Descino

Por Nube
Enviado el 23/08/2014, clasificado en Cuentos
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Rota como el pétalo de una rosa aplastada bajo los pies de un gigante de piedra y hielo se sentía Isabela, la protagonista de esta peculiar historia que ni ella misma sabía como iría a terminar.


Presentemosla:

Mujer de alta cuna, nunca tuvo que saber lo que significaba sufrir ni pasar hambre, no era necesario en las esferas en las que se movía ser demasiado inteligente, ni tan siquiera era necesario parecerlo, simplemente era necesaría una cosa, pero esa, era totalmente imprescindible, tener un envoltorio perfectamente cuidado. Y que después de tu nombre la gente abriese los ojos y murmurase sobre tu familia.


Ahora pongamos, como no, toda esta belleza en un lugar:

Una calle de algún país, en algún sitio. Lo único seguro eran las sombras que la rodeaban, el hedor que la invadía, y el agua que escalaba por sus medias del más perfecto algodón blanco.


Caminaba desorientada, como si no supiese dónde está o porque estaba donde estaba. Miró, después de dejar bailar sus ojos, a la derecha. Decidió entonces seguir ese camino, era oscuro y de un suelo tan húmedo como el que estaba pisando. Sus pulmones empezaron a aplaudir más y más rápido, no podía soportarlo, sus pies hacían cada vez más ruído en las mojadas medias, todo al ajetreado compás de su corazón azul.


Después de apenas unos doce metros paró su marcha, miro al frente alzando su vista y levantando su fina barbilla por encima de la altura de su coraje e intentó descifrar lo que ponía en aquella pequeña chapita de metal atornillada a la pared, forzó sus pequeños ojos hasta que solo se podía observar en ellos el negro de su pupila fundiéndose con su hermano iris.


Izquierda, fue su decisión ahora, caminó más que antes, unos cuarenta metros, cada paso gozaba de un aire más luminoso que el anterior, era más fino, más seco. Y por orden de Descino sus finos y blancos pies fueron rozados por algo suave, agradable y cálido. Miró al suelo, a sus finos y blancos pies. Era lo que menos pensaba ella que sería, una gran rata se había posado encima de sus finos y blancos pies.


Esta impresión fue demasiado para nuestra pobre protagonista y se desvaneció en el instante en que sus negros ojos se juntaron con los de la pobre rata.


Cuando Descino decidió que la enclenque dama despertase ya era medio día. Se echó las manos a la parte superior de sus piernas y las notó frías y suaves, estaba completamente desnuda. Recordando todos los compases de la noche anterior en un golpe sus pulmones se encharcaron de aire y sus piernas la alzaron sobre el suelo, miró su blanca y suave piel relucir ante la luz del mismísimo sol como reverenciando en un saludo al día.


Negó ese saludo a las partes que para ella gozaban de un estatus y una protección superior tapandolas como pudo con sus brazos y corrió de nuevo a las sombras de las que quería escapar no hacía demasiado. Tuvo, la que había sido una niña crecida en la bondad y las sonrisas de sus criados antes la suya misma, robar harapos remendados para cubrir su fino y blanco cuerpo. Cuando ya hubo negado la luz a cada palmo de su piel caminó entre sus vasallos como una más, teniendo solo la idea de la supervivencia encerrada entre sus prietas manos.


Atentos.


Rico, un hombre robusto, conocido por su buen hacer en multitud de situaciones, solo se le podía reprochar una sola cosa, la cantidad de alcohol que necesitaba su organismo para funcionar según el. En cuanto salía de su pequeña e humilde casa ponía camino a la taberna sobre la cual vivía, en cuanto entraba allí las horas asemejaban pasar como minutos y el sol, acelerar su marcha para esconderse antes de que saliese nuestro gran amigo.


La esbelta y ya demacrada protagonista sintió como su cuello luchaba porque su cabeza permaneciese pegada a su torso cuando Rico, sin mala intención chocó contra ella y la tiró al suelo de piedra.


-Perdona, que no te vi, como parece que vas tan asustada.


Salieron con aire enfadado y burlón de los pétreos labios de Rico estas palabras mientras imitaba con la cara la expresión de la chica con la que había chocado, y estando ya erguido, ayudando su explicación con su cuerpo.


-Perdona señor, no era mi intención.

Esbozó con sus blancos y finos labios, Isabela, en el denso aire mientras luchaba por levantarse.


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