Café El Secreto (Día 2)

Por Nube
Enviado el 28/08/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Mi piel ya había olvidado nuestro último encuentro, si no fuera por esas miradas ya lo habría olvidado. Cada vez que mi mano rozaba la suya, me miraba; cada vez que mi respiración se agitaba al verlo; me miraba, con cada latido parecía mirarme. Eso me excitaba tanto... lo peor no era que no dejase de acariciar cada centímetro de mi piel visible con su mirada deseosa de mi, ni que su respiración pidiera a gritos meterse bajo mi ropa. Lo peor era que yo deseaba todo eso más que el.


El café ya estaba lleno, pero no había demasiado jaleo, para nosotros era un día tranquilo, habíamos esquivado a la lujuria más tiempo que el día anterior, pero eso no era necesariamente bueno, así que me decidí, iré a por él. Pero en ese instante una dulce chica de largas piernas, cabello liso negro, y ojos azules me despertó de mi sueño.


-Perdona ¿Buscáis una camarera nueva no es así?


Asentí más desconcertada que interesada y le enseñé como funcionaba todo, me daba igual si era una buena camarera o no, nadie había entrado a preguntar por el anuncio así que era nuestra oportunidad. Era preciosa.


Cuando ya había menos gente fuimos a presentársela a él, mi compañero. En cuanto la vio con el uniforme vi en sus ojos la misma mirada con la que me miraba a mi y no pude hacer más que excitarlo mostrándole a la chica, presentándola, pero haciendo que girase sobre sí misma y se agachase para dejar ver más de sus contorneados pechos.


Espere a que se fuese todo el mundo, que no quedase ni un cliente, tampoco dejé que él se quedara, este juguete era solo para mi, al menos hoy.


Le llevé hasta la barra y le dije que esa noche le enseñaría como preparar los cócteles del establecimiento, dejé sobre su brazo una toalla y sobre sus manos la coctelera con las cantidades precisas de alcoholes. Y la tomé por la cintura pegando su espalda a todo mi cuerpo, para agarrar suavemente sus brazos y remangar su camisa.


-Ahora agítalo de abajo a arriba en diagonal.


La vista desde mi perspectiva era preciosa, podía ver sus pechos balancearse y como deseaban salir de su camisa, así que le di la vuelta y le ordené lo mismo. Era insoportable tenerla delante de mí y no poder lamer su piel, ni morderla, tan solo si pudiera besarla...


Le quité la coctelera de las manos y las cambie por mis senos, sus ojos se abrieron como nunca y sus manos apretaban mis pechos mientras sus labios lo negaban. La pegue de nuevo a mi, esta vez de frente y mis labios recorrieron su cuello despacio, no había prisa, su respiración era cada vez más rápida y sus quejan se tornaban en suaves gemidos que acariciaban mis oídos.


La senté en la barra y sobre mis manos noté como sus nalgas se moldeaban a mis manos, apreté, eran tersas, firmes. Cuanto más descubría de su cuerpo con más fuego ardía el mío. Así que abracé su torso y dejando que mis dientes apresasen el lóbulo de su oreja izquierda susurré “Calla, solo disfruta”. Sus músculos se relajaron y liberé sus pechos de la presión de su sujetador, eran mucho más bellos sin el. Desabroché con delicadeza cada uno de los botones de su recién estrenado uniforme y acaricié con mis labios su vientre, con mis ojos sus pechos, y con mis dedos su sexo. Aún por encima de la tela de sus culots los gemidos que dejaban salir su boca eran más intensos cada vez, más alto, más fuerte, más agudo. No paraba de gemir, y con cada gemido las cumbras de mis pechos se erizaban cada vez más, igual que toda mi piel.


Bajé con mucho cuidado su ropa interior y, según se despegaba su piel de la mía, más se humedecía. No quise aguantar más y decidí darle un pequeño regalo, así que mientras mi aliento suspiraba aún en su vientre, mi lengua lamía el culmen de su placer, primero pedía más, gritaba y su cuerpo desembocaba en un placer desmedido; después... después apareció la bestia, tomó mi cintura y clavando sus dedos en mi piel, sus uñas en mi carne, dio la vuelta al juego, colocó sus piernas a los lados de mi cuello y sonriendo sin dejar libre su labio inferior levantó su lengua para ordenarme que la sacase, así lo hice.


Ella bajó la cabeza y se abrazó con mis piernas, las agarró por los tobillos y juntos con los míos sus gemidos se oían más fuerte con cada pasada de la lengua de la otra. Mordí su ingle y como venganza ella mordió mis labios, los apresó y chupó, no podía más, tenía que explotar, pero no iba a hacerlo sola.


En cuanto mis gemidos me dejaron mordí sus labios igual que ella hacía pero subí mis dientes y mi lengua, más arriba cada vez más arriba hasta que sus labios se soltaron, pellizqué con la punta de mis dientes mi presa y gritó de placer, no pudo hacer más que dejar que las yemas de mis dedos entrasen y la golpeasen desde dentro mientras yo lo mordía, mis dedos se movían más rápido con cada uno de los roces de su lengua sobre mis labios, hasta que entro uno más y en apenas tres minutos las dos, en un grito de dos bocas nos dejamos recostar sobre el metal de la fría barra.


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