Chevalier

Por Carmen de Loma
Enviado el 24/06/2014, clasificado en Fantasía
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Abro los ojos y una extraña sensación recorre mi cuerpo. Miro a mi alrededor. No reconozco esta casa, ni este suelo... Levanto la mirada al techo y veo un cuerpo pendiendo inerte de una cuerda.

-¿Pero qué...?

Me intento incorporar, pero la extraña sensación se hace aún más fuerte. Me pongo en pie. Me acerco al cuerpo inmóvil y un grito ahogado escapa de mis labios. Mi cuerpo pende de la cuerda con los ojos inyectados en sangre y un gesto de terror que me deja sin aliento. Doy varios pasos hacia atrás desconcertada. ¿Qué significa esto? ¡¿Cómo puede ser que mi cuerpo este colgado frente a mi?! Alargo mi mano para rozar mi pierna y, sin poder expresar la sensación de vacío que me embriaga, atravieso la piel. Me aparto horrorizada, con los ojos puestos en mi cuerpo inerte. La luz brilla al chocar contra un reguero de sangre que gotea de mis manos, tiñendo el suelo de carmesí. Asustada, me dejo caer. Las lágrimas desean caer, pero no puedo llorar. El pánico me devora. Me dirijo hacia la puerta. ¡Tengo que salir de aquí! Un humo negro comienza a filtrarse por la paja del tejado. ¿Humo? Empieza a hacer calor... Mucho calor... Golpeo la puerta desesperada. ¡Están prendiéndole fuego a la casa! ¡Tengo que salir de aquí! Poco a poco, las llamas, avivadas por el viento frío de la noche, empiezan a entrar. Corro hacia la puerta y la golpeo con todas mis fuerzas. ¡Socorro! ¡¿Pero qué está pasando?! El pomo negruzco de la puerta se gira. Un hombre entra corriendo, aferra mi cuerpo con fuerza y corta la cuerda que aprieta mi cuello. El peso muerto le hace tambalearse. Tapándose la cara con un pañuelo blanco, coloca mi cuerpo en su hombro y sale corriendo hacia el exterior. Salgo detrás de él. Aún estoy confusa. Me acerco a él, que grita mi nombre sujetando mi rostro entre sus manos.

-¡Marie! ¡Marie!

El hombre me atrae hacia él, pasa su mano por mi rostro cerrando los ojos vidriosos que aún le observan, y me aprieta contra él rompiendo en un llanto amargo. Intento rozar su espalda. ¿Quién es ese hombre? Él se gira con un espasmo al sentir el frío entrar por su espalda, y busca en el vacío con su mirada.

-Pierre... -susurro sintiendo una fuerte presión en mi pecho-.

¿No puede verme? Levanto mis manos temblorosas. Mi Pierre, mi querido Pierre...

-¡Por allí! ¡No dejéis que escape!

Un hombre de armadura oscura nos señala con su espada. Pierre recoge mi cuerpo y corre hacia el callejón. Se oye un estruendo y me giro asustada. La casa se derrumba devorada por las llamas.

El caballero se acerca con su corcel de pelo negro. Y observa en silencio el crepitar del fuego.

-No puede estar muy lejos -le dice a otro hombre que acaba de situarse junto a él-. Traedlo.

Acerco la mano hacia el caballo. Sus ojos parecen ver los míos. Relincha y, nervioso, intenta alejarse de mí.

-¡Quieto! ¡Quieto! -grita el hombre intentando apaciguar a la bestia-.

-¡Claude! -le grita el que lleva el rostro oculto tras el yelmo-. ¡Andando!

-¡Sí, mi señor!

Y saliendo al galope, se adentran en el pequeño callejón.

Miro a mi alrededor aturdida. Si he visto mi cuerpo... Eso es que yo... Que yo... No puedo reprimir el dolor y la congoja que atrapa mi pecho. Me dejo caer sobre mis rodillas y grito con todas mis fuerzas.

Estoy en mi pueblo. Puedo reconocer la casa del herrero. Y un poco más allá, están las caballerizas del Conde de Goncourt. Me levanto y camino despacio hacia la hacienda que, tiempo atrás, había sido mi hogar. Cómo en un flash, recuerdo mi cuerpo pendiendo de la cuerda y reconozco el lugar. ¡Es el establo de los Boisseau! Pero, ¡¿qué hacía yo allí?! De pronto una extraña sensación tira de mí. Al principio me resisto, pero cada vez se hace más fuerte e insistente. Intento sujetarme a algo, pero termina por arrastrarme. Salgo despedida. Recorro las calles a gran velocidad. Y de pronto, silencio.

 


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