BULLYING (tercera y última parte)

Por Federico Rivolta
Enviado el 22/07/2014, clasificado en Terror
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III

 

Las clases terminaron. La celebración no respetaba ni los días hábiles, y con cada fiesta mis amigos se aceleraban un poco más. Yo intentaba calmarlos y me criticaban por eso, tanto así que no quisieron contarme sobre los planes que tenían para arruinarle la noche a Neme.

Llegó el esperado día en que sería la gran fiesta y pensaba ir junto con Erika, pero ella tuvo que verlo a Víctor para ayudarlo con no sé qué problema, así que me dijo que vaya por mi cuenta y que nos encontraríamos allí. No me sentía cómodo con toda la situación, mi noviazgo no andaba bien, mis amigos hacía días que estaban descontrolados y tuve un mal presentimiento que fue en alza a lo largo de toda la semana. Finalmente me decidí a asistir, pero pensaba ir más tarde, cuando ya todos estuviesen allí.

Llegué al hogar de Neme y su madre, la enorme casa victoriana se destacaba del resto desde más de una cuadra. Sus tres pisos estaban cubiertos casi por completo de una oscura enredadera que dejaba ver una pintura corroída por los años. Estaba rodeada por un parque enorme, con antiguas estatuas con miembros faltantes que expresaban una cierta desolación y melancolía, que mostraban, indudablemente, que la familia Pemberton había pasado por épocas mejores.

Toda la visión desde afuera era incomparable a lo que vi al acercarme a la enorme puerta de roble y mirar por la ventana a su lado.

No se me ocurre un estilo musical que habría sido más acertado para completar la escena que el death metal que se escuchaba a todo volumen. En el interior de la casa había una docena de demonios escarlata convirtiendo la fiesta en una orgía de sangre. Las estatuas del jardín de Neme estaban menos mutiladas que mis compañeros y amigos. Fue traumático ver a Víctor gritando mientras intentaba protegerse sin brazos y, más aún, ver a Erika llorando mientras intentaba huir arrastrándose sin piernas. Las paredes parecían cubiertas por figuras de arte abstracto, pintadas únicamente en rojo.

Los demonios no se detenían una vez que sus presas habían fallecido, sino que se disputaban los restos para devorarlos, salpicándolos por toda la habitación.

Miré hacia el centro de aquel pandemonio y encontré allí al causante de la cruenta vorágine, y éste era nada menos que Nemesio Pemberton. El joven que fue humillado durante largos años en la escuela secundaria estaba irreconocible. Estaba parado en un taburete y sostenía uno de sus desvencijados y antiguos textos mientras recitaba frases incomprensibles. Lo había visto sonreír, pero jamás de ese modo, tan macabro, tan sádico, con dientes tan afilados.

Siempre sospeché que algún día iba a defenderse, pero llevó las cosas demasiado lejos. Así es la venganza, no conoce de límites, no tiene reglas. La venganza no termina cuando la víctima empieza a sufrir, por el contrario, ahí es precisamente donde la venganza comienza.

 

FIN


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