La Piscina

Por Ada Suay
Enviado el 26/11/2012, clasificado en Adultos / eróticos
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Un manto estrellado cubría mi cuerpo desnudo. Tumbada sobre una hamaca de mi jardín reposaba después de un refrescante baño en la piscina.

Hacía tanto calor que según resvalaban las gotas de agua por mi cuerpo iban evaporándose. Los sonidos de la noche calmaban mis ansias de ti, entreteniendo mi mente y borrándote de mis pensamientos. Tanta inmensidad del cielo me hizo cerrar los ojos. Entonces apareciste tu.
Tu mano acarició mi piel suavemente como si se tratase de terciopelo. Tu lengua caliente invadió mi boca ávida de deseo. Sentí el peso de tu cuerpo sobre el mio, pesado pero delicado. Tus manos cubrieron mis pechos henchidos de puro placer. Un fuego interno crecía dentro de mi. Con mis brazos rodeé tu cintura posándose sobre tus firmes nalgas que oprimí fuertemente para acercarte más a mi. Quería sentirte dentro de mi cuerpo, fundirte conmigo.
Tu boca ya alejada de la mia rompió mi deseo mordiendo con suavidad uno de mis pezones, lo que hizo avivar mi llama. Dolor y placer, que ironía.
Tus dedos expertos irrumpieron en mi interior, explorando mi sexo ya húmedo.
Pero deseaba más, quería tenerte dentro de mi.
Entonces te obligué a volver a mi boca y separé mis piernas del todo para dejarte vía libre. Tu miembro duro rozó mi sexo mojado y entró facilmente, no había fronteras, no tenías barreras. Era toda tuya.
Bombeaste fuertemente hasta que recibí el regalo de un orgasmo tan intenso que me hizo casi desfallecer.
De pronto noté la ausencia de tu peso y abrí los ojos buscándote. Pero allí no había nadie. Estaba sola en aquella tumbona. Me incorporé para ojear a mi alrededor, pero la oscuridad de la noche no me permitía distinguir nada. Me sentía aturdida. Mi cuerpo sudoroso y caliente buscó refrescarse y me zambullí en la piscina de nuevo.

Salí del agua más despejada y me sequé con una toalla. Mi mente había creado una fantasía donde tú y yo éramos los protagonistas de un episodio erótico.

Lamenté que no fuera real.

Subí a mi dormitorio, tan solitario como siempre y me dejé mecer en brazos de Morfeo.


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