Alter ego. De golfo a formal

Por Rufus
Enviado el 06/07/2014, clasificado en Amor / Románticos
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Actuaba de gogó, actor, stripper y animador en "Punto G", un local en donde se hacían representaciones porno y despedidas de solteros y solteras. Bebía con las clientas, las entretenía, las magreaba, las acompañaba a fiestas, fornicaba y les sacaba todo el dinero que podía sin ninguna vergüenza ni pesar. Vivía zambullido en un marasmo voluptuoso en el que me movía con total naturalidad. Mi mente era binaria; despierta o aturdida. Mi estado corporal, bifásico; erecto o fláccido. Nada me inquietaba. Nadie me importaba. Mi meta, el placer. Mi senda, la astucia.

Se acercaban mis vacaciones y decidí tomarme un respiro. En mis correrías nocturnas, entre risas y bromas, había oído a algunas de mis acompañantes hablar engoladamente del bienestar que producía en sus ajetreadas vidas el benéfico yoga que practicaban en el centro de más renombre del momento. Me apunté a un curso de cinco días que se impartía en una antigua casa de campo situada en una montaña cercana a la ciudad. Hice mi bolsa de viaje y me dirigí con el coche al lugar marcado en el plano que me habían facilitado los organizadores. Aparqué en una explanada ribeteada de floridos arbustos y entré en una vasta sala decorada con antiguas herramientas de labranza y porcelanas de artesanía. Diversas personas esperaban. Tras facilitar la reserva, recibimos un programa de actividades y fuimos acompañados a las habitaciones. Al poco tiempo se sirvió la cena en un comedor con largas mesas y macizo mobiliario rústico. Todos los comensales intercambiábamos saludos y comentarios amables con la intención de tomar conocimiento mutuo. Tres platos a mi derecha, al otro lado de la mesa, descubrí su cabeza rapada, sus ojos de diamante irisado, nariz respingona, delgada, piel clara, labios de baya silvestre que se movían delicadamente cada vez que articulaba palabra o saboreaba algún bocado. Grácil, fina, serena. 

-Debe de ser una yogui, monja budista o algo parecido- pensé. Había gente con rastas, crestas y pelajes diversos. Todo me parecía exótico. Iba comiendo los platos que servían en la mesa y departía con mis vecinos más inmediatos formal, distraídamente. Entre el murmullo y repiqueteo constante de los cubiertos, surgía una fuerza invencible que desviaba, persistente, mi mirada hacia ella. La observaba furtivamente, con temor a revelar el vivo interés que había despertado en mí.

Tras la cena y un descanso, nos reunimos sentados en círculo en una sala enmoquetada. El maestro nos dio la bienvenida con voz tranquila, profunda, e inició la primera clase. Todo lo que explicaba me resultaba insólito, oscuro, los suaves ejercicios y movimientos que proponía, descabellados. Y eso que yo era el rey de la extravagancia. Inopinadamente, al final de la clase, experimenté algo que ignoraba; mi cuerpo estaba relajado, mi mente, tan vacía como siempre, pero centrada, estable. 

Vi cómo se dirigía con una cerveza al patio frontal de la casa, cogí otra en la cocina y me senté a su lado, en la mesa donde se había iniciado una concurrida tertulia. En los estertores de la velada, con los primeros asistentes abandonando sus sillas, dibujé mi mirada más seductora en el rostro y le dije:

-Qué "cool" ese rapado, te queda muy bien.-

Fijando sus ojos en los míos, con un deje de tristeza, pero con una sonrisa franca y radiante, contestó: -Estoy de acuerdo. Hace unos días terminé mi tratamiento de quimioterapia. Me había acostumbrado, pero creo que volveré a dejarme crecer el pelo.-

Un súbito estremecimiento recorrió mi espalda y se hundió en lo más recóndito de mis vísceras. Intenté decir algo, pero sólo acerté a tragar saliva y carraspear con la garganta atenazada por una infinita congoja.

-Siento haberte decepcionado-, dijo ella, apaciblemente.

-No has sido tú. Es mi propia estupidez la que me ha decepcionado. Pero no quiero persistir en ella. Estoy encantado de haberte conocido-, contesté levantando mi copa. Brindamos.

-Y yo estoy encantada de reencontrarte, precisamente aquí.-

-¿Cómo?-

-Cosas del yoga. Tiene secuelas. Ya te lo contaré otro día, cuando estés más introducido en la materia.-

La conversación fue discurriendo plácida, entre sorbos de cerveza, en sincera complicidad hasta que, bien entrada la noche, vencidos por el cansancio, nos dimos las buenas noches.

La mañana siguiente me desperté con la imagen de su rostro fija en mi pensamiento. Todas las actividades del curso se iban sucediendo con rigurosa puntualidad. Mis pasos siempre me dirigían cerca de ella, quien también aprovechaba cualquier oportunidad para hacerse la encontradiza conmigo. Al final del día, cuando iba a servirse la cena, nuestras miradas se buscaron. Nos sentamos uno al lado del otro y charlamos animadamente. Tras engullir con avidez los platos, salimos del refectorio y caminamos pausadamente por un camino que partía de la casa y se internaba en un bosque de robles, retama y pinos. Al llegar a un puente que cruzaba un pequeño río, nos sentamos en una de sus barandas empedradas. Abrazándola, besé sus labios de baya encarnada.

Los cuatro días restantes se sucedieron con rapidez. En realidad, se había esfumado mi noción del tiempo. Llegada la despedida, me abracé con todos y cada uno de los que habían sido mis compañeros. Ella fue la última. Subí a mi coche impregnado del calor de su frágil cuerpo y me puse en marcha hacia mi destino. Al cruzar el umbral de mi casa, me di cuenta de que algo había cambiado en mí. Al día siguiente la llamé y nos vimos. Se quedó abrazada a mí toda la noche, y las sucesivas. Faltaba poco para que terminaran mis vacaciones y debía reincorporarme a mi trabajo, pero no me veía con fuerzas de continuar quemando mi vida de la manera en que lo había hecho. No quería separarme de ella.

-Clara, siento haberte mentido. No soy empleado de banco, ni el tipo de persona que te he hecho creer. Soy un cafre que se dedica al espectáculo erótico, al sexo más desenfrenado y a chulear mujeres. No valgo mucho, pero puedo cambiar. No te quiero perder. Mañana mismo iré a despedirme de mi trabajo. Tengo algunos ahorros y estoy dando vueltas a la idea de abrir un negocio. ¿Quieres casarte conmigo?-

-Yo también te debo una explicación. Sé quién eres. No soy mejor que tú. No me recuerdas. Sé que he cambiado mucho. Fui a una despedida de soltera de una amiga en tu club, hace cosa de un año. Yo tenía una abundante melena rubia entonces. Era fuerte, maciza, provocativa, con la piel tostada por los rayos uva. Iba colocada y era la más escandalosa del grupo. Estabas actuando, te acercaste a mí, me tendiste encima de la mesa... ¿Te acuerdas? Mi vida había caído a lo más bajo y sórdido. Era drogodependiente. Hurtaba lo que podía en tiendas y supermercados para financiar mis dosis diarias, lo que me condujo a la cárcel. Mi asistencia al curso de yoga forma parte de un programa de rehabilitación. Acepto tu oferta, si aún la mantienes.-

-Es irrevocable.-

-Bien, despídete de tu trabajo, pero deja pendiente una última actuación, menos salvaje. Quiero celebrar mi despedida de soltera en ella.

Sus labios de baya descarnada besaron los míos.

Rufus

P.S. Dedicado a la dulce iamalie.


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