Escalera.

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 02/09/2014, clasificado en Varios / otros
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La sien me gotea dolor y pensamientos como una tubería de plomo desprendida de su hueco en la pared.

Cuesta despertarse en una ciudad donde el peor enemigo es el primer peldaño, ese primer escalón, la primera piedra perfectamente rectangular que se burla de mi a no más de 8 o 10 centímetros del suelo. Ojalá existiese un planeta donde ese conjunto de yeso y amalgama fuese el mayor problema, pero ¿a quién le importa el mundo cuándo tus piernas no pueden levantarse un carajo desde el piso? A diario llueven proyectiles de acero iguales a patos demasiado cansados desvaneciéndose en pleno vuelo, explotan, pum, ciudades enteras se arrasan con la codicia hecha metal, pólvora, fuego, la sangre pasa a ser una estadística más revolviéndose entre la bolsa, las audiencias en televisión, las probabilidades de las quinielas... a los niños moribundos que les acechan buitres no se les salva, se les sacan fotografías para alimentar al ego con premios, cheques, reconocimientos, darle de comer al ego con pequeñas cucharitas de café cargadas con azúcar y leche como si fuese un cachorro ciego destetado demasiado pronto, porque la vanidad, el afán por ser mejor -no superarse, simplemente pisar, asfixiarse ante la idea de ser el de la poya más grande, el del coche más caro, el de la tía más estúpidamente exuberante-,el orgullo pervertido en forma de soberbia, eso es lo único que importa, lo único que calma espíritus fatuos nacidos entre abono rancio... el mundo se va a la mierda, pero sinceramente, me da exactamente lo mismo, porque mi mayor enemigo no es el SIDA, ni tampoco chuparle los pezones a mi madre famélica, tampoco ando enojado con judíos nazis cargándose moros, ni siquiera me importa cuantos retardados asesinen sobre esa silla con cables en el país de las hamburguesas, me la trae muy floja porque soy un maldito egoísta-ególatra más del montón y mi mayor problema, lo que más me impide ser feliz es ese primer escalón, en cada edificio, en cada entrada, desafiante, mordaz, cínico, ese puto peldaño no es más que Dios con una lupa al sol infectando de fuego la espalda de sus hijos... a menudo soy igual que esa mosca tratando de salir a través del cristal, no importan sus decenas de ojos, ni tampoco su capacidad para ir a cualquier lugar del espacio con aquellas alas absurdamente traslúcidas: ese insecto se machacará la cabeza hasta caer inconsciente y que la araña lo devore, compulsívamente, esquizofrénicamente, el “trastorno obsesivo compulsivo” concentrado en un bicho volador de seis patas, importa poco que la puerta ande abierta, otros caminos, no: la mosca se empecinará hasta desgarrarse de dolor en intentar escapar atravesando el vidrio... así soy yo a veces con el escalón, enfrentándome a él una, dos, cien, decenas, veinticuatro veces hasta comprender que su derrota es inevitable, entender que buscar la opción-B no es cobardía, más bien sentido común... después de todo nadie es más cobarde que el boxeador a quien le dicen “te toca” en el vestuario, ese muchachito que va ya por la quinta o sexta cagada, oliendo a linimento de calor, apretujando sus muelas contra el protector bucal, nadie es más cobarde que ese chico cuando por fin el entrenador le hace saber que es su turno y no existe marcha atrás: nene, súbete al ring y más te vale que no lances el escudo para salir corriendo... y sin embargo, a pesar de andar cagándose en los calzoncillos es el propio miedo el que le impulsa a danzar entre las dieciséis cuerdas... terror e inteligencia van irremediablemente unidos y desde luego el coraje se pare desde el miedo: no se puede ser marica sin ser hombre, no se puede ser valiente sin mojar un poco las bragas... me chiflan las paradojas y por eso las mejores mujeres son las mujeres de contrastes: ternura/fortaleza, tranquilidad/pasión... las que te derriten con una mirada tanto como te empalman con ella.

Mi mayor problema en el mundo es el maldito primer peldaño y mi primer obstáculo es arrastrarme con mis piernas inútiles hacia el borde de la cama para coger la silla de ruedas, desdoblarla, subirme sobre ella y andar al baño, desayunar, lavarme la boca... lo que haría cualquier bípedo funcional, lo que yo mismo hacía hasta hace un par de años, antes del accidente... cuánto echo en falta mi par de piernas, joder de pie a la parienta, meter goles con los amigos de barriga cervecera... recuerdo que lo primero que le pregunté al médico fue “¿podré seguir practicando sexo?”, “sí, claro”, fue su respuesta: debió añadir “limitado, muy limitado, pero sí, claro”. En cualquier caso no soy un ninfómano, no es que me importase más follar que andar, pero tras haber perdido mi trabajo -me intercambiaron un sueldo de cartero por una paga de adolescente-,ser incapaz apenas de limpiarme mi propio culo, no poder jugar a las cogidas con mis hijas o simplemente sacar la basura con el perro, quería poder ofrecerle algo dulce, placentero, rudo a mi esposa: se que ella me ama igualmente, con o sin polla, con o sin silla, pero ya lo hemos hablado, es una cuestión del puñetero ego, porque hasta el sexo entre dos puede volverse egoísta, incluso cuando el orgasmo del otro es tu principal motivación, porque al fin y al cabo quiero conseguir que mi mujer se corra para alimentar mi vanidad machista.

En fin: dos años desde que me atropellaron, la indemnización me alcanzó para la silla, un par de adaptaciones en casa y poco más. Aquí estoy, luchando por levantarme, despertar del todo, bajarme de la cama... qué complicado te resulta doblar las rodillas, pegar el pie derecho contra el suelo congelado, luego el izquierdo, desembarazarte del sueño...¿verdad? Dios, como echo de menos poder dar un simple paseo sin la silla... a veces me doy asco a mi mismo tan solo de recordar que antes usaba el coche para girar la manzana hasta la tienda donde compraba el pan...


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