Una empleada ejemplar

Por Renzo
Enviado el 25/06/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Aquella entrevista laboral significaba mucho para Diana. Necesitaba el trabajo y habiendo llegado a los cuarenta ya no era como antes. Costaba más que le ofrecieran un empleo. Nerviosa y expectante se presentó en la empresa las diez de la mañana para ser entrevistada por el dueño en persona. El hombre la recibió con gran cortesía y, luego de repasar sus antecedentes laborales y sus expectativas, le dijo que él creía que ella podía ser la persona que estaba buscando: “tengo grandes proyectos contigo, creo que juntos podemos llegar a hacer grandes cosas, si estás de acuerdo, podemos cenar mañana por la noche y definir tu ingreso al equipo”.

            Estaba claro que si quería el puesto tendría que acostarse con él. Era una mujer madura, pero conservaba una belleza deslumbrante. En fin, si esas eran las condiciones no se echaría atrás, no era tan grave después de todo, y necesitaba el trabajo.

            Se encontraron para cenar en un bellísimo restaurante, ella se puso un vestido muy entallado, en color malva, con pollera bien corta y unas sandalias de taco muy elegantes. Agregó un perfume italiano. Conversaron sobre trabajo, bebieron un excelente malbec, y cuando el alcohol fue diluyendo las inhibiciones, el señor jefe, sin perder la cortesía le propuso ir a tomar un café a su apartamento. Ella, primero fingió, dudar, y finalmente aceptó.

            Llegaron a un confortable apartamento en la zona más elegante de la ciudad. Él la invitó a pasar y el café fue postergado por los besos. La tomó de la cintura, la atrajo hacia él y devoró su boca. Ella cedió y entregó su lengua al juego de caricias con la de él. Se besaron trabados en abrazos desesperados, las manos de él le levantaron la pollera. Entre besos y tropiezos torpes llegaron a la cama, en donde él le bajó los breteles y le sacó el vestido. Luego le quitó las sandalias y de un tiró le arrancó la bikini, para hundir la boca entre sus piernas. Ella suspiró mientras le acariciaba la cabeza. Luego de un rato de lamer, chupar y morder su concha se incorporó con la boca brillante de mieles femeninas. Diana sintió que era su turno, se sentó en la cama, desabrochó el cinturón, bajó los pantalones y luego el calzoncillo, descubriendo un pene descomunal. No pudo reprimir un gritito de asombro ante el tamaño del miembro de su jefe. A pesar de la erección colgaba, grueso y curvo, hacia abajo en una longitud interminable. Lo tomó con ambas manos y comenzó a chuparlo, abriendo mucho la boca para que le entrara. Él suspiraba de placer y empujaba hacia el interior de su boca ahogándola con tamaña verga, se le hundía en la garganta y no se había tragado ni siquiera la mitad.

            Rato después ella se entregaba con las piernas abiertas al ataque de aquel ariete descomunal. Gritó de dolor al ser penetrada y tardó un rato en adaptarse al tamaño, mientras él la cogía con fuerza arrasadora, haciendo que la cabeza de Diana golpeara intermitentemente contra el respaldo de la cama. Una vez entregada al goce de aquel pene soñado, Diana acabó aferrando sus manos a las sábanas y dando gritos desesperados mientras cada músculo de su cuerpo se tensaba hasta el extremo, a su vez él, perfectamente sincronizado eyaculaba una erupción de semen espeso. Luego retiró aquella víbora interminable del interior del cuerpo de Diana.

            Y así comenzó una relación sexual y laboral que Diana cuidaba mucho. Siendo eficiente en la empresa y dedicada en la cama. Una vez por semana cenaban juntos y después iban al departamento. O pasaban juntos un fin de semana. Justamente, en uno de esos fines de semana en la playa él decidió penetrarla por el culo, y por más lubricante y dedos que le introdujo previamente, cuando le puso su verga monstruosa Diana gritó, apretó los dientes y cerró fuerte los ojos. Aun así le rodaron lágrimas por las mejillas, mientras él la sostenía en cuatro patas, clavada hasta lo más hondo. Ella sentía que su ano se estiraba hasta romperse, al mismo tiempo que percibía el avance de toda aquella carne en sus entrañas.

            Pero Diana nunca se mostró reticente, le iba bien en su trabajo, ganaba buen dinero. Por lo tanto asistía puntualmente a las citas de cama y se brindaba para lo que fuera. Un día él le anunció que habría una reunión con un posible cliente, y que terminada la reunión, si ella estaba de acuerdo, debía “irse con él”. Y Estuvo de acuerdo. Más de una vez “se fue” con posibles clientes, que terminaban siendo clientes concretos después de probar los sabores de Diana. En otra ocasión, el jefe organizó un asado con los clientes más importantes y le pidió a Diana que hiciera de camarera, en ropa interior. Ella aceptó y pensó que al final de la velada ella sería el postre. Estuvo toda la noche atendiendo a los comensales con un conjunto de lencería rojo fuego, que incluía medias caladas y porta ligas. Sin embargo, finalizada la velada todos se fueron y ella solo debió entregarse –una vez más- a la desmesura peneana de su patrón. Por supuesto que en la empresa todos sabían que era la hembra del jefe, y por lo tanto la respetaban hasta la reverencia.

            Luego de un año fue ascendida y su salario duplicado. Sintió que se lo había ganado.


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