El ratón y el cangrejo

Por Sylvana Mangana
Enviado el 20/07/2014, clasificado en Infantiles / Juveniles
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Erase una vez un pequeño ratoncito que queriéndo conocer mundo un día abandonó su hogar. Tras caminar durante mucho tiempo, divisó a lo lejos una playa y decidió acercarse a ver que era aquel lugar.

Arena y mar. Todo era nuevo para él. Dos ojos eran pocos para todo lo que tenía ante ellos. Un mundo nuevo estaba a sus pies.

A lo lejos vio un animal que se acercaba hacia él y que nunca antes había visto.

- Hola, yo soy un ratón; nunca antes había conocido a nadie como tú. ¿ Quién eres?- dijo tímidamente a modo de saludo.

- Yo soy un cangrejo, ¿no lo ves ?- contestó el cangrejo arrogantemente.

-No sabía, disculpa. ¡Qué color tan bonito es el de tu piel!- dijo el pequeño roedor a modo de halago.

- Y eso no es todo- respondió el cangrejo exuberante.

Entonces, el vanidoso cangrejo empezó a andar velozmente hacia atrás. El ratón no daba crédito. Se metió en el mar y empezó a sortear las olas con una elegancia y destreza nunca vistas antes. Estaba estupefacto ante ser igual. Pero ahí no acabó la exhibición: empezó a abrir y a cerrar sus potentes pinzas haciendo un ruido estrepitoso que logró asustar al pobre animalito.

- ¡Oh, estoy realmente sorprendido cangrejo, sabes hacer muchísimas cosas!- exclamó el rodeor con sinceridad.

-¿ Y qué sabes hacer tú?- le preguntó desafiante el crustáceo.

- Pues... yo..., no sé,... creo que no sé hacer nada- contestó el ratón cabizbajo.

En esos momentos se sintió el ser más pequeño del planeta, y no por su tamaño, tampoco por su color, un gris insignificante y que definía además, su existencia hasta ahora.

Él nunca se había planteado que sabía o no hacer en la vida. Se había dedicado a existir simplemente, por eso quizás su decisión de abandonar todo: familia, amigos , hogar,... lo que había conocido hasta ahora.

Cansado de no destacar en nada, en ese preciso instante tomó una decisión que seguramente cambiaría su vida: quería ser un cangrejo.

La vida siendo un cangrejo tendría que ser mucho más  divertida y llena de aventuras  imaginaba. ¿ Pero cómo hacerlo?. No sabía por donde comenzar.

Siguió caminando por la playa y para su sorpresa que descubrió... ¡ basura!, montones de basura le rodeaban. Y es que los humanos para destrozar el planeta son unos auténticos expertos. Ese es el legado que dejarán a sus hijos pensó melancólicamente.

Se dispuso a buscar entre los despojos y encontró varias cosas que le resultaban bastante interesantes: astillas de madera, que le podrían servir de patas laterales pensó, pinzas de la ropa, que le venían bárbaras para utilizar de pinzas, y hasta una lata de refreso abierta y oxidada, que podría ser el fuerte caparazón.

Un poco de cordel por aquí, otro poco por allá... ¡ Y su traje ya estaba listo!. Cuando se metió en él le daba la risa,¡ vaya facha que tenía!. Se parecía a cualquier cosa menos a un diminuto ratón. Estaba muy contento, ahora se sentía importante, casi como al tipo soberbio que acababa de conocer.

Comenzó a caminar hacia atrás  ¡Era muy complicado!, también empezó a mover las pinzas de un lado a otro,¡ qué difícil!. Pero no se dejó amilanar por el reto. Sabía que lo iba a conseguir, ya le quedaba poco. Y se disposo a entrar en el mar.

Las olas eran bravas, pero él en ningún momento tuvo miedo. A medida que se iba adentrando el peso de su cuerpo  de cangrejo le iba hundiendo. Le era imposible moverse, el agua le iba penetrando en su pequeña armadura haciéndola cada vez más pesada y complicándole salir a flote. Se estaba ahogando. Ahí acababa su aventura de conocer mundo. Ahí terminaban sus ilusiones.

Una ola le abofeteó tan fuerte, que le envió derecho a la orilla.¡ Estaba salvado! Logró a duras penas salir del letal disfraz y se tumbó en la arena a recobrar el aliento. Después de un largo rato, y ya recuperando las fuerzas pensó en todo lo sucedido llegando a una conclusión: más vale ser quien eres por muy triste, gris e insignificante que te sientas, a que querer aparentar  algo que nunca serás.


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