Una oportunidad única

Por cclecha
Enviado el 05/07/2014, clasificado en Humor
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UNA OPORTUNIDAD ÚNICA

 

 

 Todavía tengo el tiempo suficiente... veamos, la carpeta con el dossier que he de presentar, esta encima de la mesa, la dirección donde he de acudir, la he guardado en la cartera y las llaves del coche y los documentos, en el cajón de la mesita...

             Hace meses que pienso en el compromiso de esta mañana; lo veo como una  oportunidad única. Si tal como espero me sale el negocio a mi satisfacción, mi vida tomará una nueva dinámica de optimismo y seguridad.

             Más vale que me vaya preparando la ropa: es muy importante elegir bien lo que te vas a poner, cuando tratas de llegar con tu imagen a alguien con el que vas a tratar. Además hoy si que no puedo fallar; todos los detalles los tengo que tener previstos y no dejar nada a la improvisación. Creo que la americana azul y el pantalón gris serán lo más conveniente, lo más universal; en realidad no conozco a los miembros de la junta que evaluaran mi trabajo, por lo que considero más acertado lucir un atuendo clásico y convencional, antes que parar a hacer inventos. Hace tiempo que no me pongo estos pantalones... ¡Caramba!, si que están mal planchados, una doble arruga formada en la percha me inquieta, parezco vestido por mis enemigos. No importa, total el gris es sinónimo de tristeza y no sería conveniente que ese color me subiera a la cara. Quizá sea mejor que esas arrugas hayan surgido ahora y que no aparezcan cuando menos te lo esperas. Un color más alegre me ayudará con más determinación que el plomizo gris. Tejanos... bermudas... de algodón blanco... no... no, ¡Ahora! Los de tergal beige. ¡Vaya ¡ Parece que se ha descosido uno de los dobladillos... ¡puff! No tengo tiempo para que lo cosan. Son las 9 y 15 m, todavía no es tarde y no tendría que ponerme nervioso por sucesos tan insignificantes, pero parece como si mi vestuario caminara en dirección opuesta a mis intereses. Dejaré en suspenso por unos instantes el pantalón y decidiré con rapidez la americana, camisa, corbata y zapatos.

             La americana azul – la de las bodas – siempre me rescata de todos los problemas. Puedes asistir a una fiesta, a una reunión importante y hasta para el trabajo diario; tiene una personalidad camaleónica que le agradezco. ¡Por Dios! No recordaba la sucosa mancha de all-ioli de la última boda y que luce como una condecoración gastronómica en mi solapa derecha. Rápido la americana gris; le falta un botón, precisamente el de en medio, ¡Bueno, y que importa! Seguro que mis futuros interlocutores también tendrán sus desarreglos; puede que alguno le falte una virtud que a otro le sobre, puede que tengan barriga desmesurada o que les falte un huevo... que más da. ! Pero que estoy diciendo! : He de centrarme; los nervios me hacen empezar a decir incongruencias. Está bien me pondré la americana sin botón, pero como mínimo le cortaré este hilillo que cuelga en ausencia del botón. Las tijeras... ¿Cómo puedo ir sin botón, cuando el proyecto que presento tiene que tener una rigor poco menos que científico? Las tijeras... Son las 9h 30 m... las camisas... los zapatos... ¡Me estoy colapsando!

             Una corriente de aire fresco irrumpe en la habitación y mi hija y su amiga –dos adolescentes de 18 años- asaltan mi intimidad con unas preguntas concisas y contundentes. Papa, papa, míranos, ¿Cómo estamos? Dos minúsculos vestido azul y rosa se enganchan en los cuerpos de las dos muchachas. ¿Crees que vamos demasiado cortas? Me dicen  con la seguridad de haberse contemplado durante horas en los espejos y haber luchado hasta el límite contra un cm. de tela más arriba o más debajo de lo permitido. ¿Y el escote? Otro tanto de lo mismo, con la paradoja que a más pechuga, le corresponde menos tela...

                ¡Dejarme! ¡No me distraigáis! He de estar a las diez sin falta en una reunión importantísima y no he resuelto todavía lo que ponerme. Ayudarme, que vosotras si que entendéis de ropas y engalamientos. Mi hija me miró compasivamente y pasándome la mano por la cara me dijo que no me podía ayudar ya que llegaban tarde a una cita con dos pollos.

            Son las 9 h. 45 m. Y continúo igual; la reunión es a las diez. Sin más titubeos me pongo el pantalón con el dobladillo colgando y la americana sin botón. Una corbata azul marina con rayas granates, disimula una camisa blanca, limpia, pero con el cuello raído por los años. Los mocasines de piel negra están bien aunque sucios. Ya no han tiempo para más lamentaciones, que importa el aspecto, lo que realmente vale es la seguridad que yo tenga en mi proyecto y mi autoafirmación personal.

             Con gesto algo preocupado me acaricio con la mano el mentón; estoy seguro de llevar todo lo necesario, pero parece como si me olvidara algo. Siempre olvidamos algo, a veces consciente y en ocasiones inconscientemente; olvidarse de una desgracia esta bien, pero hay gente que se olvida la felicidad tirada en cualquier parte. Continuo acariciándome la barbilla con la mano... ¡Joder! ¡Si no me he afeitado! Pase lo que pase, he de afeitarme; es preferible llegar cinco minutos tarde que llegar con una cara dejada, como manchada por la desidia. ¡Rápido! ¡Rápido! La espuma, la cuchilla, el agua, ¡Más rápido! ¡Uauh! ¡Ya me he cortado! ¡Menudo corte! El reflejo del espejo me devuelve una imagen medio embadurnada por la espuma de afeitar y con un hilillo de sangre semejante a un chorrito de chantilly en un plato de nata. Los ojos parecen tener miedo... o puede que sorpresa. Son las diez menos cinco, me he limpiado la cara, y el largo corte, protegido por la barba que no me he atrevido a rasurar en esa zona, ponen la guinda final a mi imagen.

             Todavía no hay nada perdido, cogeré un taxi y en quince minutos estoy allí; ¿Por qué existirá el tiempo? Con la agitación que llevo no me había dado cuenta de la cortina de agua que esta cayendo, un viento molesto corre por la calle y parece que me traiga toda el agua para mí solo. Desde luego todos los taxis van ocupados; en mi espera, el desconcierto y el temblor hacen que mi expresión se concentre en un punto sin determinar; ¿Qué miro? ¿Qué espero? Mis ojos van perdiendo toda su fuerza, están deslizándose por un tobogán sin final. Sin paraguas, bañado por un agua fangosa y con el pelo descompuesto por el viento, por primera vez en toda la mañana, quizás en toda mi vida, me estoy desembarazando de todo lo que me rodea,  estoy sonriendo al ver que el dobladillo de mi pantalón flota en un charco que no he llegado a ver, por primera vez me río cuando me apercibo que no es la carpeta con los dossier lo que sujeto bajo el brazo, sino el último “Hola” de mi suegra, que también estaba encima de la mesa.


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