Dentro de un ascensor

Por cclecha
Enviado el 27/08/2014, clasificado en Humor
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    Estoy esperando el ascensor en el ambulatorio de la calle Conde de Borrell. Junto a mí, también esperan una madre con un niño con gafas de unos ocho años, un señor con maletín, bigote y cara de estar muy ocupado y una señora muy gruesa, de mediana edad, con vestido de flores.

     El ascensor llega y nos vamos colocando ordenadamente en su interior. Entonces empiezan a llegar con prisas y escalonadamente una serie de personas. Primero un señor muy delgado con poquito pelo, bajito y de mediana edad, luego una señora más bien mayor y cojeando visiblemente y finalmente, a cámara lenta, a uno por hora, un par de ancianos…, la puerta se les iba cerrando inexorablemente pero ellos, con sus bastones, consiguieron que se volviera a abrir y se introdujeron dentro.

     Estamos ya todos dentro, enlatados como sardinas. Sin poder movernos ni a izquierda ni a derecha, viendos obligados a permanecer rígidos donde estamos. Me doy cuenta que nos hemos metido nueve personas en un ascensor con capacidad de siete. Nadie dice nada. Pero bien es verdad que hay un niño y dos ancianos, que entre los tres pesan lo que uno. Sea como fuere, no hay espacio ni para rascarse, todos vamos rígidos y esperando que todo pase en poquísimo tiempo.

      La mitad de la gente hemos marcado el piso tercero, como primer destino, …será cuestión de un momento, la incomodidad y el malestar, serán cuestión de segundos. Entonces sucede un fatal desenlace… el ascensor queda suspendido entre los pisos segundo y tercero, apagándose la luz normal.

      Cuando se apaga la luz normal y antes que se encienda la de emergencia, a los tres o cuatro segundos, no quedamos a oscuras y hay un primer conato de pánico y de chillidos controlados. Afortunadamente la luz mortecina de emergencia, hace su aparición y nos podemos contemplar relativamente.

      Me veo junto a la pareja de ancianos que no parecen acusar la desgracia del ascensor. Sus caras no denotan nada. Como soy más bien alto, disfruto desde mi atalaya de una visión panorámica de lo que me rodea. La señora gruesa del vestido de flores, tiene encastado en su escote al señor delgado bajito y de poco pelo. El pobre, no se puede mover de su incómoda posición. Intenta desesperadamente retirarse de los potentes pechos de la señora, pero no consigue más que esclafarse cada vez más más en aquellas protuberancias inusuales.

       La señora que ha entrado cojeando en el ascensor, está en el rincón posterior del ascensor, blanca como la cera y como medio desmayada, nos dice a forma de auxilio para que la socorramos: -Yo no tenía que haber subido al ascensor, tengo claustrofobia, …pero como estoy lesionada…

       El señor del bigote y del maletín, exclama de muy mal humor: -Vaya, que contratiempo, con la prisa que tengo.

       Esto me hace recordar la anécdota de dos hombres que tropiezan en la calle, debido a las prisas de uno. El otro hombre-que lo conoce- le dice-¿A dónde vas con tanta prisa? El otro le contesta –no sé, pero lo que sí sé, es que voy con prisa. Es decir que la conclusión es que no sabemos a dónde vamos, el sentido último de lo que hacemos, pero lo que sí sabemos es que vamos con prisa.

    Mi vista tropieza con la de la mamá del chico con gafas (que debido a su corta estatura, no se le ve) Mi imaginación fantasea con la chica… pero rápidamente me apercibo de que esta es del montón, …entonces oigo la voz oculta del pequeñín.

     -Mamá, tengo sed…

     Inmediatamente el señor del maletín abre y cierra la boca, también como si necesitase la ingesta de líquido. Yo mismo también encuentro al instante que mi garganta esta reseca…entonces el niño vuelve a la carga, esta vez con más mala baba.

     -Mamá, tengo pipí…

     Ahora todo el ascensor, cruza las piernas reteniendo sus necesidades fisiológicas. El niño, nos ha activado a todos. Entonces ocurre algo desolador.

     El anciano del bastón se acaba de mear encima. Afortunadamente muy poco (debe de llevar pañal). Su pantalón está levemente mojado. La señora anciana se remueve en su parcela y consigue sacar de su bolso una toalla humedecida que le pasa displicentemente por el pantalón. Con el movimiento de la señora anciana, me acaba de llegar unos efluvios a recocho, provenientes de la mujer, difíciles de ignorar.

      Entonces viene lo peor de todo, el señor anciano del bastón, se tira una ventosidad de naturaleza media, como si tal cosa. El sonido ha sido claramente audible por todos y nuestra consternación es evidente. Nuestras miradas son de pavor, mientras el olor se va apoderando del ascensor. El señor bajito se hunde por completo en los pechos de la señora gruesa, como si quisiera desentenderse de todos los malos olores. Desgraciadamente la cosa no ha acabado aquí. El anciano, sin alterar su cara en ningún instante, empieza a castigarnos sin piedad con un recital de gansas y pedos sin control. El desasosiego del personal del ascensor es evidente, no sabemos qué hacer…todos miramos a la señora anciana por si esta puede actuar de alguna forma. Pero ella, al igual que su marido no cambia de expresión en ningún momento. Lo que más miedo nos da, es que creo que esto lo ven como “Normal”.

      Cuando la desmoralización empieza a cundir entre nosotros, viene lo peor, una serie de gases en forma de traca o metralleta sin descanso, nos deja a todos completamente atorados y en el silencio más absoluto. La reacción en el ascensor es evidente. La señora claustrofóbica chilla que no puede más, que quiere morirse, …la señora gruesa, intenta un movimiento defensivo para sacarse de encima al señor bajito, sin conseguirlo. El niño de gafas, como que corto de estatura y los gases tienden a ir hacia arriba, no da mucho la vara, pero comenta su desagrado por la situación. El señor del maletín, también hace un intento de chillar…. Yo también me estoy derrumbando y se me están humedeciendo los ojos.

        De repente vuelve la luz. ¡Salvación! El ascensor sube hasta el tercer piso y allí abre sus puertas, vomitándonos a todos sin excepción. ¡Por fin aire puro! No se queda nadie dentro del ascensor. ¡Dios aprieta pero no ahoga!

        Todavía tengo que esperar un poco para que me hagan mi revisión médica. La médico me encuentra más que bien. Al salir, desde luego no cojo el ascensor, voy por la escalera que es más seguro y voy pasando uno por uno, a la señora gruesa, al bajito, a la mamá con el niño, a la claustrofóbica coja, al del maletín… y ya cuando estoy en recepción tengo que sortear las figuras encorvadas, casi tropezando con los bastones de los dos ancianos.

       En espacios abiertos, todo cambia y se ve de forma diferente.

 


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