Bifurcación de caminos

Por cclecha
Enviado el 19/07/2014, clasificado en Varios / otros
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 El camino estaba reseco. Una arena gruesa y blanca crujía con el paso de las carretas; toda la caravana se empeñaba en mantenerse entre los límites de la vía. Íbamos envueltos en una nube de polvo amarillento provocada por nuestros propios carros y un traqueteo y calor interrumpido nos mantenía en un estado de sopor. Desde hacía días, no nos habíamos tropezado con ningún pueblo ni alma mortal. 

          Desde siempre, de niño, ya viajaba en aquella caravana de vendedores ambulantes. Mi madre, descendiente de aquel infernal modo de vida, tenía más de lunática que de cuerda. Recuerdo como, cuando andaba entre aquella polvareda, me evocaba el paso de un ángel entre las nubes.

          Aquella noche paramos antes de hora y plantamos el campamento. No éramos muchas carretas, pero en la oscuridad estas procuraban formar un apretado círculo como impidiendo que nada negativo nos acechase. No hace demasiado tiempo, en una oscuridad quizá idéntica a la de hoy, mi madre me dijo: - “Siento como si una mano fría y potente, esté empujando mi alma hacía no sé donde”. A la mañana siguiente, su espíritu nos había abandonado y su cuerpo fue enterrado al pie del camino.

           Ahora estoy solo. Raramente hablo con mis compañeros de viaje, y cuando lo hago, me sigo encontrando solo. Sin embargo me aferro a la caravana y sobre todo a continuar el camino. También de mi madre recuerdo su proximidad con el mas allá, siempre hablando con Dios, siempre respirando por otros mundos.- “También a ti, a tu alma inocente, le han dado un empujón, y la han arrojado desde el cielo a este polvoroso camino, para que lo recorras sin cesar y te agotes en el empeño.” – Me susurró una noche mientras intentaba dormirme...

            Al amanecer, Hipérico- que era el líder natural de nuestra caravana- nos despertó con una carga nueva de optimismo; como cada día nos aseguraba que la próspera ciudad de Lúpulo, no podía estar ya muy lejos de donde nos encontrábamos. Ya hacía semanas que Hipérico nos había convencido de que en aquella ciudad se acabarían todas nuestras penurias. Nadie sabía a ciencia cierta de donde había sacado la información de que tierras tan inhóspitas podían albergar palacios acogedores, jardines refrescantes y felicidad en las gentes, pero todos nos levantábamos por las mañanas con la esperanza de encontrar pronto la ciudad de las torres doradas.

             Reemprendimos el viaje siguiendo el camino. Siempre el camino... aquella cinta sembrada de piedras, parecía no tener fin... pero había que confiar; tarde o temprano aquella ruta nos llevaría a nuestro destino.

             Los días pasaban con demasiada facilidad; nos acostumbramos a tener que decidir entre bifurcaciones que se abrían en la vía. El primer cruce de caminos nos preocupó: ¿Debíamos de continuar por la izquierda...? ¿Por la derecha... ¿Una elección tan importante fue tomada de manera un tanto irracional; Hipérico intuía una voluntad superior que nos acompañaba hacía la ruta correcta. En posteriores bifurcaciones elegimos también de forma arbitraria, pero con libertad. En realidad nos fuimos dando cuenta que cogiéramos la ruta que cogiéramos, siempre volvíamos al camino principal. Me parecía que si teníamos libertad para escoger según que afluentes secundarios, pero carecíamos de ella para abandonar el río principal.

              Hipérico nos había explicado que lo primero que veríamos de Lúpulo sería el brillo de sus torres doradas y a continuación la extensa muralla de donde nacían estas. Así fue fijándose en nuestra conciencia el sueño e ilusión de una ciudad en donde la felicidad era la constante de su gente. A todos nosotros nos mantenía en pie la esperanza de poder realizar nuestro sueño.

