Mujeres.

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 04/08/2014, clasificado en Varios / otros
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Algunas mujeres son tan inestables como el aceite de freír los huevos, no es un pensamiento machista, puntualicé con “algunas”, en cualquier caso las mejores, las que sientan tan dulcemente como estrangularse con una horca de terciopelo. ¿Dónde quedará el placer del bienestar sin la belleza del dolor más puro? Quien no ame el sabor del vómito, su gusto de ácido rancio cabalgando por la garganta debería empacharse con hamburguesas bañadas en vino de garrafa hasta que piense que ese sabor debería embotellarse en diminutos frasquitos con un pulverizador. ¿Nunca te has partido los dientes intentando hacer “la catapulta infernal”? ¿Jamás has echado un polvo después de tres semanas con sobrecarga inguinal por una discusión auténticamente absurda con la parienta? ¿Cincuenta años y nadie te ha destrozado el corazón? ¿Nunca amaste tanto que durante un segundo, uno solo, uno pequeño, pero totalmente real rezaste para odiar a esa persona hasta la demencia porque la carga de tu amor sumado al cese de su correspondencia eran astillas de plata hincándose en tu rótula? ¿Nunca tuviste perro para no soportar la pena de que muriese treinta o cuarenta años antes que tú mismo? Pues siento decirte que tu camino del coño al nicho está resultando del todo despreciable, una vida más sobrevalorada que el aloe vera, porque ¿sabes qué? Ni siquiera vives.

Solamente habían pasado dos mujeres por su vida, así que ha agotado un par de las opciones posibles, los tres grades amores: el utópico, ese que suele nacer junto a las primeras pajas pensando en la presentadora recauchutada que encabeza el telediario, la chica negra del catálogo de bragas del “Corte inglés” o una vecina demasiado mayor con un par de tetas totalmente inconscientes de su verdadera edad... el erróneo, con el que te exasperas, te obsesionas, litros durmiendo en la cama, horas sobre colchones de graduación y lágrimas intentando olvidar lo inevitable del desastre, la separación, esconderte en un capullo de armadillo formado con las costras del sentimiento reseco, negando la evidencia de lo imposible no por una estupidez romántica, simplemente por orgullo: normalmente suele ser la primera persona capaz de soportarte, a menudo tan tremendamente sola y aburrida que accede a relacionarse contigo porque es más sencillo que andar de bar en bar buscando genitales, más barato que un psicólogo y la vanidad humana impide aceptar que ha sido un gran error, tan necesario para la vida como las moscas verdes comiendo la mierda que sobra... se nos olvida muy a menudo dar las gracias a lo desagradable: sin ello no podríamos subsistir, ni tan siquiera valdría la pena... malditos, somos unos cerdos, nos cargamos a las arañas con la sección de esquelas, a las mismas que nos hacen dormir a gusto, babeando sin preocuparnos por avispas, mosquitos, gusanos... en realidad no es “el amor erróneo”, el múltiple, se subdivide, se clona, esporas invadiendo los pulmones del viento, la cagamos demasiado en busca del amor adecuado -tercero-, pero no está mal: nadie debería de encontrar su pareja acertada, tan siquiera enamorarse hasta que no le han partido el alma un par de veces con un bate... a ser posible de roble.

Ahora solo, esa horrible experiencia de sentir al corazón aún vivo metido entre paredes de manteca de cerdo, un quilo de grasa blanca, pura como cocaína sin cortar recubriendo las aortas, los capilares, el músculo luchando por latir indemne, notando como esa pasta de su alrededor se convierte en mantequilla ardiendo que fluye por aparato sanguíneo... pero con el tiempo todo esa grasa se acaba meando junto con el dolor, la experiencia, el mal rato, comienzas a volver a mirar los escotes, desear un par de culos y ellas quedan como la etapa más feliz de la vida, porque el amor, agotador mientras ocurre, peor cuando termina, al menos tiene la decencia de hacerte una paja mientras te da por el culo, te eleva no con polvo de hadas, sino colgándote de ganchos en tu carne a tres metros sobre la tierra -el cielo siempre me pareció inseguro: las nubes se quiebran al pisarlas, cuando caes duele mucho partirte la columna-,pero así todo merece la pena soportar sus ataques, el sufrir: mientras sucede el amor siempre es maravilloso y cada vez es eterno, aunque sea una relación de dos meses, piensas que el paquete de pistachos se construyó sin fondo hasta que de repente tocas la sal y el plástico del final, pero solamente los cobardes dejan de comer pistachos.

En definitiva, los huevos están demasiado ricos como para no quemarse con el aceite que chisporrotea desde la sartén. 


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