La Cola

Por cclecha
Enviado el 03/07/2014, clasificado en Reflexiones
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LA COLA

 

No hace un día muy radiante. Amenaza lluvia y no he cogido el paraguas; no importa tampoco creo que pasee mucho rato. Los domingos por la mañana en la ciudad no me gustan; nunca sabes hacia donde ir, y las calle grises y alquitranadas, molestan. Tanto da tirar hacia arriba o hacia abajo, lo único importante es matar estas horas incómodas. Siempre se tiene el recurso de comprarse el periódico y pararse en cualquier parque a hojearlo...

           Mientras me encamino con mi “Vanguardia” debajo del brazo hacia el parque del Escorxador, pienso que no es justo que este domingo por la mañana se ajuste tanto a lo que se espera de él. Me gustaría que sucediera alguna pequeña o gran cosa, a la que pudiera entregarme, alguna situación que me mandara y que rompiera aquel predeterminado aburrimiento de un domingo en la gran ciudad. Algo que me sorprendiera y que cuestionara el absurdo en el que me muevo.

             Como todavía es pronto, el gran tráfico todavía está dormido y las tiendas están cerradas en su mayoría, salvo algún quiosco o bar. Pero en la ciudad hay gente para todo... en la otra calle se ve un grupo de gente guardando cola para entrar en una nave industrial. Por lo menos estas personas saben lo que van a hacer esta mañana; ellos hacen cola para algo, saben en que gastar su tiempo... Cruzo la calle y paso justo por delante de la cola, en ese instante una señora con dos niños acelera bastante el paso y se coloca la última de la cola. Al sobrepasarla me fijo en ella y me da la sensación de que todavía le jadea la respiración... ya en este momento estoy a punto de situarme justo detrás de ella, pero lo que me decide a hacerlo, es ver que varias personas van llegando de todas partes hacía aquí. El primero en llegar es un señor algo mayor, con una discreta barba blanca. En el acto, la cola se transforma en una turbamulta de voces y confusión.

              Me hace gracia él haberme metido entre aquella gente a esperar no sé el que. Está bien el hacer cosas porque sí. ¿Qué deben de esperar? Seguramente, será alguna liquidación de género, o alguna promoción especial de algo,  o... yo que sé. Lo bueno es precisamente esto, que no tengo ni idea de porque estoy aquí.

               Amenaza lluvia fuerte y unas ligeras gotas empiezan a caer sobre nosotros; en ese momento la puerta metálica enrollable de la nave, se empieza a abrir automáticamente. Un murmullo de aprobación recorre la ya crecida cola. Como quiera que la fina lluvia a empezado a hacerse molesta, unos primeros empujones e intentos de colarse, quiebran la buena armonía entre nosotros, que nos vemos arrojados de golpe dentro de la nave, como chupados por un aspirador gigante. Justo entrar no se ve gran cosa: entre la falta de luz y el contraste fuera-dentro, la desilusión se hace evidente, de momento no hay nada destacable, salvo varias guardias de seguridad que cuidan del orden y compostura de la cola, y de una llamativa azafata que te da los buenos días al cruzar la puerta.

              Las paredes del edificio están desnudas de todo mueble u ornamento, tan solo unas pequeñas ventanas cercanas al techo, propician que una tenue luz tamice la estancia. No sé si habrá sido una buena idea el meterme allí dentro. De momento no nos dan nada, mientras que las incomodidades son bastante evidentes... hace rato que estamos de pie, la gente se pone nerviosa y hay empujones e intentos de colarse. Como en principio no hay nada que hacer, me dedico a observar al resto de los que me acompañan. Justo delante de la señora con los niños, hay una parejita de adolescentes, un tanto abstraída de lo que les rodea y que se abrazan con

fuerza para que la cola no los separe, detrás de mí el señor mayor comparte su línea con una pareja ya adulta que no paran de discutir. Detrás de ellos unos jóvenes ruidosos provocan las quejas de unas señoras... en fin hay gente de todo tipo y situación. De momento el interés de todo aquello no está tanto en hacía donde vamos o en lo que esperamos, sino en nosotros mismos, en las personas. Pero bueno, algo debemos de hacer allí...

              - Perdone señora- digo dirigiéndome a la mamá con los dos niños-¿me podría decir para que hacemos cola?

               La señora se volvió hacia mí con una sonrisa y como si hubiera dicho el gran disparate, estalló en una carcajada espontánea y desinhibida. Como es natural, ya no insistí más en la pregunta. Por lo demás avanzábamos muy lentamente y yo particularmente, no le acababa de ver la punta a todo aquello; seguramente nos informarían más adelante... pero bueno, hubiera preferido irme enterando ya.

               - Hola – esta vez lo intento con el señor de la barba blanca- ¿Parece  que no acabamos de llegar, verdad?

               - No, la verdad es que vamos algo lentos-Me responde

                Animado por la respuesta, me atrevo a preguntarle: ya sé que suena un poco absurdo, pero me gustaría saber que es lo que estamos haciendo aquí.

-¡Ah! Esa es la gran pregunta, me  contesta sonriendo y asintiendo con la cabeza, esa es la gran pregunta. – me contesta sin responderme -

                   Mientras tanto, nuevos murmullos delante de nosotros nos hacen desviar nuestra atención hacia el principio de la cola. Parece que ahora sí que estamos llegando hacía alguna parte. Efectivamente, se divisa ya la salida del edificio, aunque la gente parece que se retiene

justo antes de salir como esperando algo más de su paso por la nave. Todos antes de salir miramos a nuestro alrededor e intentamos pararnos, como esperando aquello que no ha llegado a venir.

                  Ahora ya me toca salir al exterior a mí. Me siento un tanto estafado de aquella cola y espera un tanto inútil, por lo que un tanto molesto me dirijo hacia el último guardia de seguridad y vuelvo a la carga con mi pregunta

                  - Por favor, ¿Me podría decir qué es lo que estamos haciendo aquí?

                  - No se me pare aquí, circule hacia delante y no me retenga la cola. Siga a los que lleva delante y lo comprenderá todo. Venga... venga... no se pare.

                   Algo desanimado continuo hacia delante y salgo al exterior. Un sol radiante me recibe en absurdo contraste con la lluvia de no hace tanto tiempo. La parejita de enamorados y la señora con los dos niños, han acelerado el paso, y siguen la estela de las otras personas que también hacen lo mismo. Picado en mi curiosidad y en mi amor propio, decido continuar el juego, seguimos casi al trote hasta la esquina y desde allí divisamos, justo en el otro chaflán, una cola más gruesa e inquieta que la anterior, y que refugiándose de la lluvia, espera que vayamos llegando... creo que con la absurda intención de volver a entrar en la nave.


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