Misión Athena: Cap 5. Sin rastro (2 de 2).

Por juansebas
Enviado el 09/09/2014, clasificado en Ciencia ficción
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Cuando Allen recibió el encargo del caso, el reloj marcaba las 11.00 pm.

En la Tierra se hubiera dicho que ya era  noche cerrada. Pero el planeta azul estaba muy lejos de este asteroide y las reglas de allí no se aplicaban aquí. En LV-200 nunca era de día: La distancia con la estrella más cercana era inmensa y el imponente planeta gaseoso Numia impedía que la luz que ésta emitía llegara hasta la colonia minera. En cualquier caso, aunque no hubiera ni día ni noche, cuando a Allen le informaron de lo que había ocurrido podía afirmase, sin miedo a equivocarse, que era bastante tarde. Tan tarde, que era más que probable que un comisario, incluyendo a uno que desempeñara su función en un asteroide sin día , hubiera acabado su jornada de trabajo varias horas antes.

John Allen sintió un nudo en la garganta cuando le describieron la escena del crimen. No obstante, se recompuso rápido. Que a alguien le cortaran el cuello, no era lo más importante, aunque le recordara a su hija. Lo esencial era que alguien había decidido acabar con la vida de otra persona y era necesario que quien había cometido tal atrocidad fuera atrapado y pagara por ello.

Aunque había puesto mucha distancia entre él y la Tierra, no había encontrado el sosiego que buscaba. La bebida le brindaba un consuelo pasajero, pero no le reconfortaba. De hecho, se estaba convirtiendo en un problema para él. Llevaba muchos años bebiendo y eso, indefectiblemente, tiene consecuencias negativas.

A Allen únicamente el hecho de cumplir con su deber le aportaba algo de paz. No estaba seguro de porqué, pero le hacía sentir que aún era útil. Era algo similar a la tranquilidad que le proporcionaba saber que los que se habían cargado a su niña estaban en la cárcel.

Por eso nunca dejaba de trabajar, por eso bebía cuando no tenía un caso entre manos.

-Entiendo, comandante. Vamos para allá. Me llevo al muchacho, para que se vaya fogueando.

Vincent Norman estiró el cuello en cuanto oyó a su jefe hablar de él. Acababa de ingresar en el cuerpo y aún no tenía mucho trabajo, pero había decidido que no estaría muy bien visto irse a casa a descansar, aunque fuese muy tarde, cuando el jefe permanecía en su puesto.

Allen se puso el equipo de exploración e indicó con un gesto a Vicent que hiciera lo mismo. Aunque el planeta había sido preparado para ser habitado por los humanos, la temperatura podía llegar a los cincuenta grados centígrados negativos fuera del asentamiento principal. En las calles de LV-200 la temperatura se mantenía algo más agradable gracias a un sistema geotérmico que aportaba unos cuantos grados más a la ciudad.

La gente de la Tierra hubiera considerado la temperatura de la ciudad soportable sólo en el caso de que vivieras en Siberia y estuvieras acostumbrado a su invierno.

El vehículo de exploración salió de la comandancia, situada en la calle principal, la calle 1, y se dirigió a su destino. El asentamiento tenía una planta similar a la de los poblados romanos del pasado. La calle principal se cruzaba perpendicularmente con la calle número 2. Todas las paralelas a la calle 1 eran impares, mientras que sus perpendiculares eran pares.

Para preservar el calor de la ciudad, el gran asentamiento estaba cubierto por una esfera de material ligero, transparente, flexible y resistente que se mantenía elevado por encima de las construcciones. El efecto del calor proporcionado por la central geotérmica mantenía el material en suspenso, como ocurre con el tejido hinchado por el calor de un globo aerostático. Era conocido entre los habitantes de LV-200 simplemente como el plástico.

En cada uno de los extremos de las calles 1 y 2 había una puerta de salida al exterior. Estaba controlada por guardias, encargados de vigilar quién entraba y quién salía de la colonia y asegurarse de que la salida hacia las minas se produjese de forma ordenada, con los mínimos atascos posibles.

En este segundo cometido, el de evitar atascos, era evidente que los guardias fracasaban estrepitosamente. Aunque la población de LV-200 no era excesiva en comparación con otros asentamientos la minería que allí se realizaba era asombrosamente intensiva. Nunca se dejaba de remover las entrañas de la tierra. Para asegurarse de ello, las corporaciones concesionarias habían establecido cuatro turnos cada veinticuatro horas. Así que cuando Allen y el novato Norman se encaminaban hacia la salida este, la más próxima a las cuevas donde se había encontrado el fiambre, toparon de lleno con el atasco correspondiente al cambio de turno de las 12.00 pm.

John Allen aprovechó el tiempo para instruir a su joven acompañante.

-Vincent, lo más importante ahora es no estropear la escena del suceso -afirmó de forma neutra, sin condescendencia-.Ya sé que todo eso os lo han enseñado en la academia, pero generalmente es donde más se equivocan los que nunca han estado en un escenario así.

Vincent Norman asintió, agradeciendo el consejo.

-Estoy seguro de que lo harás bien. –Concedió Allen.- Tus resultados en la academia fueron impresionantes. Esto no es lo mismo, pero una buena base te ayudará. Presta atención y aprenderás rápido. Y no dudes en preguntarme todo lo que necesites saber.

-¿Qué nos vamos a encontrar, comisario?

Allen contestó tal y como hacen los profesionales, de forma concisa y precisa.

-La información que tengo es que nuestro difunto es un varón de unos cuarenta años, aparentemente con un corte incisivo en el cuello. Lo ha encontrado un joven a varios kilómetros de la mina más cercana, en un lugar que hace años se sabe que no tiene minerales de valor y que por ello está muy poco transitado habitualmente.

Vincent escuchaba con atención. Allen lo agradeció: un  novato que atiende, es siempre mejor que uno que ya lo cree saber todo.

-Como sabes,  es difícil hacerse de forma natural una herida como esa. Por eso parece que, a falta de analizar el lugar de los hechos, la hipótesis de un accidente es poco probable. Tenemos un caso de asesinato entre manos.

Vincent se removió en su asiento al oír eso.

-En cualquier caso, –intentó tranquilizarle el comisario- es pronto para especular. Esperemos a ver qué nos encontramos. Tendrás un buen bautismo de fuego.

-Espero poder estar a la altura, comisario.

Allen le miró de reojo. El novato tenía interés. Eso era un buen principio.

-Y yo espero que lo estés, rookie. De momento, limítate a ceñirte estrictamente a mis indicaciones. Será la mejor manera de que ambos nos llevemos bien.

Vincent guardó silencio, pero estaba decidido a hacerlo así. Todo el mundo sabía que Allen era un tipo que bebía demasiado, pero tenía muy buena fama como comisario. Por eso Vincent estaba convencido de que podría aprender mucho de él si prestaba atención.

La cola de vehículos finalmente avanzaba y, media hora después, habían cruzado la puerta Este y se encaminaban, a toda velocidad, hacia las grutas del cuadrante 501.

(Nota: podéis ver más capítulos de Misión Athena publicados en esta misma web)


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