Desesperación

Por François Lapierre
Enviado el 20/06/2014, clasificado en Drama
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Me despierto por el sonido de alarma del enojoso artilugio. Miro en él las iniciales del nuevo día y la hora, y compruebo que es otro día más de la semana, y no necesariamente de su fin, que sería la alegría de otros muchos, aunque para mí, en este, las vivencias sean prácticamente las mismas que las de cualquiera otro. La sensación que tengo, antes de levantarme, es de intranquilidad, previa incluso al análisis de lo que esté por llegar. Hay que dejar de una vez el cómodo, aunque viejo, colchón, y el tacto de la piel con las sábanas, con la acogedora almohada, con ese pijama raído, descolorido por los lavados, y enfrentarse con valentía al líquido elemento. Recibir millones de gotas de agua para eliminar los efluvios corporales producidos a lo largo de toda la noche, usar esa pastilla de jabón, a la vieja usanza, ya que no hay dinero para comprar geles de baño o, incluso, champús. Y después, embutirse en prendas sintéticas y pasadas de moda, calzarse fastidiosos zapatos con suelas rotas que filtran el agua de los charcos, y salir a la calle, haga frío o un calor asfixiante, llueva o nieve, en busca de un trabajo, cualquiera. Ya no soy selectivo como antaño.

Acudo a la oficina de empleo. Tras muchos años de trabajo, te das cuenta de que, ahora que no se tiene, has desperdiciado tu vida. Ahora malvivo. Tiene gracia. Cuando tienes trabajo no vives porque te falta tiempo y cuando no trabajas y tienes todo el del mundo tampoco puedes vivir. Miro a mi alrededor. Es mi consuelo. Hay muchos otros como yo que nos arreglamos al máximo cuando ni siquiera vamos a una entrevista, pero hay que dar buena imagen. Saco un número y miro las pantallas. Aún me quedan veinte. Cojo un ejemplar gratuito de prensa y lo ojeo sin pizca de interés. Solo para pasar el tiempo. El funcionario que atiende frente a mí me causa asco. Desde su privilegiada posición, trabajando cómodamente, sin estrés, no tiene ningún reparo en despachar impunemente a su visitante, sentado al otro lado de la mesa. Ni siquiera pasará por su reducida capacidad cerebral en qué lamentable situación podamos encontrarnos. Niega con su cabeza, por la que seguramente circule una sensación de euforia, la posibilidad milagrosa que ansiaba el demandante. Y a este se le ve inclinar su cabeza, sumiso, aceptando la derrota, e imagino qué estará pasando por esa mente. Nada bueno, seguro... Mi turno ha llegado. Acabaré rápido y creo que ocasionaré algunas molestias. Pero ya está decidido. Me siento frente al funcionario, la saco del portafolios y disparo en mi sien derecha.


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