Trazos de arte

Por nsk
Enviado el 20/06/2014, clasificado en Reflexiones
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    Observar peculiaridades de un entorno natural siempre es fascinante. La naturaleza nunca para de sorprenderme. Da igual que sea un terreno completamente árido o espacios rebosantes de agua. Siempre son espectaculares.

    Sin embargo, hay otros entornos no naturales como son las llamadas “junglas de asfalto” que tienen su “aquel”. Suelen ser espacios más tristes, incluso deprimentes. No me suele sorprender absolutamente nada de ellas ya que fueron elaboradas para hacer más cómoda la vida. Trayectos mucho más rápidos (carreteras, autopistas, ...), suele estar todo bien organizado para evitar que me pierda (calles, avenidas,...), todo esta señalizado y además muy controlado (aceras para cuando camino, carrilbici para cuando pedaleo,...). Utilizo todo el mobiliario urbano pero pocas veces lo siento. En ocasiones, admiro monumentos, jardines, …. pero sólo eso. Si algo me sorprende no es ni, por asomo, parecido a lo que siento perdida en una montaña, en una playa o en un desierto.

    Sólo he sentido algo muy especial en estos entornos urbanos en dos ocasiones. La primera que siempre he percibido y me encanta es la manera que tiene la naturaleza de intentar recuperar terreno perdido miles de años atrás. Supongo que no soy la única que admira como, por ejemplo, alguna hierba invasora comienza a reinar entre los escombros de un edificio vacío, abandonado. Le surte de vida y se ve como algo místico. La perfecta combinación entre lo natural y la mano del hombre. Aunque normalmente el daño del hombre es casi irreparable y no tiene nada de mágico.

La segunda es la que me dio mucho que pensar una vez. Caminaba por la acera, estupendamente nivelada y adoquinada (para no hacer tan monótono el paseo y seguramente para evitar que patine durante temporadas muy frías con el hielo). Fijé mi mirada en los obreros que normalmente trabajan en la calle, adaptando y arreglando los pequeños desperfectos que surgen por el uso. Unos barrían. Otros quitaban la maleza y las “malashierbas” que nacían entre las ruínas y grietas de algunos edificios. Y por último, me fijé en aquellos que componían los baches de la acera. Echaban el cemento y con unas maderas iban nivelandolo con muchísimo cuidado. Lo hacían como si se tratara de una obra de arte. Me gustó ver que eran muy perfeccionistas. Después colocaron vallas y señales para evitar el tránsito de los peatones hasta que secara la densa masa.

Aquí llegó la gran sorpresa. Fue muy emocionante. ¿Qué tendrá el universo que siempre coloca un poco de orden en todo el caos y viceversa? Se acercó dando pequeños saltitos un gorrioncillo adorable. Muy tierno, decidió dejarse posar en el cemento que todavía no estaba del todo seco. Los trabajadores empezaron a hacer aspavientos para intentar alejarlo y fue muy gracioso porque no podían pisar su trabajo para impedir que este maravilloso ser lo hiciera, era incongruente. Marcó una trayectoria diagonal, es decir, cruzó toda la parte de la acera recién arreglada y aun húmeda desde un punto a su extremo completamente opuesto. Como si fuera una estrella de Hollywood. Aquí sí se consagró la obra maestra de los obreros. Fue la guinda del pastel. Realmente precioso. ¡Qué combinación tan perfecta!

Desde ese día siempre me llama la atención las huellas del cemento. Veo de perro, de gato, de pájaros (más grandes y más pequeños), en un pueblo he visto también de zorro (estas me sorprendieron muchísimo) y, para no olvidar que somos parte de la naturaleza, de niños pequeños, entre otras muchas.


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