especial, ya me entendéis, el tipo es “mensajero”. El caso es que en vez de llevar el paquete a su destino, el tipo cogió su coche y voló. Creemos que trata de cruzar la frontera con Portugal… lo han visto por aquí cerca esta tarde y es probable que haya parado en su piso a descansar.

El coche avanzaba a máxima velocidad con el capó vibrando y quejándose a ratos. Con cada curva, el esqueleto que colgaba del retrovisor se contornaba en una especie de danza de los muertos.

-Ajá ¿entonces?- preguntó Teresa de nuevo.

-Entonces… Entonces que vamos a hacerle una visita a su casa, eso entonces.

 

Juan Castro intentaba conciliar el sueño, en la cabeza no paraba de darle vueltas a sus planes: “… ¿que podría pasar? Hay cosas que no cuadran… Joder, ¿de dónde habrá salido esta mierda y qué coño quieren hacer con ella?… ¿Y si te estás equivocando?  ¿Y si no tendrías que haber aceptado nada y seguir con tu curre de siempre? ¿sabes acaso que tienen planeado para ti cuando llegues? El pedido tenía que estar allí a las 12 A.M. Que estará haciendo el jefe…” -cuando oyó sobresaltándose como llamaban al timbre.- “Estamos jodidos, tenías que venir aquí a echarte la siesta”. Crujió la cerradura y se abrió la puerta. Tres hombres y una mujer entraron en su apartamento antes de que pudiera pensar siquiera en cómo huir.

-Buenos días Juanete ¿qué tal has dormido?- Le preguntó uno bajito y fuertote. El cual, le propinó puñetazo en las napias y lo arrojó al suelo, sacó un rollo de cinta aislante de la chaqueta y le tapó la boca. Otros dos lo sujetaron de espaldas, y le encintó las manos y los pies.

Ahora que la presa estaba sujeta era el momento de divertirse un poco con ella. Teresa se colocó junto a él, quería ver el espectáculo de cerca. Por fin, algo entretenido y nuevo después de semanas de monotonía siendo el juguete sexual de tantos desgraciados.

El jefe se lo había dejado bien claro al Maqui: “Encuéntralo y tráemelo, puedes romperle todos los huesos por el camino si quieres pero tráemelo vivo, quiero hablar con él personalmente. Y por supuesto, no te olvides del paquete”.

Continuará


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