          La marcha continuaba lenta pero ininterrumpidamente. Me bajé de la carreta porque me dolían todos los huesos debido al trajín de la misma. Continué andando junto a mi carro y con la mirada baja puesta en el camino. Aquella ruta larga y pesada se parecía mucho al flujo de la vida; de momento, mientras nos manteníamos con vida, siempre continuaba, siempre teníamos que seguir por su senda. Los hombres tampoco nos podemos liberar de nuestrasdeterminaciones[C1] ... ¿Qué podemos saber o conocer? ¿Poquísimas cosas. ¿Que responsabilidad podemos tener de nuestras ignorantes decisiones? ¿Qué libertad podemos tener en elegir una u otra opción de vida, cuando nuestro conocimiento es tan escaso? Somos unos paupérrimos seres que nacen y siguen un camino la mayoría de las veces determinado, en el que sus únicos destellos de libertad consisten en coger un atajo u otro, que siempre llevan al mismo sitio. La verdadera determinación del hombre se encuentra en el principio (nacimiento) y fin (muerte) y uniendo ambos momentos está un camino con pocas variantes que ineludiblemente hemos de recorrer.

          Ya hace unos días que no me encuentro bien, ya no bajo de la carreta para andar; una opresión en el pecho me tiene intranquilo, pero de momento continuo en la marcha.

           Durante el crepúsculo de hoy me he emocionado: en medio de unas brumas caliginosas, me ha parecido vislumbrar las torres doradas que andamos buscando.

           -¡Hipérico! ¡Hipérico! Estoy viendo las torres, ¡Las torres...!

            Nuestro guía me ha tranquilizado diciendo:

-Todavía no...todavía no. Fíjate bien. Solo se ven brumas y masas gaseosas en medio de este páramo desértico; pero todavía no emerge nuestro destino.         

La mañana siguiente me la pasé sudando como una pared húmeda. La caravana paró

a descansar, y a través del silencio me llegó de forma clara el murmullo de una gran ciudad, su algazara y trapatiesta de voces. Estaba seguro de que aquel clamoreo provenía de nuestra Lúpulo. Con voz más queda y desconfiada me volví a dirigir al guía,

-¡Hipérico! ¿Oyes? Escucha el clamor de la ciudad...

            Este, escuchando, me sonrió diciendo:

             Todavía no...escucha bien, no son voces humanas ni trajín de ciudad, sino murmullos de los árboles y sonidos de los bosques...

             La marcha continuaba; bien es cierto que nos deteníamos a descansar, pero siempre reemprendíamos el viaje. El camino no nos daba tregua, nos apremiaba a no detenernos.

              Aquellas últimas horas me encontraba peor que los días anteriores. Unas miasmas nauseabundas se desprendían de mi cuerpo enfermo. Aquellos efluvios malignos me inquietaban y producían temor. Quizá temía la muerte, si bien era ridículo temer algo que no conocía. En medio de aquel malestar, un mareo penetrante se iba adueñando de mi estómago y de mi razón. Intenté llenar de aire mis pulmones para aliviarme y desplacé mi mirada hacia el final de camino, cuando varios destellos de oro me cegaron por un instante. Entreabrí de nuevo mis ojos y una esplendorosa ciudad, derramaba sus murallas a escasos metros de donde nos encontrábamos.

             - ¡Hipérico! ¡Hipérico! ¿¡Es verdad que hemos llegado a nuestra ciudad!?

              Éste se acercó y apoyó suavemente su mano cálida en mi espalda. Con una sonrisa de satisfacción y con amor en sus palabras, empezó a hablarme. En momentos me di cuenta que sus palabras ya no llegaban a mis oídos. Aquella mano amiga, se transformó en una helada y potente mano que empujó a mi alma fuera de mi cuerpo. En instantes me vi a distancia de Hipérico y de mi mismo cuerpo... el camino quedaba allí abajo, lejos, desdibujado; conforme ganaba altura, las brillantísimas torres de la ciudad se apagaron en el infinito...

           

           

 

 

 

 [C1]


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