RECORDANDO A SARA

Por Federico Rivolta
Enviado el 22/09/2014, clasificado en Terror
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-– Denme tres docenas de esas tazas, por favor –- dijo Isaac.

Tanto él como su billetera habían tenido mejores épocas. Luego de pagar se retiró lentamente, sujetando el paquete en una mano y su bastón en la otra.

-– Una vez al mes este viejo viene a comprar tazas, ¿qué hace con las tazas?, ¿se las come?

Los dos muchachos de la tienda rieron como idiotas.

Isaac llegó a su casa, apoyó el paquete sobre su antigua mesa Chippendale y se sentó en su sillón colonial. Permaneció allí por horas, pensativo y con los ojos vidriosos; su espalda estaba arqueada, como si cargara el peso del mundo sobre ella.

A su alrededor había tazas llenas de té frío. Estaban en la mesa, en el suelo, en la cocina… La casa estaba atestada de tazas de té de las mejores hierbas, todas preparadas delicadamente para alguien que nunca las pudo probar.

Años atrás Sara enfermó de gravedad; Isaac le llevaba a diario el desayuno a la cama y todas las tardes, a las cinco en punto, le preparaba un té.

En una ocasión no llegó a tiempo. No importa lo que sucedió, no es mi intención convertirlo en un villano; prefiero decir simplemente que se quedó dormido en su sillón. Al despertar vio que eran las cinco y diez, entró corriendo a la habitación pero su mujer yacía muerta en la cama. A partir de entonces Isaac continuó preparando religiosamente la infusión día tras día, aunque Sara ya no estaba allí para beberla.

El tiempo pasó y el solitario hombre debió comprar más tazas; con el correr de los años llegó a colmar la casa con miles de helados recipientes a la espera de su amada.

En su vejez llegó el día en que se quedó dormido en su sillón y se le pasó la hora del té; de verdad aquella vez.

El viento se puso furioso y algo ingresó en la tienda a la que el anciano concurría. Todas las tazas allí expuestas se rompieron, pero los demás artículos permanecieron intactos.

El siguiente cliente que entró al local casi murió del susto al ver a los dos empleados en el suelo y cubiertos de sangre, proveniente de sus bocas, las cuales estaban llenas de trozos de porcelana, cerámica y vidrios.

Por la noche la ventana del dormitorio en el que Sara falleció se abrió causando un estallido; Isaac despertó y fue lentamente a cerrarla. Estaba adolorido; no es fácil cargar con el peso del mundo en la espalda.

Mientras se dirigía a la habitación notó que las miles de tazas de té que había preparado estaban vacías.

Regresó al living y volvió a sentarse en su sillón, pero esa vez no estaba solo; Sara estaba flotando frente a él.

Isaac no tuvo miedo, sólo deseaba pedirle disculpas. Hablaron durante horas y a la madrugada él le dijo: "“Ya estoy listo, llévame contigo”".

Al día siguiente encontraron a Isaac sentado en su sillón colonial, su rostro no lucía triste y su espalda ya no cargaba con el peso del mundo.

 

 


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