Sabiduría, sinceridad y buenas intenciones

Por Juan TOMÁS FRUTOS
Enviado el 17/12/2012, clasificado en Varios / otros
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Sabemos que comprender necesita lógica, pero también esfuerzo. Ponernos en el lugar del otro contribuye, en paralelo, a que entendamos lo que no se advierte en primera instancia conforme a una rotación precisa para dar, asimismo, con las soluciones que buscamos y que conseguimos, podemos obtener, con aires estimulantes. Hagamos caso a lo que sentimos. Es una buena luz para marcar la senda de la vida.

No finjamos afectos. Hagamos que suenen y que sean una realidad con promesas suficientes y que podamos cumplir. Dibujemos las ansias de libertad con comunicaciones prácticas. Programemos esos planes de felicidad que tanto ansiamos, pero, además de estudiarlos y analizarlos, hagamos que el encuentro sea posible, con cita previa y sin ella. Pongamos ganas, voluntad, certezas en el camino, con objetivos secuenciados.

No hay nada más atractivo en nuestro entorno que el hecho de entenderlo y de disponerlo con quehaceres colectivos y solidarios. No estemos solos. Nos debemos ocupar y preocupar con activas intenciones de búsqueda. Hagamos acopio de empeños, de intenciones, de sugerencias con “propinas” que nos lleven donde sea menester.

Hemos de activar ocasiones con las que crecer en lo inmediato, en lo posible, con ese todo dichoso que perseguimos y que supone pláticas que demuestran que somos capaces de aquello que nos proponemos. Las cuestiones interesantes no llegan como frutos de regalos ocasionales, sino como experiencias de vida eternas. Conminemos a nuestras circunstancias a funcionar como toca, sostenidas, como deben, pensando en los demás.

El conocimiento nos otorga libertad e intenciones firmes con las que experimentar desde una óptica intrépida. Hay que cultivar el coraje. Hemos de procurar ver el comienzo y el final de cada proceso fundamental. Cuajemos los buenos tiempos con actividades sencillas, que siempre nos hacen encontrar lo que nos complace. Seamos testigos en el presente.

Continuemos las buenas obras de los otros. Hemos de dar con los ejemplos que nos hacen derribar monumentos y anhelos sin vehemencias extrañas. No estemos entre pleitos que no conducen a parte alguna.

Escribamos buenas páginas, con espíritus de resistencia, con comentarios que nos hagan vivir lo posible desde el porvenir basado en el diálogo, en el consenso, en las causas comprometidas con creencias fuertes, pero no pétreas. Seamos flexibles.

Hemos de ir en paz: debemos descansar con tranquilidad, y apostar sin el ánimo de vencer. Los éxitos coaligados nos gestan unas esencias más genuinas, más indestructibles. No estemos, por otro lado, en los lamentos perennes. Tengamos los lutos que sean menester, pero avancemos siempre con contrastes y sin controversias (estas últimas pueden ser poco fecundas).

Nos hemos de dar manos amigas cuando las necesitemos, cuando otros las precisen, tejiendo la red de una sociedad entera y comprometida con los valores que consideramos cruciales. El respeto y la admiración nos han de dar ritmo en lo cotidiano, pese a su rutina.

Además, no olvidemos que hemos de levantarnos cuando los problemas arrecien. No seamos cobardes. Pensemos, en paralelo, cada jornada, en lo que desarrollamos, y obtengamos el balance que nos regala, ha de hacerlo, positivismo y buen hacer. Seamos leones y corderos según las circunstancias, ejerciendo con apasionamiento y con compasión. Sembremos el bienestar societario como garantía del nuestro. Sepamos elegir tomando como referencias las experiencias cotidianas, que hemos de acoplar a la sinceridad y a los buenos fines. Tengamos en cuenta que el mundo es de todos.

Juan TOMÁS FRUTOS.


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