El cazador. Capítulo 3.3

Por MHA
Enviado el 21/09/2014, clasificado en Fantasía
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Inmediatamente después de salir, Christopher rodeó el edificio. Detrás solo encontró un patio empedrado cercado por una valla de un metro de altura. Esto lo sorprendió solo durante un segundo, el tiempo que tardó en darse cuenta de que su objetivo era una hechicera. No sabía gran cosa sobre la magia, pero pensó que probablemente el edificio solo era invisible, la mujer había modificado la imagen para que nadie entrase a buscarla. Se preguntó quién sería aquella chica para tomarse tantas molestias en que  no la descubrieran: el hombre de la barba, los dos titanes y ahora el hechizo de invisibilidad.

Christopher levantó el pie y lo situó donde solamente parecía haber una lisa valla, pero en realidad estaban las piedras amontonadas unidas con cemento que formaban todas las estructuras de la ciudad. El joven se las arregló para encontrar las suficientes hendiduras en la pared para trepar hasta el tejado. Tenía la sensación de estar flotando sobre la nada, y eso le provocó algo de vértigo, pero no se echó atrás y se movió tanteando a través del tejado para intentar no caerse.

De pronto, en lugar del tacto de las tejas que había en el resto del tejado, percibió un cuadrado de madera, situado justo debajo de él. Estaba cerrado desde dentro, pero Christopher consiguió manipular la cerradura con la punta de una de sus flechas. Cuando lo consiguió, la ventana se abrió hacia dentro y Christopher cayó varios metros hasta el suelo.

Aterrizó sobre las manos. Parecía que se las hubiera roto, pero no estaba seguro. Por otro lado, algo así no iba a detenerlo estando tan cerca de su destino. Se encontraba en una habitación muy sencilla, en la que solo había una cama, un armario y un escritorio con un montón de papeles desordenas sobre él. Christopher enfiló el pasillo, la única salida del dormitorio. Al fondo había una destartalada puerta y se oían las risas y canciones de la taberna. Esa era la puerta que había intentado echar abajo, pero ahora ya estaba al otro lado. A su izquierda se abría otro cuarto.

Se trataba de un amplio y bien decorado salón de piedra. Amplios ventanales se abrían a ambos lados, dejando pasar la luz a través de las cortinas de seda. En el centro de la habitación destacaba una bella fuente que borboteaba suavemente. Sobre ella flotaban nenúfares y otras plantas acuáticas. Sin embargo, junto a la fuente había algo aún más hermoso. Estaba ella.

Al ver su cabello pelirrojo, sus ojos y su delicado cuerpo; tuvo de ganas de estrecharla entre sus brazos para siempre, de besarla hasta el fin de los tiempos. No obstante, consiguió contenerse. Ella había levantado la mirada y lo miraba, no asustada (como cabría esperar de aquel momento), sino fascinada, con un brillo de complicidad.

Soy Christopher- dijo el joven para romper el silencio. Yo soy Alexandra- contestó la mujer. Su acento se le hizo a Christopher muy suave, pero definitivamente no era del bosque.- Así que al final me has encontrado… Sí, bueno, yo…- no supo qué decir.

Se abrió la puerta del pasillo que daba a la taberna y entró el hombre de la perilla.

Alexandra, creemos haber encontrado una pista. Creo que deberíamos dirigirnos a…- de repente giró a la derecha y vio a Christopher- ¡Tú! Espera Yando, por favor.-dijo Alexandra Te dije que te mataría- dijo Yando a Christopher mientras desenvainaba su acero, haciendo caso omiso de Alexandra.- Y yo siempre cumplo lo que digo-concluyó colocando la espada en el cuello del cazador.

La espada había brillado misteriosamente al ser desenvainada y el metal estaba más cálido al tacto de lo que debería. Sin embargo, Christian no se encontraba en condiciones de pensar en eso. Acababa de pasar de un momento extremadamente romántico a uno extremadamente mortal, y además tenía las muñecas rotas, por lo que no tenía la más mínima oportunidad de sobrevivir a aquello. De pronto, vio como la espada se retiraba de su cuello, y pensó que Yando lo habría perdonado. Pero se dio cuenta de que no era así cuando este cayó al suelo inconsciente. Él mismo empezó a notar un sopor, por el que acabó dejándose llevar. Cayó al suelo semidormido. Lo último que vio antes de perder la consciencia del todo fue la brillante mirada de los ojos de Alexandra, que no mostraba síntomas del adormecimiento. Y supo que estaba en buenas manos.


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