Arena

Por Hubert Ettiste
Enviado el 01/07/2014, clasificado en Varios / otros
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La plaza blandía su genio y miedo mientras los turistas desesperados buscaban las salidas más cercanas para abandonar tal espectáculo provisto de una amoralidad sanguinaria y circense. Un toro astigordo tenia empalado al matador con su pitón izquierdo incrustado a media altura entre la pierna derecha y la ingle. Para que los movimientos bruscos que el animal hacía con su cabeza, fruto de la furia y la desesperación provocados por una sobrecarga de estrés al asaltar la arena, no agujereasen aun más la carne del verdugo, este se sujetaba torpemente en la cabeza del toro intentando agarrar con su mano izquierda el cuerno que no estaba hundido en su cadera.

 

El matador veía como la inestabilidad y la oscilación de su cuerpo le iban haciendo la herida mas grande; la carne desgarrada perdía su elasticidad, dándose de si mientras las fibras musculares se iban resquebrajando como una cesta de mimbre vieja y áspera, que ya no soporta el peso de más condimentos y se empieza a deshilachar por su sequedad; como el coño de esas viejas que vestidas con sus trajes de los domingos y ocultas entre pañuelos y gafas de sol, ocupan los palcos mas exclusivos mientras abanican sus caras viejas ahogadas en productos cosméticos.

 

El matador llora y babea bramando gritos ensordecedores de puro dolor, mientras de su entrepierna brotan salpicaduras de sangre que manchan el lomo del astado, rojizo ya por las heridas asestadas en el inicio de la corrida. El muchacho le reza a la Virgen e intenta besar la cruz que lleva colgando de su pecho, la cual se vuelve frenética con los movimientos y embestidas que realiza el animal y se hace inalcanzable para ese pobre desgraciado que no puede hacer otra cosa que llorar y gritar de agonía, mientras una cascada de lagrimas y mocos se desliza por su barbilla perfectamente afeitada.

 

La cruz de oro que el matador intenta agarrar se mueve histérica en el aire al unisono con su cuerpo; ambos realizan una coreografía de bruscos movimientos hasta que la cabeza del muchacho golpea fuertemente contra la arena; el cuerpo del diestro entonces, no presenta movimientos desesperados por salvarse, ni resistencia alguna hacia esa pesadilla. El matador inconsciente se mueve como un pelele de trapo incrustado en el cuerno del astado. Su cuerpo relajado y doblado, como un títere al que le han cortado las cuerdas, se mueve por el aire mientras sus extremidades se menean de un lado para otro, como las olas del mar que mueren en la orilla y que luego la resaca se encarga de recoger otra vez; como un niño subido en una montaña rusa que en su afán de demostrarse así mismo que no tiene miedo, no solo no se agarra a la barra de seguridad sino que levanta los brazos lo más alto que puede mientras su cuerpo se zarandea por el vagón a cada curva del recorrido.

 

El pelele engalanado con un traje de luces apenas puede apreciar como sus compañeros acuden en su ayuda, intentando llamar la atención del morlaco con unos capotes rosas que mueven sutilmente para atraer al animal e inmovilizarlo y así desprender de su cuerpo al castigado lidiador.

 

Telas rosas, en círculo, impasibles, moviéndose sutilmente a cada golpe que sus portadores realizan con las muñecas, todo perfectamente coordinado, con una sutileza y postura impecables, una rigidez y un talante dignos de una profesionalidad inaudita y de tener dominada la situación. Una puesta en escena digna del señorío mas castizo, mientras en el centro de ese círculo de capotes rosas y estáticos, el toro sigue con el cuerpo inconsciente del matador empalado en su cuerno, zarandeándolo bruscamente mientras una atmósfera polvorienta por la arena que cubre la acción, parece expulsar chorros de sangre a presión que nacen de la femoral del matador y mueren en los capotes rosas de sus compañeros.


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