El vendedor sin miedo

Por iamalie
Enviado el 20/06/2014, clasificado en Terror
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- Llevo más de ocho horas conduciendo - pensó Francisco - debo buscar un lugar para descansar.

La noche lo había alcanzado en la carretera que, sinuosamente, atraviesa la sierra; llevaba más de 10 años obteniendo los mejores clientes foráneos para la empresa en la que laboraba como vendedor y no recordaba una sola vez que el regreso a casa fuese tan largo.

Las curvas cerradas parecían tenerlo haciendo círculos alrededor de las mismas montañas, el paisaje seguía siendo el mismo desde hacía un par de horas y sus párpados se sentían pesados, todo su cuerpo clamaba por un descanso.

Ansiaba regresar al lado de Sandra, su esposa, y de sus hijos, Adrián y Verónica, pero, por esta ocasión, se estaba jugando la vida al conducir, cansado y casi dormido, por esa peligrosa carretera y lo mejor sería pasar la noche en el primer motel que encontrase.

Bajó la ventanilla de su auto y encendió un cigarrillo, pensando que el viento frío y respirar hondo podrían ayudarle a mantener la atención en el camino; fue entonces cuando avistó un conjunto de cabañas - Tres curvas más y estaré ahí - dijo para sí mismo y, de inmediato, su ánimo se vio renovado.

Había escuchado historias sobre las cosas extrañas que sucedían en esa carretera, como la pareja de recién casados que murió cuando su auto se volcó en una de las curvas más peligrosas; de hecho, no murieron al instante, el hombre quedó malherido y atrapado entre el asiento y el volante, la mujer logró salir, volvió a la carretera para pedir auxilio y fué atropellada por un camión de carga.

La versión más popular dice que el espectro de la mujer, aún con su vestido de novia, aparece por las curvas de esa carretera en noches de luna llena y Francisco siempre reaccionaba con una sonora carcajada al escuchar cada leyenda, aduciendo - Eso no es real, yo no tengo miedo de cosas sobrenaturales porque no existen.

Las tres curvas que lo separaban de un sueño reparador ya se habían convertido en más de veinte y no había vuelto a tener visión de las cabañas donde planeaba hospedarse; lo que sí pudo ver fue la gran luna llena que apareció sobre su auto casi desde que encendió el cigarrillo, es más, podría jurar que se movía a la misma velocidad que su auto y lo estaba siguiendo.

Un sudor frío, helado, recorrió toda su piel cuando volvió la vista al camino y pasó lo impensable, una mujer, con un vestido de novia rasgado y lleno de tierra, estaba en medio del camino; pisó el freno a fondo, escuchó el chirriar de las llantas sobre el pavimento y, cuando se dio cuenta que el golpe era inevitable, cerró los ojos, asiendo fuertemente el volante.

Por unos instantes se vio envuelto en un silencio sepulcral, ya no se escuchaba el motor de su auto, tampoco el canto de los grillo ni de las lechuzas que habían sido su música desde que se internó en la sierra.

Su tez pálida cual papel, con todo su cuerpo temblando, no de frío, porque el clima era cálido, Francisco se apeó y realizó una inspección minuciosa, tanto de su auto como de los alrededores; estaba completamente solo y no había atropellado a la mujer.

Suspiró, sonrió y regresó a su vehículo, creyendo que su mente le había jugado una broma macabra por el cansancio; encendió el motor y, con renovados bríos, decidió que no se detendría hasta llegar a casa con su familia.

Pisó el acelerador a fondo, llevando el auto de cero a cien en solo unos cuantos segundos; estaba a punto de llegar a una curva y dirigió su mirada al asiento del copiloto; su cara volvió a perder el color, los ojos casi salían de sus órbitas y la boca abierta; todo su rostro era una expresión de fatídica sorpresa, ahí estaba la novia, sentada junto a él, solo huesos envueltos en el vestido que usó el día más feliz y el último de su vida.

La imagen desapareció en cuestión de segundos, Francisco volvió la vista al camino y trató de frenar, pero ya era tarde, ya estaba dentro de la curva; su auto salió de la carretera y cayó por una pendiente, dando varias volteretas hasta que paró en seco al golpear un pino enorme.

Lo último que vio Francisco justo a un lado de su auto fue un vehículo de la década de 1950, que había sufrido graves abolladuras y quemaduras. Cerró los ojos y su aliento se esfumó suavemente, al tiempo que los grillos y lechuzas reanudaban su canto.


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