El chico que escribía en cuartillas

Por Virginia F. S.
Enviado el 06/08/2014, clasificado en Intriga / suspense
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Aquella tarde salí de casa. Perezosamente, como si llevara piedras atadas a mis pies, me arrastré por las calles, grises, siempre grises. Una nube de monotonía me abrumaba. Sacudí la cabeza como para espantarla.

- La vida ¿es esto? - pensé, y miré a mi alrededor esperando que alguien me contestara. La gente iba y venía, inerte, pétrea, el mundo se movía de forma autómata y yo me sentía desubicado, como si no perteneciera a la misma realidad, observando desde un supuesto margen que había forjado mi mente. ¿Cuándo se darían cuenta de que eran solo marionetas, actores de un destino fijado por alguien que nos desprecia?

Entonces lo vi. Era pequeño y escribía. Me acerqué con cautela al banco en el que estaba sentado.

- Eh niño. - Le dije. - ¿Qué escribes? - No levantó la cabeza, me dio la sensación de que yo no existía para él. Insistí. - ¿Eres escritor? ¿Tan pequeño? - El chico no se daba por vencido. Tenía a su lado un puñado de cuartillas. A veces, el viento, travieso, intentaba llevarse alguna. El niño las rellenaba sin descanso, como obligado por lo inevitable.

De pronto cesó, alzó la cabeza y sus ojos cayeron directamente sobre los míos, pero su mirada no era la de un niño, me recordó más bien a la de un anciano apuntalado por el paso del tiempo. Un violento escalofrío recorrió todo mi cuerpo. El pequeño volvió a su tarea, llenaba un papel y cogía otro, así sucesivamente.

Yo permanecía inmóvil y sentía que mi curiosidad se hacía cada vez mayor. Pero, ¿qué estaría escribiendo? ¿Y por qué me sentía tan inquieto? ¿Por qué necesitaba saberlo? Me acerqué más, disimulando, intentando leer algo de lo que el joven escritor depositaba sobre sus folios cuadriculados. Pero para mi sorpresa, al alcanzar con la vista sus letras, fui incapaz de comprender una sola palabra, y sin embargo no creí reconocer otro idioma. El niño, que se había percatado de mi perplejidad paró un momento, soltó el lápiz y las hojas y volvió a mirarme. Yo, quieto, como si mi vida pudiera correr peligro con el más mínimo movimiento, me limité a colaborar en el contacto visual. Sentía sus ojos, pequeños y redondos clavados sobre mí y pensé que jamás dejarían de mirarme, que se quedarían ahí, observando cada minúsculo movimiento de mi cuerpo.

El mundo se había parado y, expectante, esperaba a que aquel pequeño continuara su redacción, omnipotente e infinita. Yo era el único que había quedado al otro lado de aquella parálisis. El chico se acercó a mí con paso lento y pesado y me mostró una de sus cuartillas, en ella pude leer mi nombre encabezando la página, escrito en letras grandes y retorcidas. Al continuar con la lectura mi sangre se heló, las maños me temblaban; todos mis recuerdos, todas mis experiencias, mis errores y fatigas, mis penas y alegrías, mi recorrido fugaz por este mundo indiferente, todo, mi vida yacía quieta sobre las líneas de aquel papel. Superando el miedo que brotaba a cada segundo en mi mente miré al niño. Él, con sonrisa burlona y sin apartar de mí esa mirada penetrante y profunda, dijo con voz diabólica: - El resto, está aún por escribir... –


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