Atrapado.

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 10/07/2014, clasificado en Varios / otros
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Tuvo unos cachorros a los que separaron demasiado pronto de la madre: ella aún cargada de leche desarrolló un par de tumores por ubre tan gigantes que parecía tener doce pezones en cada una. Los perritos para poder dormir debían sufrir el engaño de las botellas de agua calientes acurrucándolos a los cuatro dentro de una cesta de mimbre en la cocina cerca al calor del horno encendido con el mínimo de potencia para evitar incendios, una manta marrón de ácaros que jamás se aspiraron y alrededor de los hermanos, colocaba unas cuantas botellas de plásticos llenas con agua hirviendo… él mismo se acurrucaba junto a ellos en el piso de baldosas azules permitiendo a la mañana golpearle con los rayos de sol naranjas cargados de pequeño polvo blanquecino flotando en el interior del haz luminoso iguales a diminutas palomitas recién paridas surcando desde la lejanía el humo que huele a rico saliendo de los bizcochos recién cocinados rotos por encima, los más sabrosos, en los que hundes el cuchillo con la misma facilidad que margarina caliente.
Años más tarde recordaría esas noches semienvela disfrutando del olor a cachorro, aspirando sus lomos, pequeñas orugas peludas, cerditos con el rabo liso preñados de calostro… sus mordiscos suaves sin malicia jugando a ser adultos, pequeños bocados en sus dedos con aquellas encías tiernas, la nariz siempre húmeda y esa lengua diminuta acariciándole la yema de los dedos eran su mayor placer en la franja de la hora, hora y media durante la cual las voces aún no han despertado de su siesta en la cabeza, los taxis, las prisas, las bocinas, las luces eléctricas recuerdan que hubo un tiempo en el que no fueron necesarias y la realidad permanece aún tan esponjosa que piensas andar entre los puentes de un sueño despierto donde nada malo puede suceder mientras aquellos cuatro cachorros huérfanos todavía hiedan a los restos de una leche hoy enferma… entre el sueño y el despertar existe un mundo tan impreciso, tan frágil que su tangibilidad es apenas más gruesa que el tacto del ala de una libélula de seda y es justo ahí donde la felicidad no son luces del faro chocándose contra barcos que se hunden, sino un hecho continuo, con peso propio tan exquisito que no parece tener motivos para desaparecer. Todo era belleza en sexta marcha por la autopista evanescente entre la ficción y lo real, todo hermoso hasta que su padre entraba golpeándole con la puerta en un costado: la ciudad entera parecía despertarse al mismo compás y mientras habría una lata de cerveza –único desayuno aceptable- los perros se retorcían en su cesta de mimbre tratando de huir porque también se dejaron engañar con la promesa de una madre embutida en plásticos calientes.
Cada noche los apretujaba entre sí con el líquido hirviendo, durmió con ellos ocho semanas sobre el suelo, tanto que ignoró la dureza del hombro, una calcificación cerca de la clavícula del roce contra los azulejos. Los alimentó a base de biberón, caricias, higiene… y su único error, el de los cinco, fue consentir a su fragilidad extenderse demasiado en el tiempo… Una mañana su padre volvió a abrir aquella lata y ordenó al chico que se levantara, se hiciera a un lado, se pusiera de pie o cualquier otro movimiento con el que dejarle espacio para estirar sus piernas. Él obedeció en el acto totalmente aterrado: el viejo jamás le había puesto la mano encima –y nunca lo haría después del incidente-, pero le causaba un pavor inefable la profunda indiferencia que desprendía aquel hombre como el olor de los vagabundos rancios, un hombre pendiente casi en exclusiva de las comidas, de las horas de entrada y salida al trabajo y como mucho de algún partido los sábados en la tarde… aquel chaval refugiado, limitado, entregado hacia los cachorros siempre fue consciente de que un ser que desprendía tantísimo desembarazo hacia su esposa, sus hijos, su propia limpieza corporal escondía dentro de sí el peor arma, la mayor fuente de violencia y repugnancia que no es otra que el haber dejado esfumarse toda ilusión de conquista, vivir absolutamente convencido de que nada podría perder puesto que no hubiera nada que poseyera y peor nada que desease poseer… los perros suelen cuidar pelotas de tenis podridas, mordisqueadas, cubiertas por costras de baba negra, pero en cuanto se dan cuenta de que su olor se desvaneció de que la bola no les presenta mayor aliciente que cualquier piedra o un pedazo de periódico enrollado, si un perro comienza a creer que todas las pelotas del mundo son idénticas y que el hecho de que tan solo una de ellas guarde la marca de sus dientes es un capricho totalmente anecdótico, casi arbitrario, entonces abandonará el juguete para siempre y le importará un carajo que lo use otro perro que acabe en la alcantarilla o que se desvanezca entre el arena de aquel último rincón por donde la dejó rodar… cuando un hombre siente que su hijo no es más que un montón de A.D.N. que se pudo combinar tanto con el suyo como con el del panadero o un astronauta soviético, despierta ante la idea de que si muriese esta misma tarde por la mañana ya habría algún suplente cubriendo su puesto en la cadena de montaje por la mañana, algún amigo no muy lejano follándose a su mujer en la cama, los jugadores de su esquipo preferido seguirían marcando goles sin importarles que hubiera un hincha menos en el sofá para animarles, entonces a ese hombre todo le importa lo mismo que un chicle masticado derritiéndose a los pies de una farola, todo salvo tal vez que le derramen la cerveza como ocurrió aquella mañana en la que el crío obedeció inmediatamente.
No fue por castigo, ni por rabia, tampoco quiso dar una lección al hijo, ni siquiera se sentía frustrado: simplemente actuó según lo que consideró más oportuno para que durante ningún otro desayuno pudiera volver a suceder un accidente similar… tomó a los cuatro cachorros dentro de su cesta y los tiró desde el tercer piso apuntando al cubo de la basura que siempre estaba abierto: habían más hombres como él en la manzana sin ganas si quiera de tapar el contenedor.
El chico jamás se atrevió a bajar para resolver cuantos perritos hubieron sobrevivido: simplemente permaneció durante horas con un terrible impacto dentro de la cabeza igual al dolor que llega a la columna mientras tragas un pedazo de filete,repentino, inesperado que se mantiene deslizándose perpetuo entre la carne y las vértebras paralizando todo tu cuerpo en un segundo que se estira demasiado hacia ambos lados de la eternidad…su impacto no fue tanto por la suerte de sus cuatro únicos amigos en casa, sino por haber observado que no los tiró al azar por la venta, apuntó al contenedor abierto…quizás el viejo tuvo pena de unos perritos a quienes la codicia les robó su madre o simplemente no quisiera pasear por una acera cubierta de sangre…en cualquier caso al hijo le bastó porque la inocencia aún se empeña en dar esperanzas a los monstruos…ojalá que la inocencia pueda sobrevivir siempre a cuatro cachorros muertos.


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