Fragmento de una antología apócrifa

Por Oscar M.
Enviado el 15/07/2014, clasificado en Fantasía
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*Aokigahara*

Hay un bosque, a los pies de un antiguo monte de una isla remota, cuyas hojas y ramas susurran dulces juramentos que llegan, con ayuda del viento, a los oídos de las más tristes y afligidas personas de las regiones cercanas. Es como un canto afable para esos de corazones desolados, quienes como hipnotizados, se dirigen presurosos a sumergirse en ese oscuro mar de árboles, sólo para encontrar ahí el final de su vida, acaso deseando encontrar el final de sus tribulaciones.

 

*De lo abyecto*

Se oculta, en la espesura de un bosque cercano a un pueblo de historial cuestionable, el producto tenebroso de una antigua nigromancia. Esa creación, hijo de la ponzoña y el lodo, secuestra a los niños de las inmediaciones y los lleva a una choza vieja, en lo profundo de las arboledas; y una vez ahí, donde ya nadie escucha, canta a sus pequeñas víctimas canciones de cuna, mientras que con un ritual abominable les extrae toda el alma.

 

*Del héroe y su regreso*

Se cuenta algo extraño entre aquellos que conforman cierta sociedad hermética. Es la historia de un bosque cuyos árboles son de puro granate, oculto en las profundidades de la tierra. Ahí, en ese bosque santuario, duerme por siempre un insigne y joven guerrero perteneciente a una humanidad anterior a la nuestra; una humanidad con la que ningún lazo tenemos, ni de cultura ni de sangre, pues su ciclo en la tierra terminó hace eones, muchísimo antes de que comenzara el nuestro. Se dice que alguien esperaba su regreso. Se dice, también, que quizás aún lo esperan.

 

*Cerca de la meseta*

Existe una ciudad no ubicable en ningún mapa, oscura e incierta, conocida sólo por algunas mentes perversas. Callejones intricados la componen, al punto de ser laberinto. Ahí se trafican, esencialmente, sueños y anhelos, porque nada tiene más valor que un deseo para los que habitan esa ciudad detestable. Renunciaron un día a su humanidad para vivir eternos, y ahora moran por siempre, con la cara cubierta por un velo, con las moscas rondándoles, y con hambre de sueños.


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