Sin conocerle de nada

Por Ada Suay
Enviado el 29/11/2012, clasificado en Adultos / eróticos
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El frío hacía mella en mi cuerpo, se colaba entre mi ropa haciendo que me estremeciera. Aburrida esperando a mi amiga que nunca llegaba, que no contestaba al móvil, justo parada en aquella esquina.

Mi abrigo de paño negro ajustado me dibujaba una bonita figura. Los hombres que pasaban por mi lado me miraban, unos con admiración, como quién mira un bonito cuadro en un museo; otros me miraban con deseo, con una mirada sucia que despertaba en mí un furor que sólo podría apagar un amante.

Pero no tenía amante, ni novio, ni marido, ni tan siquiera un folla amigo. Si quería tener sexo tenía que ser conmigo misma, y ya estaba aburrida, ciertamente necesitaba tener sexo con alguien.

Mi amiga llegaba tarde y cada vez me sentía más fría, de mente y cuerpo. Se me congelaban las ideas…

Su voz grave pero aterciopelada, como una suave caricia, hizo que volviera a la realidad. O quizás no era realidad sino un sueño porque no escuche lo que me decía, tan sólo oía su melodiosa voz, cual canto de “sirena” que me atraía hacía él.

Ocurrió todo tan deprisa que aún hoy me pregunto cómo pudo ser.

Ya nos besábamos con pasión y hambre desmesurada cuando me di cuenta de dónde me encontraba. Estábamos dentro de su coche en una callejuela, ¿Cómo había ocurrido?. Ni idea, tan sólo me dejé llevar.

Mis manos palparon su jersey oscuro vistiendo un torso digno de un Dios Griego, creció en mí la necesidad de desnudarlo y comprobar tácitamente la realidad de ese cuerpo.

Mis pechos llenos de calor, mis pezones duros del roce de sus dedos, anhelaba más…

La ropa de ambos iba saliendo de nuestros cuerpos con urgencia, sin cuidado, sin control. Ambos estábamos deseosos de sexo y se notaba.

Subió la calefacción del coche y bajo la música, no recuerdo ni lo que estaba escuchando, sólo sé que el calor que emanaba de su cuerpo hacía que el mío temblara.

Sus ojos contemplaron por primera vez mi desnudez y fue deleitándose con mis curvas. Por mi parte ya había comprobado que su cuerpo era fuerte y me fijé en su miembro. Aquel era el pene más hermoso que había visto en mi vida, firme cual buen soldado, duro como una piedra y de un color rosado que atraería a cualquier insecto como una planta carnívora.

En aquel momento no dudé y mi necesidad de rodear ese instrumento del amor con mis labios no le dejó opción sino de recostarse y disfrutar de la visión. Mi cabeza subía y bajaba con un ritmo suave que conseguía sacar gemidos al propietario de aquel miembro tan perfecto. El sabor era lo que me enloquecía, salado y dulce, podría darme un festín con el jugo que emanaba cual volcán en erupción.

Me indicó que parara intentando apartar mi cabeza, pero era misión imposible, estaba enganchada a esa droga y no quería parar de lamer y chupar aquel caramelito.

Desde luego él no se había quedado quieto, sus manos habían explorado mi cuerpo centímetro a centímetro, y había encontrado lugares tan húmedos que su entrada era rápida y suave. Mi cueva del amor, estaba tan mojada y caliente que despertó en él una urgencia salvaje que yo supe parar a tiempo manteniendo su miembro en mi boca, quería que acabara allí, poder saborear y tragar aquel líquido espeso y caliente.

Él se dejó hacer y justo antes del clímax la sacó y terminó sobre mi cara chorreando hasta mi boca, entonces saqué mi lengua para saborear aquel delicioso fluido.

Me alcanzó un clínex y yo baje el espejo del copiloto y me limpié arduamente.

Durante unos instantes él se relajó, pensé que iba a dejarme tirada y me iba a quedar sin sexo, con lo caliente que estaba, pero sólo se tomó su tiempo para recuperarse.

 

Sus manos ágiles presionaron mis pechos que hicieron subir una llamarada desde mis entrañas. Nos besamos, al principio con suavidad, y según nos íbamos animando, con más pasión. Realmente le gustaba, después de su orgasmo podía haber pasado de mí, pero creo que la idea de verme gozar le animó a querer más sexo.

Mordió uno de mis pezones e inició la mecha de una bomba que le iba a estallar sobre su miembro.

Chupó sus dedos y los introdujo dentro de mí haciendo que yo me moviera como si fuera un falo, disfrutando de cada mini bombeo. Los sacaba y metía sin delicadeza convirtiendo aquello en un sexo dominante, cosa que me excitó aún más. Quería su pene dentro de mí, no podía esperar más.

Le supliqué que me penetrara y él se creció y su dominio se hizo más presente. Con una mano agarró mi melena y me forzó a acercar mi boca a su miembro, me obligó a chupársela y yo como una buena zorra sumisa y obediente accedí sin replicar a sus peticiones. Chupé y lamí hasta que su pene se puso duro de nuevo.

Me obligó a girarme quedando a cuatro patas delante de él y sin ningún miramiento me embistió con su enorme miembro.

Entró y salió de mi con dureza al mismo tiempo que sus dedos acariciaban mi botón del amor haciendo que oleadas de placer inundaran mi cuerpo. Todos los poros de mi piel exudaban mi olor a mujer, viciando el aire de aquel coche.

Le pedí que no parara, él cumplió, entonces llegó mi orgasmo, con tal intensidad que casi pierdo el conocimiento. Mi respiración agitada le indicó que tenía que ir más rápido y fue el mejor clímax de hacía siglos. Parecía que me había leído el pensamiento y sabía qué hacer a cada instante.

Fue perfecto.

Bajamos el ritmo y comenzó a acariciarme las nalgas. Sentí su saliva bajando por mi culito, y me hizo estremecer. Suavemente introdujo uno de sus deditos en mi rincón prohibido, al principio con delicadeza y según iba excitándome con más fuerza.

Saco su pene duró de mi cueva y lo llevó sin dilación a aquel lugar que nadie había conocido jamás. Sentí un dolor profundo, pero me sentía tan caliente que le dejé hacer.

Presionó mi clítoris y convirtió aquel dolor en un placer mayor que el que me había hecho sentir antes. Bombeó fuertemente y sin ningún cuidado a la vez que me llamaba zorra a gritos, cosa que me hizo llegar al clímax en cuestión de segundos y él llegó inmediatamente después sobre mis nalgas, pringándome de su esencia.

Limpió cuidadosamente mi cuerpo y se sentó a recuperarse en su asiento. Me di la vuelta para acomodarme en el mío. Recogí mi ropa interior y fui vistiéndome despacio, sin hablar.

Él no parecía tener prisa, seguía desnudo allí sentado, respirando tranquilamente. Los cristales empañados por el vaho que habíamos producido en aquel episodio sexual se estaban desempañando por el aire de la calefacción que salía de las rendijas del coche.

Me giré para abrir la puerta y salir del coche sin siquiera mirarle. Entonces sentí su mano que tocaba mi hombro, me volví y me dio un papel doblado que cogí y salí de allí caminando despacio.

Abrí el papel con curiosidad: Ale “649------”


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