Mi primo Mario

Por iamalie
Enviado el 09/07/2014, clasificado en Amor / Románticos
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Desde muy pequeña tengo buenos recuerdos de Mario, mi primo, hijo de la tía Aurora; vivía a unos pasos de mi casa y siempre le tocaba la penosa tarea de cuidarme cuando mis papás debían salir; con solo 6 años más que yo, era mi "niñero resignado".

La verdad, es que pasábamos tardes muy divertidas, él inventaba juegos y no se cansaba de correr, saltar, cargarme en sus brazos y hacer todo cuanto estuviese a su alcance para tenerme feliz, cosa que cumplía sobradamente y yo deseaba verlo todos los días.

Alguna vez me atreví a contarle a mamá que Mario me gustaba y que, cuando creciera, me casaría con él, lo que le causó mucha gracia, dada mi corta edad y solía bromear al respecto con papá.

Por desgracia, papá se cansó del buen humor de mamá y decidió contratar una niñera de tiempo completo; era de esperarse que "la niña" - así me decían y dicen, todavía - no recibiese de buena gana a la nueva nana, que, si bien, era agradable, no tenía la gracia ni la energía de mi primo para aguantar mi ritmo y siempre buscaba la forma de mantenerme haciendo los deberes escolares u ordenando mi habitación. Confieso que llegué ha hacer cosas horribles para intentar que la despidieran, pero, al final, le tomé cariño y volví a ser la nena buena que era antes.

Cuando ingresé a secundaria, tenía casi trece años; Mario ya sabía conducir, iba en auto a la Universidad y, por azares del destino, papá no podía pasar por mí al salir de la escuela; afortunadamente, mi primo se ofreció y mis padres no encontraron un buen pretexto para rechazar la oferta.

El primer día le dije cuánto me alegraba de volver a pasar tiempo a su lado y que lo había extrañado muchísimo, el respondió que él sentía lo mismo.

Hablábamos de muchas cosas que mi memoria traicionera no es capaz de recordar, pero, al pasar los días y semanas, llegó el momento de las preguntas y respuestas:

- ¿Tienes novio? - preguntó él
- Ahm... ¡No! - respondí nerviosa y sonrojada
- Pero, ¿alguien de la secundaria te gusta? - insistió
- No, nadie
- ¿En verdad no hay un chico que te guste?

Dudé unos instantes si hablarle del chico que me ha gustado desde que tengo memoria y lo bien que me trata siempre; pero, ¡no!, capaz que seguiría indagando hasta forzarme a decirle que se trataba de él mismo.

- La verdad: ¡NO! - dije intentando vanamente mostrar seguridad en mí misma y agregué - Mamá dice que eso de los novios debo dejarlo para cuando sea mayor y, por ahora, debo dedicar mi tiempo a los estudios.

Esa misma noche, mamá notó cierta tristeza en mi expresión - ¿porqué las mamás saben siempre cuando algo no va bien? - emulando al lobo feroz: preguntó, preguntó, preguntó y la respuesta de mi boca sacó.

- ¡Sí, mamá! - respondí casi gritando - ¡Sigo enamorada de Mario!
- Pero, hija - replicó - ustedes son primos y no pueden enamorarse
- ¡Sí que podemos!, yo ya estoy enamorada de él
- ¡Ay mi vida, tu sindéresis está atrofiada!

"Sin diéresis"... ¡el nombre de mi primo no lleva ese signo!... ¡qué diantres!... ¡mi madre y sus palabras domingueras pueden irse mucho al cuerno!

La discusión terminó con ambas gritando y con "la niña" castigada sin poder salir con mis amigas por toda una semana.

Pues sí, mamá ganó la batalla, mas no la guerra, porque no había forma de que yo fuese sola a la escuela y tampoco encontró un buen candidato - o candidata - para reemplazar a mi niñero favorito; además, esa no fue la última vez que tocamos el tema, recuerdo ocasiones similares cuando tenía 16 años, luego a los 18, también a los 21 o a los 25 y, tal vez, volvamos a hablar de ello en el futuro.

He de reconocer que, por más que lo intenté, nunca pude decirle a Mario lo que sentía por él y, de paso, tampoco pude enterarme de lo que él podría pensar o cómo reaccionaría, si mi amor era correspondido o si se reiría de las alocadas tonterías de una niña.

Ojalá me hubiera armado de valor para confesarle el inmenso amor que le tenía - ¿o aún le tengo? - y estoy segura de que me habría conformado con tan solo tener una única cita romántica con él, en algún café y después caminar de regreso a casa, tomados de la mano.

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Dedicado a mi amigo moritori; espero tengas oportunidad de leerlo y sea de tu agrado.


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