Sin Retorno

Por Felipe Ferrante
Enviado el 22/07/2014, clasificado en Humor
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Puedes tenerte por un hombre de mojón recio, saberte de un cagar sin lastre ni huellas, jactarte de un templado y sereno esfínter. Pero un día una contracción de diafragma teñirá tu día de negro…

Yo era de esa clase de tipos que sin dejar de sonreír dosificaba a voluntad la fuerza del bajo vientre; Un leve rubor de mejillas…no más. Un sutil balanceo de caderas…tal vez. Una exhalación nasal, acompañada de un tenue gimoteo, era cuanto necesitaba para dejar vía libre a esa ventosidad, asesino silencioso que mata sin matar.

La escena, como por azar, así me es entregada:

Delante una clara mañana de Julio, al lado una fresca muchacha, y detrás, gracias a un airado paso, esa fétida excrecencia propia de una dieta de Burger de carretera e ingesta masiva de salchipapas y fritanga variada.
La mesura, el buen tino y la brisa de cara habían preservado mi integridad hasta ahora. Eso y cierta impostada carraspera que superponía las toses a las flatulencias. Pero el hombre es osado por naturaleza, quise ser ambicioso y al soltarlo todo de una vez me sobrevino lo que vulgarmente se conoce como el apretón.
El apretón: Esa suerte de golpe rectal, esa inmediatez que no adolece demora, esa ineludible certeza interna, esa voz en tu interior que te dice: ¡EY…ME CAGÓ!

Que os pasa mi buen señor, estáis frío y sudoroso, dijo mi amada

Quise hablar pero mi ano se adelantó a mi garganta: Una pedorreta en DO menor, cacofonía del bajo vientre anunciaba la alborada del mojón, el nacimiento natural de truño, la nueva criatura en mi interior, anguila, serpiente, gusano que rectando se abría camino entre intestino, ojete y nalgas.
Para que el espectador comprenda esta lucha sugiero un ejercicio:
Eleve su mano izquierda, contraiga el índice contra el pulgar fuertemente, verá que la imagen resultante es muy parecida a la del tercer ojo, el ojete de toda la puta vida. Y Ahora con firmeza fálica, extienda el dedo índice derecho y de un solo movimiento de tornillo atraviese los dedos antes mencionados, para comprobar que esta lucha, este titánico esfuerzo, estaba perdido, antes de empezarse.
Aún así debo decirte que logré estrangular a la nueva criatura, para no viva, no muerta acompañarla a un entorno más natural. Con el sudor frío, la piel de gallina y el caminar airado, el paso ligero se convirtió en un trotecillo alegre, el trotecillo alegre en una suerte de cojera desde la cadera hasta el tobillo y la suerte de cojera en una desaforada carrera paraolímpica. Por fin encuentro un bar y entro a sabiendas que mi amada, silenciosa, prudente incluso, percibe que hay algo sucio en todo mi comportamiento.

El camarero, un hombre de piel cetrina, ojos de relámpago, me mira y le miro.
— ¡Que va a ser!— pregunta con esa agresividad propia de la antigua hostelería española.
—Un desahogo seguro— Digo entre dientes
—¡Sólo o con leche!
—pppprrrrrrrr— acabo de lanzarle una pedorreta abiertamente mientras le señalo con el dedo acusador.

Entro al baño, bajo mis pantalones y apunto estoy de sentarme en la taza, es entonces cuando recuerdo las doctas y sabias palabras de mi tutor, mi mentor, mi padre…

Me gusta cagar en alto, para ver la mierda dar un salto.

Con firmes temblores en mis piernas, en un equilibrio donde mi recto se en armonía con el inodoro, me concentro, aprieto y una voz que resulta ser la mía pronuncia el nunca ponderado: ¡Abandona…abandona este cuerpo, el poder de Cristo te obliga! 

El siempre socorrido: ¡Me quema, me quema! 

El recurrente: ¡Sal...sal de mi mente!

El manido: ¡No le mires a los ojos!

Y por supuesto el ya clásico: ¡No…no dejes que te hable! 

Poco a poco noto como aquella nueva criatura va saliendo de mí ser, lentamente, sin celeridad, a una velocidad constante. ¡Ojo! como todo artista me giro para ver mi obra y es cuando comprendo que aquello es la obra de una mente enferma…

  He querido encestar desde campo contrario y me he quedado muy lejos de la canasta.

La nueva criatura cuelga medio cuerpo fuera y medio cuerpo dentro. Suenan tres golpes en la puerta.
— ¿Estás ahí?—mi amada, mi palomita— ¿estás ahí?—insiste
—Sí...pero no estoy sólo ¡Eso me está mirando!—digo señalando a las deposiciones.
Me pongo nervioso y tiro de la cadena con tanta fuerza que me quedo con ella en la mano. Me encaramo a la taza a pantalón bajado para intentar accionar el mecanismo que se llevaría aquel detrito para siempre. Mientras mi amada, golpeando la puerta, accionando arriba y abajo el picaporte, insiste en hacer unas deposiciones en el mismo lugar donde yo me encuentro a la voz de ¡Abre coño que me giño! Con el pie derecho en puro vilo sobre la taza del cagadero, cuando ya he, casi tocado, el émbolo de la cisterna de repente la puerta se abre, yo resbalo e hinco pie, tobillo y pierna entera en lo que antes fueron mis entrañas. El salpicón, no de marisco, ha venido a cubrir hasta los techos del baño, cuerpo, cara y boca de mi amada, que al otro lado de la puerta, boca abierta y tiempo paralizado en el rostro, ha satisfecho el axioma: La curiosidad mató al gato o te acabas de cubrir de gloria.
Así que allí sin mediar palabra, contemplándonos el uno al otro, habiendo comprendido que nuestro idilio estaba ya más que terminado, le dediqué unas palabras del docto Francisco de Quevedo que he tenido a bien revisar:

Piojos cría el cabello más dorado,
Lagañas el ojo más hermoso,
Y en la nariz del rostro más precioso,
El negro y verde moco está encerrado.
La boca que mil perlas ha guardado,
Escupe y gorjea,
Lo mismo suda el sobaco de la guapa, que el sobaco de la fea.
Si todo este es el bien que me enamora,
Cuando todo en el amor es mierda pura,
Me cago en el amor y en la hermosura.

 


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